Derecho, Moral y ética, Nuevas tecnologías

La era de la digitalización. Consecuencias jurídicas, morales y económicas. Parte I

Él propósito fundamental de este artículo es determinar las consecuencias que impone la nueva era de la digitalización en todos los procesos, tanto de producción, como otros aspectos fundamentales de la vida diaria.

Como destacaba el periódico Cinco días en diciembre de 2018, “la digitalización impacta en la economía, transforma la sociedad, impulsa el empleo. Estudios realizados en 2017/18 por IDC, Gartner, Forrester y nuestra compañía coinciden en que el aumento de la productividad y la conectividad global son –someramente– los grandes beneficios de la transformación digital.

Para muestra, un botón. Según IDC, Salesforce, la empresa de software de gestión empresarial nativa en cloud, creará 3,3 millones de empleos hasta 2022, directamente y con sus partners. Entre 2018 y 2022, dice IDC, los clientes de Salesforce generarán, en términos de PIB, 859.000 millones de dólares. Salesforce es una multinacional con presencia en muchos países y en cada uno de ellos aportará al PIB local. Salesforce ofrece muchas soluciones tecnológicas en cloud; todas ellas conexas, componen lo que Klaus Schwab, fundador y presidente del World Economic Forum, denominó The Fourth Industrial Revolution (2016) y ahora añade que esas tecnologías de la digitalización están Shaping the Fourth Industrial Revolution (2018), con impacto tangible en ventas y empleo. En el caso de Salesforce, hasta 2022, los sectores más beneficiados por sus tecnologías serán el financiero (164.000 millones de dólares en facturación y 585.000 nuevos empleos) y la industria manufacturera (159.000 millones de dólares y 638.000 puestos de trabajo).

Como dije, Salesforce es solo un ejemplo. La gran pregunta es qué sucede si metemos en la ecuación todo el sector tecnológico (hardware, software, conectividad, internet, telecomunicaciones, infraestructuras, etc.) y todas las tecnologías de la digitalización para ver el impacto en la economía real y en las empresas y en la sociedad de la transformación digital.

Según los estudios que hemos realizado, una mayoría de españoles no han oído hablar de la digitalización o la transformación digital. Eso sí, la penetración del smartphone es del 111% (INE, Eurostat), el 74% tiene ordenador conectado a internet en el hogar y el 98% de nuestras pymes están informatizadas (Radiografía de la pyme de Sage España, en colaboración). Pero, según el Observatorio de la digitalización de Vodafone, solo el 14% de las pymes y autónomos españoles, que son el 99,88% del tejido empresarial español, tiene un plan para digitalizar su empresa. En el caso del 0,12% restante, las grandes empresas, el 48% sí tiene planes de digitalización que ayudan a mejorar la eficacia y eficiencia de los procesos internos.

¿Qué significa la digitalización? La adopción por parte de las empresas de big data, inteligencia artificial, machine learning, cloud computing, internet de las cosas, economía compartida, analítica predictiva, el uso de plataformas y redes, robótica, impresión 3D… son conceptos que buena parte de la población general desconoce y aún son patrimonio de los expertos, hoy. Sin embargo, la adopción de un país de estas tecnologías con cientos de empresas proveedoras (Apple, Intel, Facebook, Amazon, HP, Oracle, SAS, IBM, SAP, Cisco, Telefónica, Microsoft, Sage, Indra, etc.) puede transformar económica y socialmente una nación.

Por eso, The World Economic Forum (WEF) habla de la cuarta revolución industrial: la primera, la de la máquina de vapor; la segunda, la de la electricidad y el motor de combustión; la tercera, la de la computación, que es la más cercana y la madre y el padre de la cuarta: la computación (TIC e internet), revolucionó la economía en la década de los noventa”.

Llegados a este punto, hay que destacar que “el alcance de los cambios actuales –y futuros–
es de tal envergadura que ya no se trata de una época de cambio, sino de un cambio de época. La automatización, la concentración de la riqueza, la falta de habilidades digitales, la propiedad de los datos y las posibilidades de vigilancia y control que ofrece la tecnología son solo algunos de los temores y sombras de esta nueva era digital. En este contexto, el debate sobre tecnología aparece claramente vinculado al debate sobre exclusión, desigualdad y pobreza.

Paralelamente, la Cuarta Revolución Industrial también está creando un nuevo mundo con nuevas necesidades sociales que, de una forma u otra, habrán de ser atendidas. En este contexto, la tecnología también genera oportunidades para mejorar la sociedad; y las empresas, indudablemente, no pueden permanecer ajenas a unos vientos de transformación que soplan más fuertes que nunca.

El informe Tecnología con propósito cobra sentido en este momento, precisamente cuando muchas empresas se encuentran en un momento de cambio y transición tecnológica. La investigación comienza presentando los elementos clave y las implicaciones de dicha revolución tecnológica, y cómo esta puede afectar a la desigualdad en aspectos como la precarización del trabajo o la aparición de nuevas brechas de exclusión, entre otros. A partir de trabajos como los del Foro Económico Mundial y The Future Today Institute, la investigación permite analizar las tecnologías protagonistas entendidas como tendencias en evolución. El análisis de las principales innovaciones, como el big data, la inteligencia artificial y la conectividad móvil, permite entender mejor qué es y para qué se utiliza cada tecnología desde el punto de vista del negocio y cómo puede orientarse para lograr un impacto social y una mayor inclusión de colectivos en situación de vulnerabilidad. A través de la presentación de experiencias y casos de éxito que, de un modo u otro, apuestan por el uso de la tecnología para cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (en adelante, ODS) de la Organización de las Naciones Unidas, se pretende inspirar a las empresas y animarlas a poner en marcha iniciativas de tecnología con propósito.

El informe se adentra de forma exhaustiva en las diferentes variables que afectan a la responsabilidad social de las empresas, en los factores que pueden servir de impulso para ser más proactivas –entre otros, su relación con los stakeholders– y cómo, a través de las alianzas, pueden iniciar proyectos que persigan el bien común a favor de su propósito. Tecnología con
propósito analiza el futuro más próximo para motivar a crear hoy las oportunidades del mañana.
Las entrevistas realizadas a expertos en tecnología, directivos de grandes empresas y del tercer sector, fundadores de start-ups y académicos especialistas en responsabilidad social y ética, han contribuido a conformar las claves. La tecnología es una herramienta para el desarrollo inclusivo, y también a los beneficios y reputación de las empresas; pero el impacto tecnológico no solo depende de la última innovación y la tecnología más disruptiva (un simple teléfono móvil
puede convertirse en esencial en determinadas zonas y para un fin concreto), también de que se extiendan las habilidades digitales entre la población.

En el capítulo de conclusiones se pretende asentar los cimientos sobre los que promover un mayor compromiso social desde la empresa a través de la tecnología. La mayoría de los actores participantes en la investigación coinciden en que las áreas de negocio y de responsabilidad social corporativa (RSC) de las empresas trabajen de forma coordinada y con un objetivo común.
A su vez, es necesario diseñar soluciones tecnológicas con propósito que sean adecuadas, accesibles, asequibles y estén adaptadas a la población a la que se dirigen. Para ello, se debe conocer el contexto local y tener en cuenta las barreras y oportunidades que las distintas legislaciones pueden generar, más aún en una realidad donde la gestión y uso de macrodatos puede influir decisivamente en el bienestar de las personas, la auténtica misión de cualquier proyecto tecnológico”.

En este punto, también hay que destacar que “estamos asistiendo a un cambio cultural: la tecnología cambia la forma de comunicarnos, de vivir, y, por supuesto, los entornos en que trabajamos y el cómo trabajamos, los tipos de profesiones, perfiles y formas de contratar, pero más que ante una crisis en el empleo, estamos ante una revolución en la forma de concebir el mismo.

A este cambio global, proporcionado por las nuevas tecnologías,

También hay que reseñar que “estos cambios que se están produciendo en el ámbito de los cuidados tienen que ser pensados como contribución al modelo de sociedad que está surgiendo en la era digital. Ya no podemos volver a pensar el hospital y nuestra función de cuidadores al margen de las nuevas tecnologías del conocimiento y la información. Caeríamos en un cuidado ingenuo y nos olvidaríamos de un cuidado responsable, dejaríamos de lado las oportunidades que las nuevas tecnologías nos ofrecen para mejorar las tareas de curar y cuidar.

En este contexto de creciente digitalización, una ética del cuidado responsable tiene que plantearse con radicalidad el papel de la Inteligencia Artificial (IA) en la sociedad de los cuidados. No se trata de hacer ejercicios imaginativos o aplicar la ciencia ficción, sino de comenzar a plantear los desafíos que conlleva la aparición de autómatas, cerebros electrónicos, robots y productos que llamamos “inteligentes”, por analogía con la inteligencia humana. La aplicación de artefactos que “emulan” la inteligencia humana y la aplicación de la robótica en el ámbitos socio-sanitarios ha dejado de ser una ficción imaginativa para convertirse una realidad social que no está al alcance de todos los bolsillos ni está presente aún en todas las sociedades. El creciente desarrollo del “Internet de las cosas” no sólo transforma la relación de los seres humanos con el mundo sino los procesos de autocomprensión como especie humana, el conocimiento de sí y, por consiguiente, de “cuidado de sí”, “cuidado de otros” o cuidados en general.

Aunque no podemos precisar con detalle las oportunidades que abre esta digitalización al campo de los cuidados, sí queremos dejar constancia de que la mayoría de edad con la que la ética de los cuidados se ha hecho presente en las ciencias sociales ha resultado paralela a la emergencia de la digitalización en los espacios públicos. Esta progresiva presencia del cuidado y la digitalización se ha dado cita en las reflexiones éticas sobre la Inteligencia Artificial. ¿Qué significa, de verdad, “emular” la inteligencia humana? ¿Es la digitalización un proceso de “humanización”? ¿En qué medida la digitalización de los cuidados contribuye a la “mecanización” o “liberación”? ¿Quién cuidará de las máquinas que cuidan? ¿Y si se descuidan las máquinas a las que hemos confiado el cuidado? ¿Le podremos pedir cuentas? ¿Ante quien rendirá cuentas la robótica y la IA?

Si nos damos cuenta, el diseño, regulación y uso de la IA puede plantearse en los tres niveles en los que habitualmente planteamos el cuidado. (a) En un nivel micro hay problemas relacionados con la intimidad, la privacidad y la identidad personal. Los productos de la IA pueden tener un conocimiento detallado de nosotros mismos y no sólo porque nos permiten mapear genéticamente nuestra vida biológica sino porque nos acompañan a todas las horas del día en nuestra vida biográfica. (b) En un nivel meso hay problemas relacionados con el diagnóstico de nuestras patologías y la frecuencia de nuestras necesidades que pueden resolverse fácilmente si nuestra información está actualizada y disponible. Y eso sin contar con la información disponible sobre servicios socio-sanitarios o cuidadores próximos, atentos y servicialmente clasificados. Por no entrar al hecho de que serán cuidadores cualitativamente valorados y seleccionaremos a aquellos que tienen “mayor puntuación” como en “Trip advisor”. (d) En un nivel macro se plantean los problemas de bio-ciber-seguridad donde se difumina la frontera entre salud personal o individual y salud familiar o pública. Un nivel donde también aparece el problema de la autocomprensión como especie y la aparición de una sub-especie (¿o macro-especie?) de “entes” inteligentes que quizá no lleguen a ser “seres” inteligentes con capacidades para ser “realidades” inteligentes.

Estos niveles son importantes para organizar un cuidado responsable en todos los ámbitos de las políticas públicas. Si el concepto de cohesión social resulta clave en las reflexiones éticas que nos ofrecen los expertos de la IA es porque no se limitan a un enfoque instrumental de la IA. No se limitan a trasladar los principios de la Bioética al ámbito de la sociedad digital, sino que ofrecen un marco más axiológico donde cuentan con la autodeterminación de la especie humana. Lo que significa que han elegido el marco ético de una antropología renovada que no se limita a la aplicación de unos principios utilitaristas que buscan maximizar los beneficios y minimizar los riesgos. La introducción del principio de “explicabilidad” y el mantenimiento de conceptos éticos tradicionales como los de bien común, cohesión social y responsabilidad humana suponen una renovación cooperativa y deliberativa de las tradiciones humanistas.

Este grupo de expertos ha situado la IA en un horizonte político europeo sometido a numerosos desafíos. Este horizonte político no se puede desentender del protagonismo que tiene el cuidado en la conceptualización, diseño y aplicación las políticas públicas. Para ello, además de utilizar la IA como una fuerza para el bien, debemos empezar a promover una ética que los expertos en digitalización llaman “traslacional” y que nosotros podemos llamar “hermenéutica” o “aplicada” porque realiza una función deliberadamente mediadora entre “principios” y “prácticas”, entre “experiencias” y “expectativas”. Desconocedores de la historia de la hermenéutica, los expertos en algoritmos y arquitectura digital la llaman “traslacional” por analogía con las investigaciones biomédicas actuales que enlazan directamente el laboratorio con la cama (“from bench to bedside”).

A modo de resumen, si tuviéramos que seleccionar diez tareas o retos urgentes que tiene esta ética en el horizonte trasnacional de la IA señalaríamos los diez siguientes. El orden en el que aparecen no supone una priorización o jerarquización del reto o desafío, tan solo pretendo facilitar una deliberación moral pública que no ha hecho más que comenzar.

1.-Psicologización. Es el riesgo de reducir los cuidados a su dimensión estrictamente psicológica. La progresiva implicación de los profesionales de la psicología en todas las dimensiones del cuidar ha sido decisiva en ese proceso de “mayoría de edad” que hemos descrito. Sin embargo, ese empuje y protagonismo de la psicología no nos puede llevar a olvidar otras dimensiones del cuidado.

2.- Estandarización. Es el riesgo de reducir los cuidados a su dimensión estrictamente cuantitativa, numérica, matemática y casi algorítmica. Los desarrollos de la IA y la robotización están contribuyendo decisivamente a mejorar los procesos de cálculo y generalización de los servicios de cuidado. Sin embargo, ese empuje en la robotización no nos puede hacer olvidar los límites de la abstracción en las prácticas del cuidado.

3.- Formalización. En continuidad con el desafío anterior, la aplicación de la IA a grandes masas de usuarios y consumidores puede exigir establecimiento de protocolos generales que pueden aplicarse incluso en los ámbitos políticos, jurídicos y judiciales. Aplicada en el ámbito del derecho, la IA puede desempeñar grandes servicios en la gestión de la información pero también nos sitúa ante el riesgo de la despersonalización de la acción humana.

4.- Profesionalización. Con la sociedad de los cuidados aparecen nuevas profesiones en el ámbito socio-sanitario. En principio aparecen como actividades laborales nuevas o servicios puntuales u ocasionales que no están delimitados como práctica profesional. Muchas actividades de cuidado han surgido desde ámbitos de voluntariado o empleos ocasionales y se han transformado tareas semi-profesionales o empleos estables. ¿Cómo articular profesionalmente estas nuevas actividades? ¿Exigiremos la colegiación obligatoria?¿Habrá nuevos colegios profesionales o sindicatos?

5.- Digitalización. Cuando las identidades están prácticamente encriptadas y digitalizadas, la atención personal ha sido sustituida por una atención digitalizada y despersonalizadora. Cada vez hay más ámbitos de la vida social mediados por la digitalización de tal manera que al otro lado del teléfono, la ventanilla o el servicio no sabemos si hay un “alguien” o un “algo” que nos sirve. La sustitución de los operadores por los robots ha facilitado las gestiones y servicios en un proceso donde cada vez hay menos problemas que están fuera del protocolo digital. Corremos el riesgo de que la atención personal y personalizada se convertirá en un recurso escaso y un lujo organizativo.

6.- Monetarización. Es el reto de valorar en términos económicos las prácticas de cuidado y plantearlo en términos estrictamente financieros. Los expertos de la sociedad de los cuidados tienen la posibilidad de integrar lo que hace algunos años se planteó como “bancos de tiempo” en el diseño de las instituciones sociales. Recordemos que desde el “Tercer Sector” se buscó la buscó la forma de “bancarizar” la disponibilidad de los ciudadanos o vecinos para ayudarse mutuamente. Detrás de estos procesos de bancarización está la necesidad de facilitar unos cuidados con los que trasladar la lógica del prójimo (voluntariedad familiar o vecinal) a la lógica del socio (voluntariedad institucional).

7.- Mercantilización. Es el reto de construir una contabilidad mercantil de los cuidados. Se trataría no sólo de asignar valor monetario sino poder intercambiar y comercializar los cuidados. Introduciríamos la lógica del precio (capitalismo, economía de mercado) dentro de la lógica del valor (estimativa moral). Tendríamos que preguntarnos si habría un mercado de cuidados, una bolsa de cuidados y, a su vez, un intercambio entre particulares u organizaciones de cuidado. No me refiero únicamente al hecho real de que las empresas de cuidados coticen en las bolsas tradicionales sino a la posibilidad real de hablar del “mercado de los cuidados”. Ya lo hay en términos vecinales cuando buscamos personas que informalmente cuidan de personas en ámbitos rurales, familiares o vecinales y se establece algo así como un “mercadillo del cuidado”.

8.- Tecnificación. Es el desafío más visible porque supone la sustitución del cuidador por la máquina o el robot. Además de evitar el cansancio y su preparación para mantener siempre los mismos niveles de cuidado, los robots cuidadores podrían asumir tareas pesadas o desagradables que un cuidador humano no siempre realiza con el mismo nivel agrado. Hay múltiples niveles en la tecnificación de los cuidados y no se aplicaría solo a las tareas de cuidar sino a la evaluación, capacitación y entrenamiento de cuidadores. ¿Quiénes cuidan de los que cuidan? ¿Cómo valorar la resistencia o resiliencia de los cuidadores?

9.- Medicalización. Es el proceso de reducir todas las actividades de cuidado a actividades de “curación”. La digitalización y tecnologización de las cirugías ha trasformado la medicina tradicional y modificado el propio concepto de “médico” o “cirujano”. Aplicada al ámbito de la salud y la sanidad, la IA plantea riesgos y oportunidades para nuevos tipos de medicina, nuevas formas de organización hospitalaria y, sobre todo, nuevas formas de gestionar preventiva o prospectivamente los problemas de salud.

10.- Naturalización. La distinción entre IA débil aplicada a determinadas actividades humanas y cálculos que fácilmente pueden ser realizadas por máquinas o autómatas y una IA fuerte que buscar emular el funcionamiento de la mente humana nos sitúa de lleno ante la compleja frontera entre lo natural y lo artificial. Hasta ahora, hemos asistido a un proceso de adaptación e integración de los robots y las máquinas al mundo de la inteligencia natural humana que los ha generado, diseñado y utilizado. Deberíamos ser más precisos porque en estos casos no estaríamos ante una inteligencia “artificial” propiamente dicha porque hemos ido naturalizando lo que, al principio, se planteaba como “artificial”.

En todo caso, la experiencia en la gestión y administración de la sociedad de los cuidados no nos puede llevar a una relación ingenua con la naturaleza humana o las prácticas de cuidar. Seducidos por la aplicación de la ciencia y la técnica en la sociedad de los cuidados dejamos de pensar el sentido y valor del cuidado en su sentido más natural y originario. Una de las lecciones más importantes de la bioética aplicada al cuidado debería ser la de “desnaturalizar” el concepto de “inteligencia” humana. A veces, los análisis de la IA se realizan de manera pre-crítica y pre-reflexiva desde la “idealización” e ingenuidad de la inteligencia humana “natural”, sin caer en la cuenta de que somos artificiales por naturaleza.

A medida que nos tomamos más en serio el reto imperativo de explicabilidad al que nos obligan los expertos de la IA, crece la conciencia de que hay una idealización romántica de la inteligencia “natural” enfrentada a la inteligencia “artificial”. Y al focalizar nuestra atención al telos de “lo artificial que viene” dejamos de lado “lo artificial que somos”. Un desafío radicalmente hermenéutico que nos exigiría prestar más atención a las raíces orteguianas de nuestra filosofía moral que a las nostalgias heideggerianas, unas raíces donde el cuidar está más próximo al crear, recrear, configurar e ilusionar que al reparar, restaurar o socorrer”.

En cuanto a las consecuencias económicas, se debe de decir que “los efectos positivos de la economía digital se observan en innumerables dimensiones, desde un incremento de la actividad económica hasta una mejora de la calidad de vida de la sociedad. El buque insignia de la revolución digital ha sido la invención de internet, que ha posibilitado interconectar el mundo e impulsar la globalización. A modo de ejemplo para cuantificar la importancia de la revolución digital para la economía, el peso de internet y de los sectores relacionados1 alcanzó el 3,4% del PIB en 2009 para un conjunto de 13 países.2 Con esta cifra, internet supera a sectores clásicos como la agricultura, los servicios de suministros o la educación, y se convierte en uno de los principales motores del crecimiento económico con una contribución de 7 p. p. en los 15 años anteriores a la crisis. El papel que ha asumido internet y el resto de tecnologías digitales en la actividad económica no solo se ha materializado en los sectores «puros» nacidos en la revolución digital (por ejemplo, Google o Facebook), sino que su impacto ha ido más allá y ha afectado a todos los sectores. Según un informe de la OCDE,3 el capital de las tecnologías de la información (TIC) contribuyó a aumentar el valor añadido del conjunto de los sectores de la economía entre 0,4 y 1,0 p. p. anuales entre 1995 y 2007. Además del efecto directo de este capital como factor productivo, la digitalización también ha influido notablemente en mejorar la productividad total de los factores, permitiendo generar mayor producción con las mismas unidades de capital y trabajo.

Estas cifras resultan aún más impresionantes si tenemos en consideración que se basan en datos de contabilidad nacional, una estadística que no refleja íntegramente todos los beneficios que internet y la digitalización reportan a la sociedad. Esta limitación se debe al hecho de que el PIB solo captura la producción de bienes y servicios cuando se produce un intercambio monetario, por lo que los bienes y servicios gratuitos quedan excluidos de esta métrica. Dado que la digitalización seguirá presionando a la baja el coste marginal de la producción de muchos bienes y servicios y, por tanto, su precio, el error de medición del PIB seguirá aumentando y cada vez será un reflejo peor del bienestar de la sociedad. A modo de ejemplo para la economía estadounidense, un estudio4 cuantifica el valor de estos servicios digitales gratuitos calculando cuánto dinero debería recibir un consumidor para que su nivel de bienestar sin el uso de estos servicios fuese equivalente: la cifra alcanza los 106.000 millones de dólares anuales, en promedio, entre 2007 y 2011, lo que correspondería a un aumento de 0,7 p. p. del PIB.

La expansión de la economía digital de un país es solo posible si dispone de un ecosistema digital robusto. Concretamente, el desarrollo de la economía digital depende de tres factores: de las infraestructuras digitales, del capital humano y de la calidad institucional. De la misma manera que tuvieron un papel esencial en la primera revolución industrial con la invención del telégrafo, que facilitó la distribución de la información, o con la red de ferrocarriles, que cambió radicalmente el transporte, las infraestructuras también son cruciales para la revolución digital. Se entiende como infraestructuras digitales el conjunto de infraestructuras necesarias para dar soporte al negocio digital, incluidas las empresas que producen hardware y software, las redes de comunicaciones y los proveedores de servicios y de contenido digital. Si bien estas infraestructuras ya están desarrolladas en la mayoría de las economías avanzadas, en algunos países todavía queda terreno por recorrer para eliminar las fuentes de fricción que limitan el crecimiento potencial de la economía digital. La limitación más compleja es la disponibilidad del espectro de radiofrecuencia móvil (la red a través de la cual viaja el tráfico de datos móvil). Es necesario que la asignación del espectro se unifique dentro de la Unión Europea, lo que satisfaría el creciente aumento del tráfico de datos de los servicios móviles y facilitaría la competencia y la eficiencia de esta industria.5 Otro de los obstáculos que restringe el crecimiento de la economía digital en algunos casos es la falta de inversión en sus infraestructuras, lo que pone de relieve el reciente debate sobre quién debería hacer frente a los costes, los proveedores de las redes de comunicación o los proveedores de contenido digital, que también salen beneficiados.

La falta de inversión no solo se observa en las infraestructuras que dan soporte a la economía digital, sino también en el I+D digital. Concretamente, en España, la inversión en investigación y en el desarrollo de las TIC se encuentra muy por debajo del resto de países de la eurozona. Esta reducida capitalización en las tecnologías de la información se puede explicar por tres factores: el mayor peso de las empresas pequeñas, que tienen una menor propensión a innovar; el limitado desarrollo de los mercados financieros alternativos, como el de capital riesgo (ampliamente usado por nuevas empresas de base tecnológica) y la formación relativamente baja de los trabajadores.

El segundo pilar del ecosistema digital es el capital humano. Mientras que durante la primera revolución industrial se requirió abundante mano de obra no especializada para trabajar en las fábricas, en la nueva revolución digital la calidad del capital humano cobra relevancia. Los conocimientos de las TIC y de internet se han convertido en un requisito básico para la mayoría de ocupaciones. Concretamente, en 2012, el 55% de los puestos de trabajo en España exigían conocimientos básicos de informática. El cambio en las características de la demanda de trabajo podría acentuar la polarización laboral y dificultar la búsqueda de empleo, especialmente para aquellos trabajadores con baja cualificación y con habilidades asociadas a sectores muy específicos, como la construcción.

Finalmente, el último pilar del ecosistema digital es la calidad institucional. Siguiendo con el paralelismo de la revolución industrial, un elemento clave de su éxito fue que el régimen legal garantizaba el derecho a la propiedad privada y proporcionaba los incentivos adecuados a todos los agentes económicos. En la actualidad, la función de las instituciones debe seguir siendo la de establecer las reglas del juego y, en particular, la de salvaguardar algunos derechos que cobran importancia en la economía digital, como la protección de la privacidad y la propiedad intelectual, a la vez que asegurar un entorno idóneo que promueva la inversión y la innovación en el ecosistema digital (véase el artículo «Los retos del Estado en la nueva economía digital» de este mismo Dossier).

En definitiva, para poder extraer el máximo potencial de la digitalización debe haber un compromiso hacia el crecimiento a largo plazo de la economía digital, en el que se eliminen los impedimentos a la expansión de sus infraestructuras y se modernicen las políticas y las regulaciones, con el fin de incentivar la inversión y la innovación en el ecosistema digital. Consciente de su importancia, la Comisión Europea presentó recientemente una estrategia para un mercado único digital que persigue corregir algunos de estos impedimentos y homogeneizar la regulación a nivel europeo. Probablemente, será la primera iniciativa de muchas. La revolución digital ha llegado para quedarse y transformar la economía tal y como la conocemos”.

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