Para reflexionar

“PARA REFLEXIONAR”, por Antonio Gil-Terrón Puchades

¿Existe el miedo? ¿Existe el terror? ¿Existe el odio? ¿Existe el amor? ¿Existe la amistad? ¿Existe la alegría? ¿Existe la tristeza? ¿Existe la esperanza? ¿Existe el pesimismo? ¡Pues va a ser que sí!

Todas estas emociones, o estados de ánimo, existen y son desencadenadas por factores externos al individuo, produciendo una serie de reacciones químicas que el cerebro transmitirá al resto del cuerpo en forma de cosquilleo en el estómago, escalofrió en la espalda, vello erizado, lágrimas, sequedad de boca, temblor de manos, insomnio, inapetencia, etc.

Todas esas emociones no son causa sino efecto que a su vez desencadenan una serie de reacciones químicas como efecto del efecto.

Achacar los fenómenos como el miedo, la tranquilidad, el amor, o el odio, a simples reacciones químicas del cerebro, es un despropósito. Es el miedo, u otra emoción de las antes mencionadas, la que desencadena la reacción química en el cuerpo, y no una determinada reacción química la que “fabrica” la emoción, salvo en el caso de determinadas enfermedades mentales.

Aunque una persona jamás haya sentido el miedo y sus efectos, no se le ocurre negar su existencia, por la simple razón de haberlo visto – demasiadas veces – reflejado en los ojos de sus semejantes. Del mismo modo que, aunque jamás se haya enamorado, osará negar que el amor exista.

Así pues, ninguna persona con un mínimo de inteligencia, dotes de observación, y decencia intelectual, se atreverá a poner en duda la existencia de las emociones, aunque él jamás las haya experimentado personalmente.

Toda esta variedad de estados anímicos, se desencadenan (salvo en el caso de los paranoicos) por causas reales, externas al individuo. Así pues, el amor, el odio, la alegría, la tristeza, el miedo, etc. serán efectos primarios que a su vez producirán efectos secundarios (cosquilleo en el estómago, escalofrió en la espalda, vello erizado, etc.) en el cuerpo del sujeto.

El amor, el odio, la alegría, la tristeza, el miedo, etc. son los efectos, no la causa que los desencadena. La causa estará en “aquello”, real y externo al sujeto, que provoca una determinada emoción o estado de ánimo.

Si ahora nos centramos en la fe, que es tan habitual o más que las emociones antes descritas, la pregunta sería: ¿Qué, o quién, desencadena la fe?; ese estado anímico que genera paz y seguridad en quien la tiene, hasta el punto de dar su vida por ella. ¿Nadie?… ¿Nada?… ¿Dios?…

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