Derecho general, Igualdad efectiva entre mujeres y hombres, Lenguaje inclusivo

Los problemas jurídicos del lenguaje inclusivo. Parte II

Ya se ha hablado en otro artículo anterior sobre este problema y como se ha de afrontar. Ahora se trata de completar ese artículo y dar algunas conclusiones sobre este tema.

Dentro de este artículo cabe señalar en primer lugar que “uno de los debates más recurrentes dentro de los activismos, fundamentalmente en el Feminismo y en la lucha por la erradicación de la homofobia –y bifobia y transfobia- es el del uso inclusivo de la lengua persiguiendo la visibilización del género social tradicionalmente excluido del discurso público: el femenino. A raíz del enésimo debate al que he asistido esta semana sobre la cuestión quiero dedicar unas líneas a reflexionar sobre el tema.

El primer punto que es necesario precisar consiste en diferenciar adecuadamente el género gramatical del género social. Éste sabemos que consiste en una serie de caracteres sociales, culturales, políticos, psicológicos, sexuales, etc. que se asignan socioculturalmente como propios y de manera diferenciada a varones y mujeres, si bien pueden cambiar, y cambian, según el contexto histórico y cultural en que nos movamos. Por su parte el género gramatical es un sistema de clasificación nominal de las lenguas, que diferencia determinadas palabras según un número determinado de clases, y se emplea para relacionarlas con otras palabras a través de la concordancia. Por emplear el mismo término –”género”- es habitual inferir que existe una relación entre el género social y el lingüístico y, aunque la hay, de un modo objetivo se afirma de manera general que en la lengua las relaciones entre significado –el contenido semántico de una palabra- y su significante –el conjunto de sonidos a través de los que la reconocemos- son totalmente arbitrarios. Así, en latín, los árboles presentan un género femenino, y sus frutos neutro, mientras que en castellano el árbol es masculino y el fruto frecuentemente femenino. Es la arbitrariedad la que relaciona significado y significante. En teoría.

Dicho esto, centrémonos en el género gramatical del castellano. Si bien nuestra lengua procede del latín, donde existían masculino, femenino y neutro, se acepta que el español presenta los géneros masculino y femenino, con algunos restos pronominales del neutro –ello, lo-. Pero esto no deja de ser una convención: realmente el género gramatical masculino no existe en nuestra lengua: es el género no marcado, frente al femenino, que sí está marcado, diferenciándose, en los términos con flexión de género, a través de la incorporación de las consabidas –a, -esa, -triz. Las palabras también pueden ser ambiguas –se emplean con ambos géneros: “el/la mar salado/a”-, epicenas –tienen un solo género para ambos sexos: “el ratón”- o comunes –presentan la misma forma para ambos sexos: “el/la estudiante aplicado/a”-.

Si bien, como se decía, el género gramatical que conocemos como masculino se emplea para hablar de la totalidad de las cosas, independientemente de su género social, y el género gramatical femenino excluye a cuantas cosas no presenten un género gramatical femenino, socialmente viene considerándose que la relación entre el género social y el gramatical no es arbitraria y que, como consecuencia, el uso del masculino gramatical como “genérico” invisibiliza a las mujeres, de género social y gramatical femenino

De ahí la costumbre de expresar “todos y todas”, “amigos y amigas”, etc., tratando de visibilizar a las mujeres, que recomiendan los usos políticos tras la loable lucha del Feminismo por incorporar al discurso de lo común su género femenino, social y gramatical.

Por su parte el activismo intergénero ha empezado últimamente a denunciar, siguiendo la interpretación de no arbitrariedad entre una y otra forma de género, que si el masculino invisibilizaba a las mujeres, el uso de una flexión de género binaria no permite la visibilidad de personas que se sitúan, de un modo u otro, fuera de la dicotomía femenino/masculino.

Así, en su momento se sustituyó la “@” que recogía masculino y femenino por una “x” que permite llegar más allá de ese binarismo; y se ha propuesto también la incorporación del pronombre “elle” -que desde las redes sociales se ha solicitado ser aceptado por la Real Academia-, y del morfema –e, que añadido al lexema sirve para manifestar en nuestro habla el reconocimiento de esas otras posibilidades en cuanto al género social. “Todos, todas y todes”, llegando incluso a emplear esa –e como género no marcado: “les activistes estamos comprometides con los derechos sociales”.

Surge entonces un problema importante, y es que esa –e puede considerarse variante de la –o masculina y manifestar este género, como se desvela gracias a algunos plurales: “señores y señoras”. Podría intentarse con la –i, pero desde finales de 2014 se empieza a usar como terminación para diminutivos abreviados -“guapi, amigui”- y no hace sino invisibilizar realmente el género de la palabra, detectable en ese caso únicamente a través de sus complementos. Sólo nos quedaría la –u, pero se corre el riesgo de ser confundida con el masculina del asturiano.

Con los recursos de que dispone nuestra lengua es prácticamente imposible romper el binarismo de género sin incorporar nuevos conceptos de difícil implementación social, cuestión lógica considerando que el binarismo afecta fundamentalmente al contexto sociocultural y que es de allí desde donde se traslada a lo lingüístico.

En otro orden de cosas, dentro del discurso activista por los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales y en el Feminismo se emplea en ocasiones el género gramatical femenino como genérico, para referirse tanto al género social masculino como al femenino.

Se empieza a aceptar incluso que si en un grupo priman las personas que se reconocen en el género social femenino se emplee el género gramatical femenino, en lugar de lo habitual, que es emplear el masculino aunque una sola persona se sienta identificada con él. Y en este uso del femenino genérico, si bien tanto a mí como a “muchas compañeras activistas” nos gusta utilizar, encuentro dos problemas digno de considerar.

Uno, importante, es que, como hace poco escuché decir a Marcela Lagarde, se dificulta el trabajo de concienciación al hombre heterosexual de que debe incorporarse a la defensa de nuestros derechos, pues gramaticalmente, según su forma de entender el género gramatical, lo estamos excluyendo.

Otro problema, más importante aún, es que el uso del género gramatical femenino, entendiéndolo parejo del género social femenino, resulta ofensivo para determinadas personas: algunos hombres transexuales, gais y bisexuales lo interpretan como una agresión, porque no comparten o no han sido informados de cómo desde el activismo se subvierte el orden social a través de un uso subversivo del género gramatical.

Es fácil de entender que un hombre transexual quiera ser llamado en masculino, pues ésa es una de sus principales reivindicaciones, si no la más fundamental, así como que un hombre gay o bisexual, cuyas prácticas sexuales con otros hombres lo apartan de la ortodoxia del género –social- masculino, encuentre en esa designación en femenino una reiteración del cuestionamiento de su género social sentido, así como un recuerdo doloroso de algún episodio de discriminación, tan común, en que se le designara con un género que no siente como propio. Si el lenguaje inclusivo puede ser interpretado como lenguaje homófobo existe un problema que debemos resolver.

Cuestión aparte, y debe ser destacado, es un uso muy particular del género gramatical femenino entre hombres no heterosexuales, que se corresponde con un contexto lúdico en que se permiten recíprocamente tratarse en femenino, trocando incluso los nombres propios a sus correspondientes de mujer e incluso flexionando en femenino algunas palabras –”¡qué asca!”-; subvirtiendo así los mandatos del género social en cuanto al género gramatical que se le adscribe y, sobre todo, porque puede ser muy divertido. No obstante, este “ludolecto” presenta los mismos problemas que antes comentaba, y puede ser entendido como agresivo, si no se cuenta con la licencia previa del interlocutor para ser empleado”.

A continuación, cabe señalar, en relación con lo dicho hasta y con el anterior artículo sobre este tema, que “la inclusión es un fenómeno complejo que significa incorporar lo ocluso, lo cerrado, algo que está fuera de ello. La inclusión no comienza con el lenguaje, comienza con la gestualidad, con la actitud frente al próximo, con la mirada, con el acercamiento, el respeto. Lo verbal viene después”. Barcia formula una pregunta, y aunque para algunos suene a broma, otros estudian esta posibilidad: “¿La administración pública también va a cambiar el texto de ‘La marcha peronista’: ‘Les muchaches peronistes, todes unides triunfaremes’?… Porque para ser coherente, hay que ser coherente en todos los planos”.

Múltiples interrogantes emergen en torno a este uso en documentos oficiales. La Real Academia Española (RAE), en el informe presentado sobre esta materia, explica caso por caso la posibilidad que existiría si se modificara la Constitución a través de la incorporación del lenguaje inclusivo. Por ejemplo, considera que el caso del desdoblamiento (escribir presidente y presidenta) de modo ocasional o tal vez en su primera mención resultaría “problemático”.

A su vez, ¿qué ocurriría con el caso bonaerense si se trasladara este lenguaje a su Constitución? ¿Debería así reformarse la Constitución Nacional? Ya se ha registrado -y también ha sido denunciada- la utilización del lenguaje inclusivo en algunos fallos, como lo ha hecho la jueza porteña Elena Liberatori.

En sintonía con el dosier de la RAE, Zorrilla se refiere a las propiedades de este lenguaje: “Desde el punto de vista lingüístico, no podemos reemplazar las letras a y o, que diferencian el género, con la arroba, el asterisco, la e o la x porque tenemos la voluntad de hacerlo en contra del androcentrismo o de reflejar con ello una realidad sociopolítica. Esa sustitución es ajena a la morfología del español e innecesaria, pues el masculino genérico o masculino gramatical ya es inclusivo, ya cumple esa función como término no marcado de la oposición de género. Si decimos ‘los hombres no son inmortales’, sabemos que ese sustantivo hombres se refiere a todos los humanos, mujeres y varones, pues, si solo se refiriera a los varones, cabría la posibilidad de que las mujeres sí lo fuéramos y viviéramos eternamente. Eso es absurdo”.

Estas opiniones difieren de la posición de Karina Galperín, profesora de la Universidad Di Tella, quien destaca el presente como un fenómeno que “como chiquito, es muy grande” y en expansión. “Vale aclarar que en muchas instituciones del mundo se utilizan corrientemente y hace rato guías de recomendación de ciertos usos para tratar de evitar el masculino genérico. Creo que en este caso se trataría de aggiornar una guía que ya existe. Así, esto estaría totalmente en línea con una práctica usual. Pero, a decir verdad, no sabemos si se trata de eso o de implementar alguna variante del llamado ‘lenguaje inclusivo’ en algún nivel de gobierno, que no sabemos cuál es. Y no sabemos tampoco con qué tipo de fuerza se haría, porque el rango de posibilidades va desde habilitar, permitir o recomendar hasta convertir alguna de las variantes del ‘lenguaje inclusivo’ en lengua oficial de los intercambios formales. Dudo muchísimo de que esto último se proponga y/o implemente”.

Zorrilla reconoce que no solo los jóvenes, sino también personas mayores, profesionales, utilizan el lenguaje inclusivo. Con ellos mantuvo un interesante diálogo. “Cuando me lo decían, hablaban el español como lo aprendimos todos. Entonces, les pregunté por qué se dirigían a mí así, sin usar el lenguaje inclusivo. Me contestaron que respetaban los contextos -fue durante una clase de español-, que ellos sabían muy bien dónde usarlo. Esta respuesta explica que se trata de un posicionamiento sociopolítico. También me dijeron que desde ningún punto de vista aspiraban a alterar la gramática española y que les interesaba aprenderla bien para hablar y escribir mejor”.

Galperín también destaca la utilización del masculino genérico en diversos ámbitos, no solo por una cuestión ideológica, sino también por una cuestión práctica de claridad y precisión: “Hay gente que defiende o ataca el uso del ‘lenguaje inclusivo’ por su carácter político, como un uso que quiere cambiar la realidad o que busca poner en evidencia un problema que no es de orden lingüístico. Creo que eso es verdad en muchos casos. Un grupo grande, y sobre todo el más intenso y más vocal y más visible, lo hace por esa razón. Creo, al mismo tiempo, que otra gente adoptó y utiliza ocasionalmente el ‘lenguaje inclusivo’ cuando se enfrenta con un problema de posible ambigüedad. En esos casos, usa alguna forma de inclusivo. No lo hace para visibilizar nada, sino por precisión, porque quiere evitar una ambigüedad”.

La difusión de estos usos “no basta si no se ajusta al sistema gramatical del español”, resume Zorrilla. El debate ya está instalado: “¿Cómo termina esto? No lo sabemos. Pero yo no dejaría de registrar la incomodidad con el masculino genérico y ni dejaría de observar cómo evoluciona, si evoluciona. No creo que sea una moda pasajera y creo que responde a cambios en la sociedad y en nuestra sensibilidad demasiado importantes como para que descartemos de cuajo su efecto sobre la lengua”, concluye Galperín”.

Como destacó en 2018 la página web 24 horas, “la voluntad del gobierno socialista de incorporar el lenguaje inclusivo en la Constitución española suscitó un vivo debate en el país, donde el director de la Real Academia Española (RAE) pidió el lunes no confundir “la gramática con el machismo”.

“Las lenguas se rigen por un principio de economía; el uso sistemático de los dobletes, como miembro y miembra, acaba destruyendo esa esencia económica”, declaró el director de la RAE, Darío Villanueva, en una entrevista al diario El País.

“Las falsas soluciones, como las que proponen poner en lugar del ‘o’ y el ‘a’, el ‘e’, me parecen absurdas, ridículas y totalmente inoperativas“, abundó.

“El problema está en confundir la gramática con el machismo”, advirtió.

La semana pasada, la vicepresidenta del gobierno español, Carmen Calvo, encargó a la RAE un informe sobre la adecuación de la Constitución española a un lenguaje inclusivo.

“Tenemos una Constitución en masculino […] de ministros y diputados, que se corresponde con tiempos de hace 40 años”, señaló la número dos del gobierno del socialista Pedro Sánchez.

La RAE ya inició “el trámite”, indicó Villanueva este lunes, destacando no obstante que “la doctrina sobre el tema es muy clara y no creo que la academia se vaya a apartar de ella”.

El cambio de la constitución es muy difícil; francamente, lo veo como una serpiente de verano”, agregó.

La Academia debería hacer un pronunciamiento oficial en octubre, según El País.

El debate sobre el tema se exacerbó luego de que el escritor y miembro de la RAE, Arturo Pérez-Reverte, insinuara que abandonaría la institución si la Academia se plegaba a la propuesta del gobierno.

“Tiene usted mi palabra”, respondió Pérez-Reverte en Twitter la semana pasada a una persona que señaló que el escritor sería el único contrario a esta reforma a la que cederían los otros miembros de la Academia.

“La reacción de Arturo Pérez-Reverte, que puso la venda antes de la herida, no ha ayudado al sosiego. No se conoce un caso de nadie que haya abandonado la institución y no está en cuestión el carácter vitalicio del cargo de académico”, dijo Villanueva a El País”.

Habría que decir, para aclarar esto, que “uno de los debates más recurrentes dentro de los activismos, fundamentalmente en el Feminismo y en la lucha por la erradicación de la homofobia –y bifobia y transfobia- es el del uso inclusivo de la lengua persiguiendo la visibilización del género social tradicionalmente excluido del discurso público: el femenino. A raíz del enésimo debate al que he asistido esta semana sobre la cuestión quiero dedicar unas líneas a reflexionar sobre el tema.

El primer punto que es necesario precisar consiste en diferenciar adecuadamente el género gramatical del género social. Éste sabemos que consiste en una serie de caracteres sociales, culturales, políticos, psicológicos, sexuales, etc. que se asignan socioculturalmente como propios y de manera diferenciada a varones y mujeres, si bien pueden cambiar, y cambian, según el contexto histórico y cultural en que nos movamos. Por su parte el género gramatical es un sistema de clasificación nominal de las lenguas, que diferencia determinadas palabras según un número determinado de clases, y se emplea para relacionarlas con otras palabras a través de la concordancia. Por emplear el mismo término –”género”- es habitual inferir que existe una relación entre el género social y el lingüístico y, aunque la hay, de un modo objetivo se afirma de manera general que en la lengua las relaciones entre significado –el contenido semántico de una palabra- y su significante –el conjunto de sonidos a través de los que la reconocemos- son totalmente arbitrarios. Así, en latín, los árboles presentan un género femenino, y sus frutos neutro, mientras que en castellano el árbol es masculino y el fruto frecuentemente femenino. Es la arbitrariedad la que relaciona significado y significante. En teoría.

Dicho esto, centrémonos en el género gramatical del castellano. Si bien nuestra lengua procede del latín, donde existían masculino, femenino y neutro, se acepta que el español presenta los géneros masculino y femenino, con algunos restos pronominales del neutro –ello, lo-. Pero esto no deja de ser una convención: realmente el género gramatical masculino no existe en nuestra lengua: es el género no marcado, frente al femenino, que sí está marcado, diferenciándose, en los términos con flexión de género, a través de la incorporación de las consabidas –a, -esa, -triz. Las palabras también pueden ser ambiguas –se emplean con ambos géneros: “el/la mar salado/a”-, epicenas –tienen un solo género para ambos sexos: “el ratón”- o comunes –presentan la misma forma para ambos sexos: “el/la estudiante aplicado/a”-.

Si bien, como se decía, el género gramatical que conocemos como masculino se emplea para hablar de la totalidad de las cosas, independientemente de su género social, y el género gramatical femenino excluye a cuantas cosas no presenten un género gramatical femenino, socialmente viene considerándose que la relación entre el género social y el gramatical no es arbitraria y que, como consecuencia, el uso del masculino gramatical como “genérico” invisibiliza a las mujeres, de género social y gramatical femenino

De ahí la costumbre de expresar “todos y todas”, “amigos y amigas”, etc., tratando de visibilizar a las mujeres, que recomiendan los usos políticos tras la loable lucha del Feminismo por incorporar al discurso de lo común su género femenino, social y gramatical.

Por su parte el activismo intergénero ha empezado últimamente a denunciar, siguiendo la interpretación de no arbitrariedad entre una y otra forma de género, que si el masculino invisibilizaba a las mujeres, el uso de una flexión de género binaria no permite la visibilidad de personas que se sitúan, de un modo u otro, fuera de la dicotomía femenino/masculino.

Así, en su momento se sustituyó la “@” que recogía masculino y femenino por una “x” que permite llegar más allá de ese binarismo; y se ha propuesto también la incorporación del pronombre “elle” -que desde las redes sociales se ha solicitado ser aceptado por la Real Academia-, y del morfema –e, que añadido al lexema sirve para manifestar en nuestro habla el reconocimiento de esas otras posibilidades en cuanto al género social. “Todos, todas y todes”, llegando incluso a emplear esa –e como género no marcado: “les activistes estamos comprometides con los derechos sociales”.

Surge entonces un problema importante, y es que esa –e puede considerarse variante de la –o masculina y manifestar este género, como se desvela gracias a algunos plurales: “señores y señoras”. Podría intentarse con la –i, pero desde finales de 2014 se empieza a usar como terminación para diminutivos abreviados -“guapi, amigui”- y no hace sino invisibilizar realmente el género de la palabra, detectable en ese caso únicamente a través de sus complementos. Sólo nos quedaría la –u, pero se corre el riesgo de ser confundida con el masculina del asturiano.

Con los recursos de que dispone nuestra lengua es prácticamente imposible romper el binarismo de género sin incorporar nuevos conceptos de difícil implementación social, cuestión lógica considerando que el binarismo afecta fundamentalmente al contexto sociocultural y que es de allí desde donde se traslada a lo lingüístico.

En otro orden de cosas, dentro del discurso activista por los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales y en el Feminismo se emplea en ocasiones el género gramatical femenino como genérico, para referirse tanto al género social masculino como al femenino.

Se empieza a aceptar incluso que si en un grupo priman las personas que se reconocen en el género social femenino se emplee el género gramatical femenino, en lugar de lo habitual, que es emplear el masculino aunque una sola persona se sienta identificada con él. Y en este uso del femenino genérico, si bien tanto a mí como a “muchas compañeras activistas” nos gusta utilizar, encuentro dos problemas digno de considerar.

Uno, importante, es que, como hace poco escuché decir a Marcela Lagarde, se dificulta el trabajo de concienciación al hombre heterosexual de que debe incorporarse a la defensa de nuestros derechos, pues gramaticalmente, según su forma de entender el género gramatical, lo estamos excluyendo.

Otro problema, más importante aún, es que el uso del género gramatical femenino, entendiéndolo parejo del género social femenino, resulta ofensivo para determinadas personas: algunos hombres transexuales, gais y bisexuales lo interpretan como una agresión, porque no comparten o no han sido informados de cómo desde el activismo se subvierte el orden social a través de un uso subversivo del género gramatical.

Es fácil de entender que un hombre transexual quiera ser llamado en masculino, pues ésa es una de sus principales reivindicaciones, si no la más fundamental, así como que un hombre gay o bisexual, cuyas prácticas sexuales con otros hombres lo apartan de la ortodoxia del género –social- masculino, encuentre en esa designación en femenino una reiteración del cuestionamiento de su género social sentido, así como un recuerdo doloroso de algún episodio de discriminación, tan común, en que se le designara con un género que no siente como propio. Si el lenguaje inclusivo puede ser interpretado como lenguaje homófobo existe un problema que debemos resolver.

Cuestión aparte, y debe ser destacado, es un uso muy particular del género gramatical femenino entre hombres no heterosexuales, que se corresponde con un contexto lúdico en que se permiten recíprocamente tratarse en femenino, trocando incluso los nombres propios a sus correspondientes de mujer e incluso flexionando en femenino algunas palabras –”¡qué asca!”-; subvirtiendo así los mandatos del género social en cuanto al género gramatical que se le adscribe y, sobre todo, porque puede ser muy divertido. No obstante, este “ludolecto” presenta los mismos problemas que antes comentaba, y puede ser entendido como agresivo, si no se cuenta con la licencia previa del interlocutor para ser empleado.

En conclusión es preciso recordar que, si bien de un modo objetivo el género gramatical y el social se relacionan de manera arbitraria, observamos que, desde un punto de vista subjetivo, más allá del análisis de nuestra lengua como algo alejado de las personas, y teniendo muy en cuenta la pragmática y la sociolingüística, el género gramatical puede ser la antesala de sentimientos de discriminación en cuanto al género social.

Así importa ante todo la cautela, la “conciencia de auditorio”: saber a quién nos dirigimos y cómo interpretará nuestro uso del género gramatical es el primer paso para empezar a comprender bien las muchas disquisiciones que pueden realizarse sobre la cuestión. Si bien se acepta ya dentro de la corrección política la reiteración del género femenino, pensemos además en la posibilidad de otros géneros, en cómo trasladarlos a lo visible en nuestra gramática –si es que es posible-, y cuidemos de que en ningún momento nuestro uso del género gramatical pueda resultar ofensivo.

El castellano es una lengua maravillosa, aunque limitada, y no tiene culpa alguna del machismo y la discriminación por orientación sexual e identidad de género que imperan en nuestro contexto sociocultural.

Busquemos el cambio, hablemos visibilizando todos los géneros o evitando todas las flexiones empleando abstractos. Aprendamos a usar las herramientas de nuestra lengua para trasladar a ella nuestra forma de pensar. Porque si bien es cierto que la lengua moldea nuestro pensamiento,  también lo es que nuestra forma de pensar puede encontrar su espacio dentro de un sistema lingüístico tan limitado como lo sea nuestra capacidad y nuestra imaginación para usarlo. La lengua es nuestra primera herramienta y el primer paso de nuestro camino hacia la Igualdad. Recorrerlo adecuadamente depende de todos. Y todas. Y todes”.

Por último, se ha de señalar que “

La directora del Departamento de ‘Español al día’ de la Real Academia Española (RAE), Elena Hernández, ha defendido el uso genérico del masculino gramatical como el “mecanismo inclusivo” del que se dota la lengua para aludir a colectivos formados por hombres y mujeres, en lugar del desdoble de términos o lenguaje inclusivo, una práctica que, a su juicio, hay que evitar. Ha considerado además, que las estrategias de desdoble “no tendrán implantación real” y “se quedarán en una moda”.

Hernández ha abierto este martes la Semana de las Letras ‘EspañoLeemos’ de la Facultad de Letras de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) con la ponencia ‘El llamado ‘lenguaje inclusivo’ ¿es de verdad inclusivo?’, según ha informado la UCLM en un comunicado.

Tras advertir de la confusión entre lenguaje y sexismo, ha abogado por ser feminista “sin intervenir de forma artificial en el lenguaje”, algo que, en su opinión, “es a veces lo que se pretende con el uso de este llamado lenguaje inclusivo”.

En concreto, ha puesto como ejemplo el uso generalizado de “portavoces” y “portavozas”, una “propuesta lingüística” que “genera ambigüedades donde antes no las había”.

A este respecto, ha asegurado que de las casi 400 consultas mensuales que recibe su departamento, un alto porcentaje está relacionado con el lenguaje inclusivo.

Y se ha mostrado convencida de que esas estrategias de desdoble “no tendrán implantación real” y “se quedarán en una moda” porque “se observan sólo en documentos administrativos o discursos públicos, pero no se oyen en conversaciones entre amigos o en casa”.

La responsable del Servicio de Consultas Lingüísticas de la RAE ha reconocido que el feminismo y la lucha por la igualdad van a “dejar huella” en la lengua, pero esa huella, a su parecer, no será el denominado lenguaje inclusivo.

Del mismo modo, ha recordado que labor de la Real Academia Española es explicar a los usuarios cómo funciona la lengua y en qué medida no se puede intervenir de forma artificial en ella para acabar con el sexismo lingüista que “sí que existe”, ha insistido.

‘EspañoLeemos’, organizada por estudiantes del Grado en Español: Lengua y Literatura de la UCLM, aglutina hasta el próximo jueves, 14 de marzo, un conjunto de actividades orientadas a la divulgación y al conocimiento de la lengua y la literatura españolas.

En la edición de este año se homenajea a Federico García Lorca con motivo del centenario de su llegada a la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Además de la ponencia de Elena Hernández, esta tarde se presentará la revista ‘El Mentidero’, con textos de alumnos de la Facultad de Letras, y se proyectará la película ‘La novia’, basada en la obra Bodas de sangre de García Lorca.

Las actividades continuarán este miércoles con la representación teatral ‘La voz de Federico‘ y un taller de teatro, a las 13.00 y las 17.00 horas, respectivamente; y culminarán el jueves con un encuentro literario con el dramaturgo Álvaro Tato (13.00 horas) y una jam de poesía -encuentro informal de improvisación lírica- (18.00 horas). Todas las actividades tendrán lugar en la Facultad de Letras”.

Como conclusión, se puede decir que utilizar el lenguaje en el sentido de querer nombrar a todas las personas, con independencia de su género, o todas las cosas a la vez no ayuda al lenguaje, sino que implica un empeoramiento de la lengua correspondiente, en concreto el propio castellano, lengua española que está siendo utilizada de manera perjudicial no solo para perjudicarla, sino que también demuestra muy poco aprecio por esta lengua tan rica.

FUENTES:

  1. La RAE califica el lenguaje inclusivo como “una moda” y llama a evitar el desdoble. Cadena Ser: https://cadenaser.com/ser/2019/03/12/sociedad/1552403280_030191.html
  2. Cáscara amarga: http://www.cascaraamarga.es/opinion/68-opinion/12508-los-problemas-del-lenguaje-inclusivo.html
  3. La RAE rechaza nuevamente el lenguaje inclusivo. National Geogrsphic: https://www.ngenespanol.com/el-mundo/la-rae-rechaza-nuevamente-el-lenguaje-inclusivo/amp/
  4. Qué moviliza el lenguaje inclusivo que genera rechazo: ¿es miedo? UNIDIVERSIDAD: http://www.unidiversidad.com.ar/que-moviliza-el-lenguaje-inclusivo-que-genera-rechazo-es-miedo
  5. RAE y lenguaje inclusivo: “El problema está en confundir la gramática con el machismo”. 24 HORAS: https://www.24horas.cl/internacional/rae-y-lenguaje-inclusivo-el-problema-esta-en-confundir-la-gramatica-con-el-machismo-2765897
  6. Expertos de la lengua señalan desaciertos del lenguaje inclusivo: https://www.ucr.ac.cr/noticias/2012/10/03/expertos-de-la-lengua-senalan-desaciertos-del-lenguaje-inclusivo.html
  7. El lenguaje inclusivo en la función pública: un debate más ideológico que lingüístico. La Nación: https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-lenguaje-inclusivo-en-la-funcion-publica-un-debate-mas-ideologico-que-linguistico-nid2326851