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La era de la desinformación. Parte I

La época en la que vivimos, con tantos medios a nuestro alcance y tantas vías de acceder a la información, así como las libertades de expresión y de prensa, ha supuesto el hecho de desinformación de la sociedad. Y esto se produce sobre todo por la ingente cantidad de información que los seres humanos tenemos a nuestro alcance.

A raíz de esto, cabe señalar, en primer lugar que, “en la era de la información resulta prácticamente imposible bloquear la diseminación de quantums (paquetes informativos) sobre temas que históricamente se mantuvieron al margen del conocimiento popular. Y ante la imposibilidad por seguir conteniendo estos causes de información, al parecer el mainstream media, así como la tradicional élite de poder, recurren a una técnica alternativa: la desinformación. Esta herramienta de algún modo intercambia la antigua ignorancia a la que se encontraba sometida gran parte de la sociedad civil por un nuevo, y tal vez aún más efectivo enemigo, la confusión. Y es que si analizamos de manera objetiva ambos fenómenos en verdad resulta más nociva esta segunda táctica empleada para proteger las agendas ocultas: es más “peligrosa” para los intereses a la sombra una sociedad que no sabe (y que en cierto porcentaje esta consciente de su ignorancia) que aquella sociedad que cree saber (pero en realidad no sabe nada) o incluso que sabe demasiado, teniendo a su alcance más mucho más información de la que es capaz de procesar lúcidamente. “La tecnología es muy divertida, pero también podemos ahogarnos en ella. La neblina de la información puede debilitar el conocimiento” afirmó acertadamente en alguna ocasión el historiador estadounidense D.J. Boorstin”.

Tras decir esto, cabe decir que “La desinformación ha existido siempre y los intentos por manipular la opinión social no son una novedad. Y entonces, ¿qué ha cambiado? Antes, desinformaba quien tenía capacidad para hacerlo: los poderes públicos, las élites económicas, la iglesia, los grandes medios de comunicación… Ahora, de la misma manera que se ha democratizado la información y tenemos acceso a cientos de medios mundiales con solo un clic, también se ha democratizado la desinformación. Cualquiera puede poner en circulación un bulo y que este se vuelva viral.

A esto hay que sumarle otras dos circunstancias: el cambio en los modelos de consumo y la crisis de modelo de negocio de los medios en el entorno digital.

En España, el 85% del consumo de información se hace a través de medios digitales y el acceso a los mismos es a través de dispositivos móviles en el 64% de los casos (Reuters Institute Digital News Report, 2018). Con los medios adaptando sus diseños para el consumo en móvil, se han perdido las referencias que permitían en el pasado al lector reconocer si estaba consumiendo información en un medio de comunicación fiable o una página web sin credibilidad. Se ha perdido lo que nosotros llamamos “el ancla” que ayudaba a la audiencia a distinguir lo que era información de lo que no lo es. En los medios tradicionales, el papel de un periódico, los pitos de la radio o la cabecera del telediario permitían a los ciudadanos identificar que iban a consumir información. En el entorno digital, al consumir en dispositivos móviles, todo ese contexto que te ayuda a distinguir entre El Mundo y El Mundo Today desaparece; y si el lector no reconoce la sátira en el segundo, puede llegar a creer que lo que lee es real.

A esto hay que sumarle que, cuando accedemos desde redes sociales (60% del consumo), muchas veces ni siquiera somos conscientes de a qué tipo de medio estamos accediendo, facilitando una posible confusión con la fiabilidad del lugar en el que estamos leyendo la información. Esto todavía tiene otra vuelta de tuerca: el consumo a través de aplicaciones de mensajería como WhatsApp ha hecho que los formatos más virales ni siquiera necesiten referenciarse en una URL: capturas de pantalla, textos, vídeos y audios completamente descontextualizados y muchas veces falsos circulan de móvil a móvil viralizando en muchas ocasiones la desinformación.

El modelo de negocio de la era digital tampoco ha ayudado. Con unas redacciones diezmadas tras la crisis y un modelo publicitario online que reporta menos ingresos y que obliga a los medios a generar muchas páginas vistas para sostenerse, nos encontramos con menos trabajo periodístico, lo que repercute no solo en la calidad de la información, también en la confianza que la ciudadanía tiene en los medios. Si la ciudadanía no confía en los medios tradicionales y, además, no tiene herramientas para distinguir entre los que son fiables y los que no, en un tiempo en el que proliferan las páginas webs con apariencia de medios pero sin la debida ética periodística que respalde su trabajo, el ecosistema de consumo queda desdibujado y los ciudadanos se encuentra perdidos.

Legislación: contenido vs. plataformas
La Comisión Europea, en su informe final elaborado por el grupo de expertos de alto nivel sobre fake news y desinformación, al que pertenece Maldita.es, hace especial énfasis en el derecho fundamental de la libertad de expresión y presenta un claro rechazo a cualquier intento de censurar contenidos, alertando de que la legislación, si en algún caso se llegara a implementar, “necesita basarse en definiciones muy precisas que aborden las causas de la desinformación, garantizando el debido proceso legal, junto con la responsabilidad y la proporcionalidad de las medidas”. Sin embargo, hasta ahora, las propuestas legislativas que se han puesto encima de la mesa en nuestro país están enfocadas a una regulación en los contenidos; y este planteamiento requiere formularse una serie de preguntas:

– ¿Quién decidirá qué es real y qué no?
– ¿Quién decidirá qué se comprueba y qué no? El lugar en el que se pone el foco ya supone un sesgo inicial.
– ¿Qué es una “noticia falsa”? ¿Una opinión puede serlo? ¿Cómo se califica una noticia satírica que se viraliza como real? ¿Quién dirá qué es satírico o no?
– ¿Quién ordenará la eliminación de contenidos?
– Si es un juez, ¿quién denunciará ante la fiscalía los contenidos falsos? ¿Cualquier usuario? ¿Una institución?
– ¿Se cerrarán webs de publicación de noticias falsas? ¿Quién lo ordenará? ¿Qué es una web de noticias falsas? ¿Qué porcentaje de ellas debe tener?
– Si esas webs que se lucran con la publicación de falsedades no están en España, pero están enfocadas a sus ciudadanos, ¿se prohibirá su acceso desde nuestro país?
– ¿Cómo tienen pensado parar las imágenes falsas, las cadenas falsas de WhatsApp, los pantallazos que no se corresponden con la realidad y otras formas de desinformación no directamente ligadas a un enlace o una web y de las que muchas veces es imposible rastrear su origen?”.

Llegados aquí, se debe señalar que “la inquietud por la abundancia de desinformación, información falsa y propaganda llegó a tal punto que muchos gobiernos ya proponen legislar sobre el tema. Pero las soluciones ofrecidas reflejan una comprensión inadecuada del problema y pueden tener consecuencias negativas no deseadas.

La inquietud por la abundancia de desinformación, información falsa y propaganda llegó a tal punto que muchos gobiernos ya proponen legislar sobre el tema. Pero las soluciones ofrecidas reflejan una comprensión inadecuada del problema y pueden tener consecuencias negativas no deseadas.

En junio, el Parlamento alemán aprobó una ley que incluye una cláusula sobre multas de hasta 50 millones de euros (59 millones de dólares) a sitios tan populares como Facebook y YouTube si no eliminan contenidos “obviamente ilegales” (por ejemplo, incitación al odio y la violencia) en un plazo de 24 horas. Y Singapur anunció planes de introducir leyes similares el año entrante, para hacer frente a las “noticias falsas”.Así es el mundo de las redes sociales en ChinaRusos usaron hasta Pokémon Go para interferir en elecciones de EE. UU.

En primer lugar, está la democratización de la creación y distribución de información. Como señaló hace poco Rand Waltzman (exintegrante de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa, Darpa), hoy cualquier persona o grupo puede comunicarse con muchos otros a través de internet y así ejercer influencia. Esto trajo beneficios, pero también supone serios riesgos, el primero de los cuales es la pérdida de las normas de excelencia periodística que comúnmente se respetan en los medios tradicionales. Y la falta de esa intermediación institucional impide un discurso basado en un conjunto de hechos universalmente aceptados (y verificados o, al menos, verificables). Exactitud y relevancia, secundarias

La segunda característica de la era de la información digital (subproducto directo de la democratización) es la socialización de la información. En vez de recibir información directamente de aquellos intermediarios institucionales (que con sus defectos en la ejecución, adhieren en principio a una serie de normas editoriales que son públicas), hoy la obtenemos de nuestras redes de contactos. Y esas redes pueden dar mayor visibilidad a un material por factores como la cantidad de clics recibidos o la cercanía entre amigos, en vez de la exactitud o la importancia de la información.

Personas que normalmente consumirían noticias con moderación hoy reciben una andanada de polémicas y debates políticos, que incluye falsedades y posturas extremas

Además, el acceso a la información a través de redes de amigos puede generar una cámara de eco formada por noticias que refuerzan los sesgos propios (aunque hay bastante incertidumbre respecto de la gravedad de este problema).

También implica que personas que normalmente consumirían noticias con moderación hoy reciben una andanada de polémicas y debates políticos, que incluye falsedades y posturas extremas, lo que aumenta el riesgo de desinformación o polarización en grandes sectores de la opinión pública.

El tercer elemento del panorama informativo actual es la atomización: el divorcio entre la noticia individual y su origen. Antes, los lectores podían distinguir fácilmente entre fuentes no creíbles (por ejemplo, los tabloides coloridos y sensacionalistas) y fuentes creíbles (periódicos locales o nacionales de reconocida reputación). Ahora, en cambio, un artículo del ‘The New York Times’ compartido por un amigo o familiar puede verse igual que otro sacado del blog de un promotor de teorías conspirativas. Y como determinó un estudio reciente del American Press Institute, el remitente del enlace importa más a los lectores que la fuente original del artículo. Un anonimato peligroso

El cuarto elemento que debe atender la lucha contra la desinformación es el anonimato en la creación y distribución de información. Es común que las noticias en internet no indiquen el medio que las origina y carezcan de la firma del autor. Esto impide ver posibles conflictos de intereses, ofrece coartadas a actores que hayan manipulado la publicación de información y crea un terreno fértil para la actividad de bots (sistemas automáticos que simulan acciones como dar un ‘me gusta’ e incluso respuestas específicas de supuestas personas para crear tendencias e influir en la opinión de la gente, entre otros propósitos).

Un estudio del 2015 halló que alrededor del 50 por ciento del tráfico web mundial procede de bots; hasta 50 millones de usuarios de Twitter y 137 millones de usuarios de Facebook exhiben comportamientos no humanos. Es verdad que hay bots ‘buenos’, por ejemplo, los que ofrecen atención al cliente o actualizaciones meteorológicas en tiempo real. Pero también hay muchísimos agentes nocivos que manipulan portales informativos para promover ideas extremas e información inexacta y hacerlas pasar por posturas populares y aceptadas.

En quinto lugar, el contexto informativo actual se caracteriza por la personalización. A diferencia de los medios impresos, la radio o incluso la televisión, los creadores de contenido para internet pueden hacer pruebas A/B (mostrar distintas versiones de una página y medir la respuesta) y crear mensajes individualizados en tiempo real.

Según una denuncia reciente, mediante “manipulación emocional automatizada, enjambres de bots, ‘dark posts’ (anuncios solo visibles para el destinatario) en Facebook, pruebas A/B y redes de noticias falsas”, grupos como Cambridge Analytica pueden crear propaganda personalizada, adaptativa y en última instancia adictiva. El equipo de campaña de Donald Trump llegó a medir respuestas a entre cuarenta y cincuenta mil variantes de anuncios cada día, para luego adaptar y dirigir mensajes según los resultados. Sin ley ni control

El último elemento que diferencia al ecosistema informativo actual del pasado, como observó Nate Persily, profesor de Derecho en Stanford, es la soberanía. A diferencia de la televisión, la prensa y la radio, plataformas sociales como Facebook o Twitter se autorregulan, y no muy bien.

Pese a la polémica que se desató estas últimas semanas en Estados Unidos por la compra de anuncios de campaña, ninguna de estas plataformas quiso consultar a expertos importantes, y ambas prefirieron tratar de resolver los problemas en forma interna. Facebook solo aceptó a mediados de septiembre revelar información sobre los anuncios, y todavía se niega a ofrecer datos sobre otras formas de desinformación.

Esta falta de datos dificulta dar respuesta a la proliferación de desinformación y propaganda (por no hablar de la polarización política y el tribalismo que impulsan). Las responsabilidades apuntan sobre todo a Facebook: con una media de 1.320 millones de usuarios activos al día, esta empresa tiene una influencia enorme, pero no permite que investigadores externos accedan a la información que necesitan para comprender las preguntas más básicas que hay en la intersección de internet con la política. (Twitter sí comparte datos con investigadores, pero sigue siendo la excepción)”.

Por último, cabe señalar lo siguiente:

“Hipocondría: dícese de la “preocupación extrema -constante y angustiosa- de carácter patológico”. Acercándose peligrosamente a ella se encuentra una buena parte de la aproximación narrativa a la tecnología, y en especial -ahora- a la inteligencia artificial (IA). De ahí al terror y a la histeria colectiva. “Tengo la impresión de estar presenciando un ataque global de pánico ante los efectos de las tecnologías digitales emergentes”, me decía hace poco César Pérez-Chirinos, asesor de la Fundación para la Innovación y la Economía Digital y del Ministerio de Economía y Empresa.

El comentario salió a colación del caso Huawei que, en su opinión, “no es más que una más entre otras reacciones desmedidas causadas por las expectativas ante la transformación digital generalizada”. Pérez-Chirinos se dirigió a mí como periodista: “Creo que los medios podríais ayudar a que haya un debate sosegado. Pero no sé si alguien tiene interés en que tenga lugar ese debate”. Desde luego en Descartes, e INNOVADORES, lo hay. Y no es algo único.

Sin embargo, también hay interés en que el debate no suceda en esos términos. El mes pasado hablábamos en estas páginas de la fabricación estratégica de la ignorancia online. De cómo los sistemas de búsqueda y de recomendación en internet premian el despliegue estratégico de la duda y el pensamiento conspirativo. Hay todo un entramado ahí fuera dedicado a la difusión masiva de informaciones falsas, pseudociencias y teorías de la conspiración. Ego, dinero e ideología son los principales motores de la desinformación.

Pero no nos engañemos. La información también puede contribuir, y lo hace, a la alarma. Los medios tradicionales abren una veda a la hipocondría social en torno a la tecnología de la que quienes quieren sembrar el pánico se aprovechan. Y la abren, tal vez, sin darse cuenta, en su afán por denunciar malas prácticas en el sector o por advertir de potenciales riesgos. Lo hacen legítimamente, como función vital. Pero a veces sin advertir en el impacto del cuánto y el cómo.

Si la mayoría o gran parte de la información publicada o emitida por los medios de comunicación es de este tipo, y si además esta se hace viral con más facilidad y, a su vez, los sistemas de filtrado y recomendación la priorizan, tenemos una curva en ascenso exponencial de impacto de noticias que van desde rangos que pueden conducir al alarmismo a directamente apocalípticas.

Si además los titulares que las encabezan son exagerados, la sensación que quedará en la memoria será aún más extrema. Por desgracia, pocos medios pueden presumir de lectores que pasen en uno de sus textos más de dos minutos (algo más si hablamos de vídeos), lo cual ya se considera una visita de calidad. Cada vez pasamos más tiempo en internet y leemos más medios pero pasamos menos tiempo en cada uno, lo justo para quedarnos con los titulares y tener la sensación de estar al día.

El clic fácil por parte de los usuarios y la irresponsabilidad mediática en busca de esos clics, por otra, forman una combinación explosiva. No faltan tampoco expertos en busca de notoriedad con titulares hinchados y medios que les rinden pleitesía. Y aquí es donde toca hacer autocrítica. Pararse a pensar en el impacto que pueden tener estas noticias, más aún cuando se publican fuera de contexto, o cuando no se equilibran adecuadamente (pecamos de contar lo malo).

Déjà Vu

Aquí mismo hemos hablado de vigilancia digital o el feudalismo 2.0, de hipocresía corporativa o de los riesgos de automatizar el sistema judicial, pero también de la dañina distopía inmovilizadora y de la necesidad de abrazar la tecnología. Los gigantes tecnológicos comercian con nuestros datos más íntimos, que sustentan su modelo de negocio; el poder se ha apropiado de internet y de las herramientas digitales, que un día pensamos que nos harían más libres y empoderados. En parte lo han hecho, pero también nos han hecho más esclavos y adictos a estar conectados.

Como contrapartida, hemos ganado en acceso a conocimiento y una multitud de servicios a golpe de clic, y también en eficiencia e inmediatez. Podemos educarnos online, comprar online, trabajar a distancia, comunicarnos con nuestros seres queridos de forma instantánea y escuchar casi a diario de las vidas de personas a las que tenemos lejos o tener más control sobre nuestra salud, a la vez que avanzamos hacia una medicina cada vez más personalizada.

Hay multitud de aplicaciones que nos hacen la vida y el trabajo más fácil; los productos se adaptan mejor a los clientes, las organizaciones ahorran costes (que en el caso de lo público, revierten en lo público); la automatización ha permitido generar más dinero en menos tiempo y ahorra tareas rutinarias a los humanos, que pueden dedicarse a trabajos no alienantes donde aporten valor añadido (sin olvidar los efectos paralelos en la precarización y en la destrucción de empleo).

La tecnología también nos ha hecho enfrentarnos a nuestras dualidades y contradicciones, adentrarnos en aspectos metafísicos y aprender más de la naturaleza humana. Es necesario recordar todo esto para valorar las amenazas. Hacer balance en su justa medida y evitar una imagen distorsionada de la realidad. Valorar cómo ha mejorado nuestra vida, y cómo lo puede seguir haciendo, gracias a la tecnología. Sopesar también los riesgos que conlleva.

“¿Por qué ponemos de relieve los peligros de la tecnología digital sin mostrar sus aspectos positivos?”, se pregunta el Manfred Broy, profesor emérito en Ingeniería de Software en la Universidad Técnica de Múnich. En su artículo ¿Profetas de un apocalipsis digital? publicado en 2016 en la revista Investigación y ciencia, el profesor sostiene que el alarmismo está fuera de lugar. “No es la primera vez que una tecnología cambia drásticamente nuestro entorno vital. Así ha ocurrido, por ejemplo, con el automóvil en los últimos cien años. También en ese caso se adaptaron las infraestructuras a la nueva tecnología. Y también se produjeron —y siguen produciéndose— multitud de daños colaterales: desde el impacto ambiental al todavía elevado número de accidentes con daños personales. La introducción del automóvil obligó a redactar nuevas leyes. Con la digitalización ocurre algo muy similar, si bien es cierto que esta última afecta más a las personas como tales y a su naturaleza interior”, reflexiona.

Para Broy sería totalmente inaceptable que la digitalización se utilizara para incapacitar a la ciudadanía, por lo que “sin duda necesitamos nuevas leyes específicas que protejan los derechos fundamentales de las personas”. También reconoce que es lícito preguntarse hasta qué punto la digitalización podría poner en peligro estos derechos civiles inalienables. “Sin embargo, el alarmismo de los luditas digitales no ayuda en absoluto a este debate, como tampoco lo hacen las especulaciones disparatadas acerca de que con la digitalización todo será posible, incluidas las máquinas superinteligentes”, afirma.

Falsas alarmas

En efecto, la imagen ‘hollywoodiense’ de humanoides robóticos que nos superan en inteligencia y se revelan contra nosotros no solo es ficticia sino irresponsable cuando se usa fuera de un entorno de ciencia ficción. Si pensamos en los vehículos autónomos, no es que sepan conducir sino que saben girar el volante como tienen que hacerlo para no salirse del carril, y algunas otras tareas básicas. “Hay que explicar a la gente que las máquinas no son como nosotros, que tenemos muchas habilidades y sabemos cómo combinarlas, cambiar de una a otra”, me comentaba para Xataka Pablo Gervás, director del grupo de investigación en Interacción Natural basada en el Lenguaje y el Instituto Tecnología del Conocimiento de la Universidad Complutense de Madrid. “No existe ninguna inteligencia artificial que equivalga a la mente de una persona ni es lo que se pretende“, asegura Gervás”.

FUENTES:

  1. INNOVADORES: https://innovadores.larazon.es/es/alarmismo-tecnologico-en-la-era-de-la-desinformacion/
  2. LISTIN DIARIO: https://listindiario.com/editorial/2017/11/26/492275/era-de-la-desinformacion
  3. La era de la (des)información: https://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/especial-40-aniversario-682/la-era-de-la-des-informacin-14587
  4. Los seis pilares de la era de la desinformación: https://www.eltiempo.com/tecnosfera/novedades-tecnologia/los-pilares-de-la-era-actual-de-la-desinformacion-143180
  5. La Era de la Desinformación: sobre cómo el exceso de información es peor que la simple ignorancia. Pijama surf: https://pijamasurf.com/2011/05/la-era-de-la-desinformacion-sobre-como-el-exceso-de-informacion-es-peor-que-la-simple-ignorancia/
  6. En la era de la desinformación, periodismo para que no te la cuelen: http://www.cuadernosdeperiodistas.com/en-la-era-de-la-desinformacion-periodismo-para-que-no-te-la-cuelen/

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