Derecho general, Economía, Nacionalidad, Política

¿Existe arrogancia en los Primeros Ministros Británicos?

Desde que comenzó su andadura, en Brexit ha dado muchos quebraderos de cabeza tanto al Gobierno de Reino Unido como a la Unión Europea, sobre todo a los Primeros Ministros británicos que se han ido sucediendo desde la dimisión de David Cameron.

La verdad es que la actitud de los Primeros Ministros Britanicos que se han sucedido en el cargo en el plazo de dos y algo desde que comenzó el Brexit después del referéndum hecho en Reino Unido es consecuencia de cómo han querido tomarse.el brexit los mismos.

Y es que “la salida de Reino Unido de la Unión Europea, el Brexit, ha demostrado ser tan complicada que en realidad hasta ahora la única salida que se ha producido es la de sus gobernantes.

Si en junio de 2016 fue David Cameron quien renunció como primer ministro un día después de que los ciudadanos votaran a
favor de iniciar el proceso de ruptura entre Londres y Bruselas, este viernes fue su sucesora, Theresa May, quien anunció su próxima dimisión.

En una alocución en la que terminó visiblemente emocionada, May comunicó
que a partir del 7 de junio dejará de ser líder del Partido Conservador y permanecerá como primera ministra interina hasta que su formación elija a su reemplazo”.

También hay un punto en común con otro intento de Brexit en los 90, y se debe decir que, “salvando las distancias por tratarse de épocas distintas, el caso de las dificultades de May con Europa recuerda a los quebraderos de cabeza europeos que tuvo el también conservador John Major durante su gobierno (1990-1997).

El más grande de esos problemas tuvo nombre propio: Tratado de Maastricht,
uno de los tratados fundacionales de la actual UE y en el que los líderes europeos acordaron reforzar la integración del bloque, lo que fue fuertemente rechazado por los euroescépticos.

El acuerdo, firmado en la ciudad holandesa de Maastricht en febrero de 1992 y en vigor desde noviembre de 1993, fue objeto de airados debates en el Parlamento británico pese a que incluía una serie de exclusiones
voluntarias para Reino Unido.

La más valiosa era su derecho a mantener la libra esterlina como moneda en lugar de adoptar el euro. John Major logró sacar adelante la ratificación del Tratado de Maastricht en el Parlamento británico, pero sus choques con los euroescépticos fueron constantes y dificultaron su mandato.

Major sufrió para ganar la votación en el
Parlamento. Los laboristas apoyaban el tratado, pero tácticamente sw opusieron a ciertas provisiones para explotar las divisiones en el gobierno conservador.

El 22 de julio de 1993, varios parlamentarios conservadores, conocidos como “los Rebeldes de Maastricht”, votaron contra el Tratado y el gobierno fue derrotado. Major convocó un voto de confianza para el día siguiente y lo ganó, pero el daño a su autoridad en el Parlamento ya estaba hecho.

La agitación no cesó, sus enfrentamientos con los euroescépticos fueron constantes
durante el resto de su mandato y finalmente perdió el poder en las.elecciones de 1997, en las que el laborista Tony Blair obtuvo una apabullante victoria”.

También hay que señalar que no es el primer quebradero de cabeza que dan los británicos. Se puede destacar que “al describir la desastrosa manera que tuvo Gran Bretaña de salir de su imperio indio en 1947, el novelista Paul Scott escribió que los británicos “llegaron al final de sí mismos tal como eran”, es decir, al final de la elevada imagen que tenían de sí mismos. Scott fue uno de los sorprendidos por lo apresurada e implacablemente que los británicos,después de gobernar India durante más de un siglo, la condenaron a la fragmentación y la anarquía, por cómo Louis Mountbatten, certeramente calificado por el historiador de derechas Andrew Roberts como un

“embaucador mentiroso e intelectualmente limitado”, dirigió como último virrey el destino de 400 millones de personas.

La ruptura de Gran Bretaña con la Unión Europea está siendo otra muestra de abandono moral de sus gobernantes. Los partidarios del Brexit, en busca de la ilusa idea de recuperar el poder y la autosuficiencia de la era imperial, llevan dos años poniendo repetidamente de manifiesto su soberbia, su obcecación y su ineptitud. Theresa May, inicialmente partidaria de la permanencia, ha estado a la altura de su terquedad y su arrogancia al imponer un calendario imposible de dos años y fijar unas líneas rojas que han saboteado las negociaciones con Bruselas y han
condenado su acuerdo a un rechazo categórico y bipartidista en el Parlamento.

Puede que este tipo de comportamiento egocéntrico y destructor de la clase dirigente británica asombre a muchos, pero ya quedó patente hace 70 años, cuando Reino Unido salió precipitadamente de India.

Los numerosos crímenes de los aventureros del imperio quedaron ocultos por el prestigio cultural británico

Mountbatten, apodado el “maestro de los desastres” en los círculos navales británicos, era miembro representativo del pequeño grupo de británicos de clase media y alta del que salieron los señores imperiales
de Asia y África. Pésimamente capacitados para sus inmensas responsabilidades, el poderío imperial de Gran Bretaña les permitió cometer error tras error en todo el mundo. Desde luego, esos eternos
colegiales tienen un “peso totalmente desproporcionado” y están sobrerrepresentados en el Partido Conservador. Y hoy han sumido el país
en su peor crisis y han dejado al descubierto a su incestuosa y egoísta clase dirigente.

Desde David Cameron, que se jugó temerariamente el futuro de su país en un referéndum para aislar a unos cuantos protestones de su partido, hasta el oportunista de Boris Johnson, que se subió al tren del Brexit para asegurarse el puesto de primer ministro ocupado en otro tiempo por su adorado Winston Churchill, pasando por el extravagante y anticuado Jacob Rees-Mogg, con su sombrero de copa, cuya firma de gestión de fondos estableció una oficina en la UE al tiempo que la criticaba con vehemencia, la clase política británica ha ofrecido al mundo un desfile increíble de embaucadores mentirosos e intelectualmente limitados”.

En realidad, para los que invocan la historia de Gran Bretaña, es más ajustado decir que la partición ha llegado a sus propias puertas.
Irónicamente, las fronteras impuestas en 1921 a Irlanda, la primera colonia de Inglaterra, han acabado siendo el mayor obstáculo para los defensores del Brexit en busca de la virilidad imperial. Y la propia
Gran Bretaña afronta la perspectiva de una partición si se materializa la salida. El hecho de que los partidarios de marcharse no se dieran cuenta de lo volátil que era la cuestión irlandesa y despreciaran el
problema escocés da idea de su perspicacia política. Irlanda se dividió para asegurar que los colonos protestantes fueran más numerosos que los nativos católicos en una parte del país. La división provocó décadas de violencia y costó miles de vidas. Se reparó en parte en 1998, cuando el
acuerdo de paz eliminó la necesidad de controles aduaneros y de seguridad en la línea de partición impuesta por los británicos. Era evidente que el restablecimiento de un régimen de aduanas e inmigración en la única frontera terrestre de Gran Bretaña con la UE iba a
encontrarse con una resistencia violenta. Pero el bando del Brexit, que se ha dado cuenta tarde de esa siniestra posibilidad, ha intentado negarla. Los políticos y los periodistas en Irlanda están lógicamente
espantados por la agresiva ignorancia de los ingleses partidarios del Brexit. Los hombres de negocios de todas partes están indignados por su frívolo desdén hacia las consecuencias económicas de las nuevas
fronteras. Pero nada puede sorprender a cualquiera que conozca la intolerable despreocupación con la que la clase dirigente británica trazó fronteras en Asia y África y luego condenó a los pueblos a uno y
otro lado a sufrimientos sin fin.

Theresa May ha estado a la altura de su terquedad y su arrogancia al imponer un calendario imposible.

La maligna incompetencia de los partidarios del Brexit tuvo su preludio calcado durante la salida británica de India en 1947, sobre
todo por la falta de preparativos para hacerla ordenadamente. Se encargó a un abogado británico llamado Cyril Radcliffe que trazara las nuevas fronteras de un país que nunca había visitado. Con solo cinco semanas para inventar la geografía política de una India flanqueada por unas alas oriental y occidental llamadas Pakistán, Radcliffe no fue a ver ningún pueblo, aldea, río ni bosque junto a las fronteras que pensaba delimitar. Sentenció a millones de personas a la muerte o la desolación
y, de paso, obtuvo el máximo título de nobleza. Murieron hasta un millón de personas: una carnicería que supera cualquier profecía apocalíptica sobre el Brexit.

En retrospectiva, Mountbatten tenía incluso menos motivos que May para acelerar la salida y crear unos problemas eternos e irresolubles. Pocos meses después del desastre de la partición, India y Pakistán
estaban librando una guerra por el territorio en disputa de Cachemira. Pero Mountbatten era menos obstinado que Winston Churchill, cuyo nombre pone firmes hoy a muchos partidarios del Brexit. Churchill, un imperialista fanático, se esforzó más que ningún otro político británico en impedir la independencia de India y, como primer ministro entre 1940
y 1945, contribuyó a ponerla en peligro. Obsesionado por la idea racista de la superioridad de los angloamericanos, en 1943 se negó a ayudar a los indios en plena hambruna porque “se reproducían como
conejos”.

Los numerosos crímenes de los presuntuosos aventureros del imperio
fueron posibles gracias al enorme poder geopolítico de Gran Bretaña y quedaron ocultos por su prestigio cultural. Por eso ha podido sobrevivir hasta hace poco la imagen de valiente, sabia y benevolente que
cultivaba la élite británica sobre sí misma, a pesar de las pruebas históricas condenatorias sobre esos maestros del desastre, desde Chipre hasta Malasia y desde Palestina hasta Sudáfrica. Las humillaciones en las aventuras neoimperialistas en el extranjero y la calamidad del Brexit en casa han revelado cruelmente el farol de los que Hannah Arendt llamó “los locos quijotescos del imperialismo”. Ahora que la partición
llama a su propia puerta, amenaza con un baño de sangre en Irlanda y con la secesión en Escocia, ahora que se avecina el caos de un Brexit sin acuerdo, son los británicos normales y corrientes los que van a padecer
las heridas incurables de la salida que las torpes camarillas infligieron en otro tiempo a millones de asiáticos y africanos. Puede
que aún le esperen al país más ironías históricas y desagradables en el peligroso camino hasta el Brexit. Pero podemos decir sin temor a equivocarnos que la clase dirigente británica, tanto tiempo mimada, hallegado al final de sí misma tal como era”.

Por lo tanto, vemos que, en cuanto a decisiones importantes, el Reino Unido siempre ha tomado una decisión que no debería.

Por otro lado, hay que decir que “hay un cierto consenso de que el día después obliga a Londres a solicitar a Bruselas una prórroga del periodo que debía culminar en marzo con la salida de la UE tras la aplicación del artículo 50. Es una forma humillante de reconocer el fracaso, que por lo demás está en la línea de la forma de hacer política en Bruselas: lanzar el

problema hacia delante a ver si se nos ocurre algo.

La Comisión será comprensiva, pero el tiempo extra deberá ser aprobado por
todos los gobiernos europeos. Por ello, se debería exigir a Londres saber por cuánto tiempo y para qué. Es cierto que Bruselas también teme el No Deal y no quiere resignarse a ese desenlace.

La actitud receptiva de la UE no solucionará el problema de partida. Para entonces, es probable que cobre fuerza la idea de un segundo referéndum, esta vez no como una especulación o una reacción despechada de los partidarios del Remain, sino como la última solución factible tras descartarse todas las anteriores.

Sería la segunda admisión del fracaso por parte de toda la clase política y la constatación de que nunca hubo una idea clara y realista sobre la forma de salir de la UE. Un trago ciertamente duro de aceptar.

“Winter is coming”, dijo el ministro tory Michael Gove unas pocas horas antes de la votación. Él fue uno de los pesos pesados
del partido con más influencia en la campaña del referéndum a favor del
Brexit. Gove y otros como él trajeron el invierno a la política británica y ahora descubren horrorizados que hace mucho frío. Demasiado tarde para sus compatriotas”.

Por tanto, sí que se puede destacar bastante arrogancia en los Primeros Ministros británicos por no saber solucionar los conflictos más graves que se les presentan.

Y es que “la ruptura de Gran Bretaña con la Unión Europea está siendo otra muestra de abandono moral de sus gobernantes. Los partidarios del Brexit, en busca de la ilusa idea de recuperar el poder y la autosuficiencia de la era imperial, llevan dos años poniendo repetidamente de manifiesto su soberbia, su obcecación y su ineptitud. Theresa May, inicialmente partidaria de la permanencia, ha estado a la altura de su terquedad y su arrogancia al imponer un calendario imposible de dos años y fijar unas líneas rojas que han saboteado las negociaciones con Bruselas y han condenado su acuerdo a un rechazo categórico y bipartidista en el Parlamento.

Puede que este tipo de comportamiento egocéntrico y destructor de la clase dirigente británica asombre a muchos, pero ya quedó patente hace 70 años, cuando Reino Unido salió precipitadamente de India”.

Por último, hay que añadir que “la maligna incompetencia de los partidarios del Brexit tuvo su preludio calcado durante la salida británica de India en 1947, sobre todo por la falta de preparativos para hacerla ordenadamente. Se encargó a un abogado británico llamado Cyril Radcliffe que trazara las nuevas fronteras de un país que nunca había visitado. Con solo cinco semanas para inventar la geografía política de una India flanqueada por unas alas oriental y occidental llamadas Pakistán, Radcliffe no fue a ver ningún pueblo, aldea, río ni bosque junto a las fronteras que pensaba delimitar. Sentenció a millones de personas a la muerte o la desolación
y, de paso, obtuvo el máximo título de nobleza. Murieron hasta un millón
de personas: una carnicería que supera cualquier profecía apocalíptica
sobre el Brexit.

En retrospectiva, Mountbatten tenía incluso menos motivos que May para acelerar la salida y crear unos problemas eternos e irresolubles. Pocos meses después del desastre de la partición, India y Pakistán
estaban librando una guerra por el territorio en disputa de Cachemira. Pero Mountbatten era menos obstinado que Winston Churchill, cuyo nombre pone firmes hoy a muchos partidarios del Brexit. Churchill, un imperialista fanático, se esforzó más que ningún otro político británico en impedir la independencia de India y, como primer ministro entre 1940
y 1945, contribuyó a ponerla en peligro. Obsesionado por la idea racista de la superioridad de los angloamericanos, en 1943 se negó a ayudar a los indios en plena hambruna porque “se reproducían como
conejos”.

Los numerosos crímenes de los presuntuosos aventureros del imperio
fueron posibles gracias al enorme poder geopolítico de Gran Bretaña y quedaron ocultos por su prestigio cultural. Por eso ha podido sobrevivir hasta hace poco la imagen de valiente, sabia y benevolente que
cultivaba la élite británica sobre sí misma, a pesar de las pruebas históricas condenatorias sobre esos maestros del desastre, desde Chipre hasta Malasia y desde Palestina hasta Sudáfrica. Las humillaciones en las aventuras neoimperialistas en el extranjero y la calamidad del Brexit en casa han revelado cruelmente el farol de los que Hannah Arendt llamó “los locos quijotescos del imperialismo”. Ahora que la partición
llama a su propia puerta, amenaza con un baño de sangre en Irlanda y con la secesión en Escocia, ahora que se avecina el caos de un Brexit sin acuerdo, son los británicos normales y corrientes los que van a padecer
las heridas incurables de la salida que las torpes camarillas infligieron en otro tiempo a millones de asiáticos y africanos. Puede
que aún le esperen al país más ironías históricas y desagradables en el peligroso camino hasta el Brexit. Pero podemos decir sin temor a equivocarnos que la clase dirigente británica, tanto tiempo mimada, ha llegado al final de sí misma tal como era”.

Además, hay que recordar los conflictos surgidos con Escocia y Gales, que quieren quedarse en la Unión Europea.

FUENTES:

https://m.eldiario.es/internacional/Brexit-May-votacion_0_857415033.html

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-50686445

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-46521624

https://elpais.com/elpais/2019/01/24/opinion/1548345963_581773.html

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-48403851

https://m.eldiario.es/internacional/Brexit-May-votacion_0_857415033.html

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s