Las manifestaciones en Cataluña por la democracia y la salida de empresas hacia otras regiones españolas.

En esta jornada de domingo estamos viviendo en Barcelona una manifestación de la mayoría  catalana, además de personas de otros lugares de España que se les han unido, para clamar que se hagan cumplir las leyes y que se deje de ir contramarea por los políticos catalanes.

Además, desde la celebración del referéndum hace una semana, se está viendo que muchísimas empresas, bancos y otros organismos importantes están desplazando sus sedes hacia otas regiones de España, recuperando parte de las pérdidas que estaban teniendo por el desafío cesecionista.

Aparte, también muchos particulares están trasladando sus activos y sus ahorros en cuentas corrientes hacia otras entidades localizadas fuera de Cataluña para no verse afectados económicamente por la crisis catalana y por un presunto desprendimiento de sus fondos en bolsa.

La verdad es que, por mucho que se empeñen los altos cargos catalanes, así como otras autoridades catalanes de negar que sean muchos los que no quieren la independencia, sino que son ellos la mayoría (los separatistas, vaya), la realidad es bien distinta, pues hay que destacar que toda la migración que ha habido hacia la Comunidad Catalana en todo el siglo XX, pero sobre todo en la segunda mitad, aunque haya que destacar que entre los separatistas haya muchos descendientes de aquellos que emigraron hacia Cataluña, también hay que destacar que todos aquellos que emigraron más tarde, y a los que no se ha conseguido convencer de este cuento que tienen las autoridades catalanas, no quieren separarse de España, no ya sólo por la historia, que demuestra que Cataluña siempre ha sido parte de España, sino también por el hecho de que, si se produce el golpe, van a perder mucho más de lo que ganaría, entre otras cosas, salir del euro, privilegios que tienen formando parte de España, etc.

Como informa, entre otros periódicos, hoy El Mundo, “en la deriva suicida a la que arrastra el independentismo a Cataluña, cada vez son más apreciables las similitudes con la película La Ola. En esta desasosegante cinta, un carismático profesor desarrolla con sus alumnos un programa sobre los postulados en que se funda una tiranía. Se vale de unas sugestivas clases en las que subraya sus elementos más atractivos -camaradería, ideales, uniformes, parafernalia exterior…- hasta que el plan se desborda y precipita la catástrofe. El alumnado adopta el supremacismo totalitario que aplasta irremisiblemente a quien se interponga en el camino de La Ola (alias de la pandilla). Al fin y al cabo, como explicó Ortega en su obra de referencia y se ha visto estos días en las algaradas catalanas, la masa no desea la convivencia con lo que no es ella.

Curiosamente, abundando en el carácter circular de la historia, esta ola, más bien un tsunami, que embarga a Cataluña no es la primera. Ya registró otras dos en las que sus patricios buscaron amparo en brazos de los generales Primo de Rivera y Franco al desmandarse sus apetencias y degenerar en acres insurrecciones. En periodos de incertidumbre, como aclara Pavel Kohout en La hora estelar de los asesinos, cualquier excusa -una causa, un alarido, una bandera- puede erigir a un psicópata en cabeza de una revuelta. No obstante, nunca se habían contemplado con tal habitualidad episodios de adoctrinamiento y fanatismo como para no parecer tan extemporánea la escena de Cabaret en la que un adolescente que personifica las esencias de la raza aria, uniformado con camisa, correaje y brazalete nazis, entona la canción El mañana me pertenece y espolea el ardor de los plácidos burgueses sentados en el merendero campestre en derredor de unas espumeantes jarras de cerveza. Solo uno calla.

Al cabo de 40 años de adiestramiento, como colofón del proyecto de ingeniería social de Pujol con la excusa de «fer país», ideas aparentemente inocuas como el sentimiento de comunidad y el amor a la tierra han arrastrado hasta allí donde va a ser casi imposible retornar, pues se ha inoculado demasiado odio, harto veneno. Lo fue para el profesor de La Ola, al que su desatentado ensayo se le va de las manos y desata el terror. Tardíamente se apercibe de que está atrapado sin remedio. La Ola se lo traga, como la ballena a Jonás”.

Por otro lado, también hay que destacar que el diario ABC en uno de sus titulares de portada que “la mayoría de los españoles aprobarían la suspensión de la autonomía de Cataluña, según el barómetro de GAD3”.

Y otros muchos periódicos también informan sobre la detención de la declaración de ruptura por la huida de empresas, como informa El Economista.

La verdad es que esta manifestación demuestra, y ojalá siga así siempre, la unidad de los españoles que no quieren olvidar su verdadera historia y recuerdan que si hemos llegado a la democracia en forma de Monarquía parlamentaria fue porque así lo decidimos.

 

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