“EN EL NOMBRE DEL PADRE”, por Antonio Gil-Terrón Puchades

Como padres podemos y debemos educar a nuestros hijos en los principios del bien y la ética, y salvo canallas excepciones, así lo hacemos. Luego los hijos crecen y pacen su libertad en libertad; una libertad que emplearán para obrar el bien y combatir la injusticia, o para engolfarse en el fácil y seductor camino del mal.

Un mal libremente elegido que irá creando –en su aplicación- infiernos en la tierra, y donde la violencia, la injusticia y la barbarie será el pan nuestro de cada día: Infiernos familiares; infiernos de pareja; infiernos personales; infiernos laborales; infiernos religiosos; infiernos ecológicos; infiernos para animales; etc.,

Ahora bien, yo puedo haber educado a mis hijos en los principios del perdón, la misericordia, el amor cristiano, el honor, la defensa del débil, el respeto a la Naturaleza y a los seres vivos que en ella habitan; sin embargo, serán ellos los que elegirán libremente si asumen estos principios o -por el contrario- enarbolan la bandera del egoísmo sectario, tribal y cavernícola, emprendiendo una carrera desbocada en la que no dudarán en pisotear y pasar por encima a todo aquel que se interponga en su camino hacia la cumbre del bastardo éxito mundano.

Entonces, si tristemente se da este último caso y mis hijos salen torcidos, dedicándose a sembrar el infierno por donde pasan…, si esto es así y aplico la lógica atea, llegaré a la conclusión de que soy un padre malvado, o que –simplemente- no existo y mis hijos han salido de la nada por arte de magia, como en su momento apareció el Universo hace 13.750 millones de años.

Si extrapolamos esta historia y vamos directamente a por la mayor, vemos que si hay un denominador común en todos esos infiernos terrenos es la repetición -hasta el empacho- de los tópicos: ¡Dónde estaba Dios cuando…! ¡Y qué hace Dios! ¡Qué malo es Dios! ¡Dios tiene la culpa! ¡Dios no existe! Y a partir de ahí todo un surtido de palabras gruesas en donde la blasfemia gratuita hará de impío estribillo a un discurso construido con una lógica tan barata como falaz.

Llegado a este punto, y como buscador de la verdad, me dedico a investigar todos los infiernos que conozco, que son muchos, y al hacerlo busco al culpable.

Busco tras esos infiernos la mano de Dios, pero no la encuentro; tan solo hallo la puerca mano del hombre, una y otra vez, tirando la piedra, escondiendo la mano.

Hombres perversos y desalmados,  y los más infames de entre ellos, aquellos que han ido creando infiernos de terror, tortura y muerte, a lo largo de la Historia, en el nombre de Dios.

Es entonces cuando ya no me planteo si Dios existe, sino más bien si algunos seres humanos, por canallas e indeseables, deberían existir.

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“¡DÓNDE ESTÁS EN ESTA NOCHE!”:

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