La guerra de Siria

Hace ya varios años que empezó la guerra de Siria. En todos estos años, los países civilizados sólo han sabido lucrarse mediante la industria armamentística, fabricando las armas que ya conocemos, e incluso haciendo innovaciones en este ámbito, y creando así nuevos tipos de destrucción de la vida humana.

La primera cuestión que se puede plantear aquí es cómo puede el hombre girar la cabeza hacia otro lado, permitiendo, en unos casos la matanza de sus semejantes (en algunos casos, los más desfavorecidos, que son todas aquellas personas que se han visto desplazadas por la guerra, y que, como consecuencia de ello, han perdido lo poco que tenían, y que ya era muy poco; y, por otro lado, ahogando la voz de la razón humana, que siempre debería surgir para parar toda esta barbarie de matanza).

Con estas reflexiones, hay que tener en cuenta que en una guerra no sólo mueren aquellos miembros de la sociedad objeto de la misma, es decir, aquellos seres humanos que han provocado la guerra y que son objeto de los Gobiernos de los países que declaran la guerra.

En este punto, hay que destacar que parece ser que los seres humanos sólo sabemos resolver nuestros problemas a través de peleas o mediante la guerra. Parece que no sabemos resolver los conflictos de manera pacífica, o mediante otras vías, como la conciliación o buscando vías menos sangrientas.

En este aspecto, también hay que destacar los gravísimos problemas que implica una guerra. En primer lugar, la gran destrucción de un país, y no sólo de sus monumentos, edificios, refugios, sino también de la destrucción de la vida humana.

Es un hecho singular el egoísmo que rodea a los intereses humanos, pues el hombre, cuando se propone conseguir una cosa, se lleva por delante todo lo que se encuentre, incluido a sus semejantes. Entra en conflicto también aquí la moral que, supuestamente, está conectada a la “razón humana”.

Aunque cabe preguntarse si el hombre es realmente un ser totalmente racional y con principios, pues de sus actos pueden producirse hechos totalmente desastrosos y crueles. El ser humano debería ser más consciente de sus actos y de las muchas consecuencias que pueden acarrear, y llevar a cabo todas las acciones posibles cuando comete un error para intentar remediar los efectos, o, si no, intentar no caer en el mal camino.

En relación con este tema, entra en consideración la necesidad de que todos los países entren en acción para hacer garantizar la Declaración Universal de Derechos Humanos, así como la Declaración de Derechos del Niño, y hagan valer la necesidad de terminar el conflicto para permitir a todos los desplazados a sus lugares de origen y pueda iniciarse una reconstrucción del país sirio, bajo supervisión de Naciones Unidas, para que no se produzcan otra vez chispazos que hagan resurgir la guerra.

Todo ha de hacerse por la propia necesidad y obligación por parte de los propios países de avanzar hacia una sociedad más justa y que, en vez de inmiscuirse en guerras para hacer sus valores, principios y derechos, haga valer estos por la vía pacífica, la mejor manera de resolución de conflictos.

Además, hay que tener en cuenta que toda guerra que surja, no sólo dentro de un país concreto entre sus propios ciudadanos, sino también las surgidas entre diferentes Estados soberanos lo que hace es frenar el avance científico y personal de cada uno de los ciudadanos del mundo. Además de hacer retroceder a la sociedad actual hasta niveles de siglos atrás.

Como dice una noticia del periódico El País del pasado 23 de abril de 2017, “la catástrofe del conflicto sirio parece no tener fin. El dolor traspasa las líneas del frente. El atentado contra el convoy procedente de Al Fua y Kefraya se produjo 11 días después del bombardeo con gas tóxico contra Jan Sheijun, en la cercana provincia de Idlib, donde perecieron 87 civiles. El segundo ataque con armas químicas más mortífero del conflicto desencadenó la primera intervención estadounidense contra el régimen: el lanzamiento de misiles contra la base aérea de Shayrat.

Armas prohibidas. Atentados contra civiles arrancados de sus hogares. El país árabe sufre una inacabable contienda civil en la que se entrometen las potencias regionales y globales para apuntalar a cada bando. Cada día se asemeja más a una guerra mundial de baja intensidad. En apariencia al menos, en Siria rige desde diciembre una tregua en la que las armas no terminan de callar. Cuando el 15 de marzo de 2011, en plena efervescencia de la primavera árabe, la mayoría social suní desafío al régimen de sustrato alauí (variante de la rama chií del islam) del presidente Bachar el Asad con manifestaciones pacíficas masivas también se desató un conflicto que ha acabado desbordándose. A la despiadada represión que ejercieron las fuerzas gubernamentales sobre las protestas la oposición respondió con la lucha armada.

El enfrentamiento desembocó en una confrontación civil que ha acabado atrayendo a fuerzas rusas y estadounidenses; milicianos chiíes y tropas turcas, a extremistas islámicos locales y brigadistas de la yihad internacional… Un juego de alianzas incierto en el que no tiene por qué cumplirse la máxima de que los enemigos de mi enemigo son mis amigos.

El régimen cuenta con el respaldo interesado de Moscú —que dispone en la costa siria de su única base aeronaval en el Mediterráneo, reforzado con un intenso despliegue aéreo desde septiembre de 2015—, y tiene además el apoyo confesional y estratégico de Irán, enfrentado a Arabia Saudí por la hegemonía regional, y de sus satélites en Líbano (Hezbolá) e Irak (milicias chiíes). La nebulosa de la insurgencia —decenas de grupos, muchos de los cuales son apenas partidas tribales en manos de señores de la guerra— recibe armas y financiación de las monarquías del Golfo o del Gobierno de Ankara, en función de la afinidad de cada guerrilla.

Una de las cuestiones clave es si hay una alternativa al ‘mal menor’ que representa El Asad
frente al califato y al salafismo.

EE UU también ha rearmado a grupos insurrectos en el pasado, con escasos resultados. Ahora cuenta sobre todo con las milicias kurdas Unidades de Protección del Pueblo (YPG). Están distanciadas del resto de la oposición por su supuesto entendimiento con el régimen de El Asad. Son perseguidas desde el verano de 2016 por Turquía (integrada en la OTAN), que las considera cercanas a la guerrilla del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), al que combate en Anatolia. Pero para los responsables del despliegue de Washington sobre el terreno —un millar de miembros de las fuerzas especiales—, las YPG, al frente de la coalición Fuerzas Democráticas Sirias, se presentan como únicos socios locales fiables en la lucha contra el yihadismo”.

Esta noticia refleja lo que ya se ha dicho al inicio del artículo. La guerra de Siria se mantiene en pie debido a claros intereses económicos y políticos, entre las grandes potencias del mundo, y que han hecho que millones de personas hayan tenido que huir de sus casas para refugiarse en otros países. Pero lo peor es que, además, los países a los que acudían a refugiarse les daban la espalda, echando más mierda al asunto, y, encima, no dando cobijo a quienes huyen de una guerra en la que no les va la vida para no perderla y que no han creado ni tienen nada que ver, y viéndose, además, rechazados, mientras buscan un lugar donde poder rehacer sus vidas mientras termina el conflicto y poder avanzar personal y profesionalmente.

Ya se sabe que en estas ocasiones muchos terroristas habrán aprovechado para camuflarse entre los llamados “refugiados”, pero esto se ha debido a que luego, cuando se ha tratado de refugiar a estas personas, entre los países que han aceptado hacerlo, es no tomar las medidas necesarias para identificar a esas personas. Y esto se ha debido a que los países europeos llevan años “dormidos”, y no han sabido crear medios para prever medidas para prevenir problemas como este. Así que a ver si aprendemos la lección, y para futuros conflictos que puedan surgir con crisis migratorias, sabemos tener medios de contención y de recepción de refugiados más eficaces y que sepan gestionar medidas humanitarias.

También, como se dice en BBC Mundo, en una noticia de este año sobre la guerra de Siria, “lo que comenzó como un levantamiento pacífico contra el presidente Bashar al Asad se convirtió en una brutal y sangrienta guerra civil que ha arrastrado a potencias regionales e internacionales. El conflicto ha dejado un saldo de más de 400.000 personas muertas, según la última estimación que hizo la ONU en abril de 2016. La cifra, sin embargo, podría ser más alta debido a los problemas para acceder a determinadas áreas del país y a las dificultades para compatibilizar los números que presentan las partes enfrentadas. La guerra además ha provocado la huida de más de 4,8 millones de personas de Siria, en uno de los mayores éxodos en la historia reciente”. Para quienes quieran saber más de esta noticia y de las respuestas que da a las principales preguntas que surgen sobre la guerra de Siria, se deja el link a la noticia (http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-37451282).

Y todo parece estar, según informa EuropaPress en una noticia de este mes de mayo de 2017, “Robert Kennedy Jr. sitúa el origen de la guerra de Siria en una “disputa” entre EEUU y Rusia por un gasoducto. El abogado y activista medioambiental Robert Kennedy Jr sitúa el origen de la guerra de Siria en una “disputa” entre Estados Unidos y Rusia por la construcción de un gasoducto proyectado por Catar que podría suponer “la destrucción de la economía y el poder político” ruso. En el marco de este enfrentamiento, además, el país norteamericano habría contribuido a la formación del ISIS (Estado islámico o Daesh) para propiciar una “revuelta o revolución” en Siria que condujera a que dicho para propiciar una “revuelta o revolución” en Siria que condujera a que dicho país autorizara el paso por su territorio de dicha instalación gasística”. La noticia entera la pueden leer en el siguiente link:

http://www.europapress.es/andalucia/noticia-robert-kennedy-jr-situa-origen-guerra-siria-disputa-eeuu-rusia-gasoducto-20170520131537.html

la guerra de siria

 

 

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