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La vida en común: la igualdad en tiempos de pandemia.

En primer lugar, se ha de decir que “el COVID-19 ha puesto de relieve esa injusticia. 

El mundo está en crisis. Las economías están cayendo en picada. 

Hemos sido puestos de rodillas por un virus microscópico. 

La pandemia ha revelado la fragilidad de nuestro mundo. 

Ha puesto al descubierto riesgos que hemos ignorado durante décadas: sistemas de salud inadecuados; brechas en la protección social; desigualdades estructurales; degradación ambiental; la crisis climática. 

Regiones enteras que habían logrado avances en la erradicación de la pobreza y la reducción de la desigualdad han experimentado, en cuestión de meses, un retroceso de años. 

El virus representa un riesgo mayor para los más vulnerables: los que viven en la pobreza, las personas mayores y las personas con discapacidad y enfermedades preexistentes. 

Los trabajadores de la salud están en la primera línea, y solo en Sudáfrica se han infectado más de 4.000 de ellos. Rindo homenaje a su trabajo.

En algunos países, se ven amplificadas las desigualdades en materia de salud, pues no solo los hospitales privados, sino también las empresas e incluso los particulares están acaparando equipo valioso que se necesita urgentemente para todos, un ejemplo trágico de inequidad.

Las consecuencias económicas de la pandemia están afectando a quienes trabajan en la economía informal y en empresas pequeñas y medianas, así como a quienes tienen responsabilidades de cuidado, la mayoría de los cuales son mujeres. 

Nos enfrentamos a la recesión mundial más profunda desde la Segunda Guerra Mundial, y al colapso más amplio de ingresos desde 1870. 

Cien millones de personas más podrían verse empujadas a la pobreza extrema. Podríamos ser testigos de hambrunas de proporciones históricas. 

Se ha comparado al COVID-19 con una radiografía que ha revelado fracturas en el frágil esqueleto de las sociedades que hemos construido y que por doquier está sacando a la luz falacias y falsedades: 

La mentira de que los mercados libres pueden proporcionar asistencia sanitaria para todos; 

La ficción de que el trabajo de cuidados no remunerado no es trabajo; 

El engaño de que vivimos en un mundo post-racista;

El mito de que todos estamos en el mismo barco. 

Pues si bien todos flotamos en el mismo mar, está claro que algunos navegan en super-yates mientras otros se aferran a desechos flotantes. 

Estimados amigas y amigos,

La desigualdad define la época en que vivimos. 

Más del 70 % de la población mundial hace frente en su vida a una desigualdad cada vez mayor en términos de ingresos y riqueza. Las 26 personas más ricas del mundo poseen tanta riqueza como la mitad de la población mundial. 

Pero los ingresos, los salarios y la riqueza no son las únicas medidas de la desigualdad. Las oportunidades de las personas en la vida dependen de su género, de su familia y su origen étnico, de su raza, de si tienen o no una discapacidad, y de otros factores. 

Múltiples desigualdades se intersectan y refuerzan entre sí de generación en generación. La vida y las expectativas de millones de personas están en gran medida determinadas por las circunstancias de su nacimiento. 

De esa manera, la desigualdad atenta contra el desarrollo humano para todos. Todos sufrimos sus consecuencias. 

Los niveles altos de desigualdad están asociados con la inestabilidad económica, la corrupción, las crisis financieras, el aumento de la delincuencia y la mala salud física y mental. 

La discriminación, el abuso y la falta de acceso a la justicia definen la desigualdad para muchos, en particular para los pueblos indígenas, los migrantes, los refugiados y las minorías de todo tipo. Esas desigualdades son un ataque directo a los derechos humanos. 

Por consiguiente, a lo largo de la historia la lucha contra la desigualdad ha sido una fuerza impulsora en favor de la justicia social, los derechos laborales y la igualdad de género. 

La visión y la promesa de las Naciones Unidas es que los alimentos, la atención de la salud, el agua y el saneamiento, la educación, el trabajo decente y la seguridad social no son mercancías que se vendan a quienes puedan pagarlas, sino derechos humanos básicos que tenemos todos. 

Trabajamos para reducir la desigualdad, todos los días, en todas partes.

Esa visión es tan importante hoy como lo fue hace 75 años. 

Ocupa el centro de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, nuestro plan global acordado para la paz y la prosperidad en un planeta saludable, plasmado en el Objetivo de Desarrollo Sostenible 10: reducir la desigualdad en los países y entre ellos. 

Estimados amigas y amigos, 

Incluso antes de la pandemia del COVID-19, muchas personas en todo el mundo comprendieron que la desigualdad estaba socavando sus oportunidades de vida. 

Veían a su alrededor un mundo en desequilibrio. 

Se sentían dejados atrás.

Eran testigos de cómo las políticas económicas encauzaban los recursos hacia unos pocos privilegiados. 

Millones de personas de todos los continentes salieron a las calles para hacer oír su voz. 

Las grandes y cada vez mayores desigualdades eran un factor común. 

La ira que ha alimentado dos movimientos sociales recientes refleja una total desilusión con el statu quo. 

Las mujeres de todo el mundo han llamado la atención sobre uno de los ejemplos más atroces de desigualdad de género: la violencia perpetrada por hombres poderosos contra mujeres que simplemente tratan de hacer su trabajo. 

El movimiento antirracista que se ha extendido desde los Estados Unidos por todo el mundo tras el asesinato de George Floyd es una señal más de que las personas han dicho basta: 

Basta de desigualdad y de discriminación que trata a las personas como delincuentes por el color de su piel; 

Basta ya de racismo estructural e injusticia sistemática que niega a las personas sus derechos humanos fundamentales. 

Esos movimientos apuntan a dos de las fuentes históricas de la desigualdad en nuestro mundo: el colonialismo y el patriarcado. 

El Norte Global, específicamente mi propio continente de Europa, impuso el dominio colonial en gran parte del Sur Global durante siglos, por medio de la violencia y la coacción.

El colonialismo creó una enorme desigualdad en los países y entre ellos, incluidos los males de la trata transatlántica de esclavos y el régimen de apartheid aquí en Sudáfrica. 

Después de la Segunda Guerra Mundial, la creación de las Naciones Unidas se basó en un nuevo consenso mundial en torno a la igualdad y la dignidad humana. 

Una ola de descolonización se extendió por el mundo. 

Pero no nos engañemos. 

El legado del colonialismo aún reverbera. 

Lo vemos en la injusticia económica y social, el aumento de los delitos de odio y la xenofobia; la persistencia del racismo institucionalizado y la supremacía blanca.

Lo vemos en el sistema de comercio mundial. Las economías que fueron colonizadas corren un mayor riesgo de quedar atrapadas en la producción de materias primas y bienes de baja tecnología, lo cual es una nueva forma de colonialismo. 

Y lo vemos en las relaciones de poder globales. 

África ha sido una doble víctima. En primer lugar, como objetivo del proyecto colonial. En segundo lugar, los países africanos están insuficientemente representados en las instituciones internacionales creadas después de la Segunda Guerra Mundial, antes de que la mayoría de ellos obtuviera la independencia. 

Las naciones que salieron adelante hace 70 años se han negado a contemplar las reformas necesarias para cambiar las relaciones de poder en las instituciones internacionales. Un ejemplo de ello son la composición y el derecho de voto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y en las juntas del sistema de Bretton Woods. 

La desigualdad comienza en la cima: en las instituciones globales. Para abordar la desigualdad hay que empezar por reformar esas instituciones. 

Y no olvidemos otra gran fuente de desigualdad en nuestro mundo: milenios de patriarcado.

Vivimos en un mundo dominado por los hombres, en una cultura dominada por los hombres. 

En todas partes, las mujeres están en peor situación que los hombres, por el simple hecho de ser mujeres. La desigualdad y la discriminación son la norma. La violencia contra la mujer, incluido el feminicidio, ha alcanzado niveles epidémicos.

A nivel mundial, las mujeres siguen excluidas de los puestos de responsabilidad en los Gobiernos y en los consejos de administración de las empresas. Menos de uno de cada diez líderes mundiales es una mujer.

La desigualdad de género perjudica a todos porque impide que nos beneficiemos de la inteligencia y la experiencia de toda la humanidad. 

Esa es la razón por la que, como orgulloso feminista que soy, he hecho de la igualdad de género una prioridad máxima, y la paridad de género es ahora una realidad en los puestos más altos de las Naciones Unidas. Insto a los líderes a todos los niveles a que hagan lo mismo. 

Y me complace anunciar que el sudafricano Siya Kolisi es nuestro nuevo defensor mundial de la Iniciativa Spotlight de las Naciones Unidas, en cuya condición incorpora a otros hombres en la lucha para hacer frente al flagelo de la violencia contra las mujeres y las niñas. 

Las últimas décadas han creado nuevas tensiones y tendencias.

La globalización y el cambio tecnológico han generado enormes avances en materia de ingresos y prosperidad.

Más de 1.000 millones de personas han salido de la pobreza extrema. 

Pero la expansión del comercio y el progreso tecnológico también ha contribuido a un cambio sin precedentes en la distribución del ingreso.

Entre 1980 y 2016, el 1 % más rico del mundo absorbió el 27 % del crecimiento acumulado total de los ingresos. 

Los trabajadores poco cualificados se enfrentan a una avalancha de nuevas tecnologías, a la automatización, la deslocalización del sector manufacturero y la desaparición de las organizaciones laborales. 

Los beneficios fiscales y la elusión y la evasión de impuestos siguen siendo un fenómeno generalizado. Se han reducido las tasas tributarias de las empresas.

Como consecuencia, han disminuido los recursos que se invierten en los mismos servicios capaces de reducir la desigualdad: la protección social, la educación y la atención sanitaria. 

Y una nueva generación de desigualdades va más allá de los ingresos y la riqueza para abarcar los conocimientos y las aptitudes necesarios para tener éxito en el mundo de hoy. 

Profundas disparidades comienzan antes del nacimiento y definen vidas, y determinan una muerte temprana. 

En los países con un desarrollo humano muy elevado, más del 50 % de los jóvenes de 20 años están en la enseñanza superior. En los países de bajo desarrollo humano, esa cifra es el 3 %. 

Más sorprendente aún es el hecho de que alrededor del 17 % de los niños nacidos hace 20 años en países de bajo desarrollo humano ya han muerto. 

Estimados amigas y amigos, 

De cara al futuro, dos cambios sísmicos darán forma al siglo XXI: la crisis climática y la transformación digital. Ambos podrían ensanchar todavía más las desigualdades. 

Algunos de los acontecimientos que tienen lugar en los centros tecnológicos y de innovación de hoy en día son motivo de gran preocupación. 

La industria de la tecnología, dominada por los hombres, no solo se está perdiendo la mitad de los conocimientos especializados y de las perspectivas del mundo. También está utilizando algoritmos que podrían afianzar aún más la discriminación de género y racial.

La brecha digital refuerza las divisiones sociales y económicas, de la alfabetización a la atención sanitaria, de lo urbano a lo rural, del jardín de infancia a la universidad.

En 2019, cerca del 87 % de la población de los países desarrollados utilizaba Internet, frente a tan solo el 19 % en los países menos adelantados. 

Corremos el peligro de un mundo de dos velocidades. 

Al mismo tiempo, para 2050, la aceleración del cambio climático afectará a millones de personas debido a la malnutrición, el paludismo y otras enfermedades, la migración y los fenómenos meteorológicos extremos. 

Esto crea serias amenazas a la igualdad y la justicia intergeneracionales. Los jóvenes que se manifiestan hoy en día contra el cambio climático están en la primera línea de la lucha contra la desigualdad. 

Los países más afectados por la perturbación del clima fueron los que menos contribuyeron al sobrecalentamiento global. 

La economía verde será una nueva fuente de prosperidad y empleo. Pero algunas personas perderán sus trabajos, particularmente en los cinturones de óxido post-industriales de nuestro mundo. 

De ahí que hagamos un llamamiento no solo a la acción climática, sino también a la justicia climática. 

Los líderes políticos deben elevar su ambición, las empresas deben elevar sus miras y las personas en todas partes deben elevar sus voces. 

Hay un camino mejor, y debemos tomarlo.

Estimados amigas y amigos, 

Los efectos corrosivos de los actuales niveles de desigualdad se hacen ver con toda claridad.

A veces se nos dice que la fase ascendente de la marea de crecimiento económico levanta a todos los barcos.

Pero en realidad, la desigualdad cada vez mayor hace que se hundan todos los barcos. 

Se ha erosionado la confianza en las instituciones y los líderes. La participación del electorado a nivel mundial ha disminuido como promedio en el 10 % desde principios de la década de 1990. 

Las personas que se sienten marginadas son vulnerables a los argumentos que culpan de sus desgracias a otros, en particular a aquellos de apariencia física o comportamiento diferentes. 

Pero el populismo, el nacionalismo, el extremismo, el racismo y el uso de chivos expiatorios solo crearán nuevas desigualdades y divisiones en las comunidades y entre ellas; entre países, entre etnias, entre religiones. 

El COVID-19 es una tragedia humana. Pero también ha creado una oportunidad generacional. 

Una oportunidad de construir un mundo más inclusivo y sostenible.

La respuesta a la pandemia y al descontento generalizado que la precedió deberá basarse en un Nuevo Contrato Social y un Nuevo Acuerdo Global que creen igualdad de oportunidades para todos y respeto por los derechos y libertades de todos. 

Solo así podremos cumplir los objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, el Acuerdo de París y la Agenda de Acción de Addis Abeba, acuerdos que abordan precisamente los fracasos que la pandemia ha expuesto y explotado. 

Un Nuevo Contrato Social en las sociedades permitirá a los jóvenes vivir con dignidad; asegurará que las mujeres tengan las mismas perspectivas y oportunidades que los hombres; y protegerá a los enfermos, a los vulnerables y a las minorías de todo tipo. 

La educación y la tecnología digital deberán ser dos grandes facilitadores e igualadores. 

“La educación es el arma más poderosa que podemos usar para cambiar el mundo”. Como siempre, Nelson Mandela fue el primero en decirlo. 

Los Gobiernos deben dar prioridad a la igualdad de acceso, desde el aprendizaje temprano hasta la educación permanente. 

La neurociencia nos dice que la educación preescolar cambia la vida de los individuos y aporta enormes beneficios a las comunidades y sociedades. 

Por lo tanto, cuando los niños más ricos tienen siete veces más probabilidades que los más pobres de asistir a la escuela preescolar, no es sorprendente que la desigualdad sea intergeneracional. 

A fin de ofrecer una educación de calidad para todos, necesitamos duplicar con creces el gasto en educación en los países de ingresos bajos y medianos para 2030, hasta alcanzar los 3 billones de dólares al año.

En el plazo de una generación, todos los niños de los países de ingresos bajos y medianos podrían tener acceso a una educación de calidad a todos los niveles. 

Esto es posible. Solo tenemos que decidirnos a hacerlo. 

Y en la medida en que la tecnología transforma nuestro mundo, no basta con adquirir conocimientos o aptitudes. Es necesario que los Gobiernos den prioridad a la inversión en la alfabetización digital y la infraestructura. 

Será esencial aprender a aprender, adaptarse y adquirir nuevas aptitudes. 

La revolución digital y la inteligencia artificial cambiarán la naturaleza del trabajo y la relación entre el trabajo, el ocio y otras actividades, algunas de las cuales no podemos ni siquiera imaginar hoy en día. 

La Hoja de Ruta para la Cooperación Digital, presentada en las Naciones Unidas el mes pasado, promueve una visión de un futuro digital inclusivo y sostenible conectando a la Internet a los 4.000 millones de personas que restan por hacerlo para 2030. 

Las Naciones Unidas también han lanzado “Giga”, un ambicioso proyecto para poner en línea a todas las escuelas del mundo. 

La tecnología podrá turbocargar la recuperación respecto del COVID-19 y el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Estimados amigas y amigos,

El aumento de las brechas de confianza entre personas, instituciones y líderes nos amenaza a todos. 

Las personas quieren sistemas sociales y económicos que beneficien a todos. También quieren que se respeten sus derechos humanos y libertades fundamentales. Quieren tener voz y voto en las decisiones que afectan a sus vidas. 

El Nuevo Contrato Social, entre los Gobiernos, las personas, la sociedad civil, las empresas y más, deberá integrar el empleo, el desarrollo sostenible y la protección social, sobre la base de la igualdad de derechos y oportunidades para todos. 

Las políticas laborales, combinadas con un diálogo constructivo entre los empleadores y los representantes de los trabajadores, pueden mejorar la remuneración y las condiciones de trabajo. 

La representación de los trabajadores también es fundamental para hacer frente a los desafíos que plantean a los empleos la tecnología y la transformación estructural, incluida la transición a una economía verde. 

El movimiento laborista tiene una orgullosa historia de lucha contra la desigualdad y de defensa de los derechos y la dignidad de todos. 

Es esencial que el sector informal se integre gradualmente en los marcos de protección social. 

Un mundo cambiante requiere una nueva generación de políticas de protección social con nuevas redes de seguridad que incluyan la cobertura sanitaria universal y la posibilidad de un ingreso básico universal. 

Es esencial establecer niveles mínimos de protección social y revertir la subinversión crónica en los servicios públicos, como la educación, la atención de la salud y el acceso a Internet. 

Pero esto no es suficiente para hacer frente a desigualdades arraigadas. 

Necesitamos programas de acción afirmativa y políticas especialmente dirigidas a abordar y remediar las desigualdades históricas de género, raza o etnia que han sido reforzadas por las normas sociales. 

La tributación también tiene un papel en el Nuevo Contrato Social. Todos —individuos y empresas— deberán pagar la parte que les corresponde. 

En algunos países, hay lugar para impuestos que reconocen que los ricos y las personas bien conectadas se han beneficiado enormemente del Estado y de sus conciudadanos. 

Los Gobiernos también deberían trasladar la carga fiscal de las nóminas al carbono. 

Gravar el carbono en lugar de a las personas aumentará la producción y el empleo, al tiempo que reducirá las emisiones. 

Debemos romper el círculo vicioso de la corrupción, que es a la vez causa y efecto de la desigualdad. La corrupción reduce y desperdicia los fondos disponibles para la protección social; debilita las normas sociales y el estado de derecho. 

La lucha contra la corrupción depende de la rendición de cuentas. La mayor garantía de la rendición de cuentas es una sociedad civil vibrante con medios de comunicación libres e independientes y plataformas de redes sociales responsables que fomenten un debate saludable. 

Estimados amigas y amigos,

Encaremos los hechos. El sistema político y económico mundial no está proporcionando bienes públicos mundiales de importancia vital: la salud pública, la acción climática, el desarrollo sostenible, la paz. 

La pandemia del COVID-19 nos ha recordado la trágica desconexión entre el interés propio y el interés común; y las enormes brechas en las estructuras de gobernanza y los marcos éticos. 

Para cerrar esas brechas y hacer posible el Nuevo Contrato Social, necesitamos un Nuevo Acuerdo Global que haga que el poder, la riqueza y las oportunidades se repartan de manera más amplia y justa a nivel internacional.

Un nuevo modelo de gobernanza mundial debe basarse en la participación plena, inclusiva y en pie de igualdad en las instituciones mundiales. 

De lo contrario, nos enfrentaremos a desigualdades y brechas aún mayores en materia de solidaridad, como las que presenciamos hoy en día en la fragmentada respuesta mundial a la pandemia del COVID-19. 

Los países desarrollados están muy interesados en su propia supervivencia frente a la pandemia. Pero no han podido proporcionar el apoyo necesario para ayudar al mundo en desarrollo en estos tiempos peligrosos. 

Un Nuevo Acuerdo Global, basado en una globalización justa, en los derechos y la dignidad de cada ser humano, en una vida en equilibrio con la naturaleza, en la consideración de los derechos de las generaciones futuras y en el éxito medido en términos humanos más que económicos, es la mejor manera de cambiar esta situación. 

El proceso de mundial de consultas en torno al 75º aniversario de las Naciones Unidas ha puesto de manifiesto que las personas desean un sistema de gobernanza global que cumpla sus expectativas. 

El mundo en desarrollo debe tener una voz mucho más fuerte en la adopción de decisiones a nivel mundial. 

También necesitamos un sistema multilateral de comercio más inclusivo y equilibrado que permita a los países en desarrollo ascender en las cadenas de valor mundiales. 

Hay que impedir los flujos financieros ilícitos, el blanqueo de dinero y la evasión de impuestos. Es esencial que se logre un consenso mundial para poner fin a los paraísos fiscales. 

Debemos trabajar juntos para integrar los principios del desarrollo sostenible en la adopción de decisiones financieras. Los mercados financieros deberán ser socios plenos en el cambio de la corriente de recursos desde lo marrón y lo gris hacia lo verde, lo sostenible y lo equitativo. 

La reforma de la arquitectura de la deuda y el acceso a créditos asequibles deberán crear margen fiscal para que las inversiones avancen en la misma dirección. 

Nelson Mandela dijo: “Uno de los desafíos de nuestro tiempo … es volver a inculcar en la conciencia de nuestro pueblo ese sentido de solidaridad humana, de estar unos para otros en el mundo y por y a través de los demás”. 

La pandemia del COVID-19 ha hecho que ese mensaje adquiera más fuerza que nunca. 

Nos debemos los unos a los otros. 

O luchamos juntos, o nos desmoronamos. 

Hoy, en las manifestaciones por la igualdad racial … en las campañas contra los discursos de odio … en las luchas de las personas que reclaman sus derechos y defienden a las generaciones futuras … vemos el comienzo de un nuevo movimiento”. 

Ese movimiento rechaza la desigualdad y la división, y une a los jóvenes, la sociedad civil, el sector privado, las ciudades, las regiones y otros en torno a políticas en favor de la paz, nuestro planeta, la justicia y los derechos humanos para todos. Ya está cambiando cosas. 

Ha llegado la hora de que los líderes mundiales decidan: 

¿Sucumbiremos al caos, la división y la desigualdad?

¿O corregiremos los errores del pasado y avanzaremos juntos, por el bien de todos?”

En segundo lugar, también se ha de señalar que “

se ha tratado de utilizar la pandemia como un argumento más de ataque al feminismo. La celebración de las masivas manifestaciones del 8 M ha sido señalada como un foco de contagio. Sin embargo, los días anteriores del decreto del estado de alarma fueron muchos los eventos masivos celebrados sin que se haya aludido a ellos como focos de propagación del virus en la misma medida, ni se haya criticado en la misma medida al Gobierno por permitir celebrarlo.

Esta utilización del discurso en contra del movimiento feminista no es nueva, especialmente desde la irrupción de la denominada “cuarta ola del feminismo” durante la segunda década del siglo XXI. Sin embargo, ante una crisis tan grave como la que plantea el COVID 19, poco se están analizando las repercusiones de género que esta pandemia está teniendo en nuestras sociedades, y las que tendrá a largo plazo.

Impacto de la enfermedad en hombres y mujeres

Revistas como The Lancet o proyectos financiados por fondos europeos como Going FWD están reclamando investigaciones detalladas de las variables sexo/género de la pandemia.

Según estos expertos de salud pública, los análisis minuciosos del impacto del virus en hombres y mujeres son “un paso fundamental para comprender los efectos primarios y secundarios de una crisis sanitaria sobre diversos individuos y comunidades, y para crear políticas e intervenciones eficaces y equitativas”. A pesar de estas reclamaciones, todavía son escasos los análisis diferenciados y estudios sobre la cuestión. Además, se ha señalado igualmente que los datos y cifras que se están proporcionando deberían estar desagregados por sexo y analizados en consecuencia.

Lea información sobre COVID-19 escrita por especialistas.

Para tratar de paliar estas carencias, se han puesto en marcha algunas iniciativas, como la última newsletter de la Sociedad Alemana para el Género y la Salud, que ha recopilado bases de datos, información general, literatura y estadísticas sobre la crisis con el fin de analizar no sólo los aspectos biológicos de la pandemia en clave de género, sino también para proporcionar una visión general y comprensión del coronavirus COVID-19 desde la perspectiva de género.

Además de la falta de incorporación de la perspectiva de género en los datos y en los análisis del impacto de la pandemia en las personas enfermas, también es escasa la representación femenina en las instituciones que están gestionando las respuestas a la crisis, incluyendo la OMS o la Casa Blanca (NYT). Esta infrarrepresentación contrasta con la composición del personal sanitario mundial, en el que según el último informe de Global Health las mujeres suponen el 70%.

En 2017 el grupo de alto nivel de la ONU ya recomendó la inclusión de un análisis de género en las políticas de emergencia sanitaria, reconociendo el papel preponderante de la mujer en las crisis sanitarias.

Por otro lado, la falta de presencia femenina en los órganos y comités donde se diseñan las estrategias para frenar el virus tampoco se corresponde con la primera línea de la lucha contra la enfermedad, en la que las mujeres, sanitarias, limpiadoras, cajeras de supermercado, trabajadoras sociales o aquellas encargadas del cuidado de las personas mayores, están expuestas en una mayor proporción que los hombres.

Impacto laboral

Además de esta falta de incorporación de la perspectiva de género en el impacto del virus en el sector sanitario y en los pacientes, son varios los estudios que sostienen que es necesario analizar el impacto que esta crisis tendrá para las mujeres en otros ámbitos, como el laboral.

Como señalan algunos autores, en comparación con crisis económicas anteriores y situaciones de recesión, que afectaron al empleo masculino con mayor severidad que el empleo de las mujeres, la crisis económica generada por COVID 19 y la caída del empleo relacionada con las medidas de distanciamiento social tienen un gran impacto en los sectores con altas tasas de empleo femenino, como el sector servicios, la educación o el ámbito artístico y cultural.

Además, otras medidas tomadas durante esta crisis, como el cierre de escuelas y centros educativos, también tienen un gran impacto en el equilibrio entre vida y trabajo. Según este estudio, a pesar de que los hombres están mejor equipados para el teletrabajo que las mujeres, durante 2017 y 2018 los hombres dedicaron menos tiempo al teletrabajo que las mujeres.

Por tanto, ante las medidas de confinamiento, si bien es cierto que las mujeres han estado mejor posicionadas para trasladar su empleo al “teletrabajo”, han visto aumentada su carga de trabajo al asumir también las labores de cuidado de menores y su apoyo en el estudio ante el cierre de los centros educativos.

Impacto emocional

El coronavirus ha otorgado nueva urgencia a los desafíos que han enfrentado durante mucho tiempo las mujeres. Una encuesta realizada por la Kaiser Family Foundation afirma que una mayor proporción de mujeres se preocupa por las consecuencias negativas del virus y toma mayores precauciones que los hombres frente al contagio. Según los datos de este estudio, una mayor proporción de mujeres teme que ellas o alguien su familia se vea afectado por la enfermedad (68% vs. 56%, respectivamente) y muestra preocupación por perder ingresos debido al cierre del lugar de trabajo o la reducción de horas remuneradas (50% frente a 42%, respectivamente).

Hay quien intenta hacer una lectura positiva de este impacto en los roles de género, y plantea que esta situación pueda contribuir a una redistribución de las labores de cuidado y trabajo doméstico, pero no cabe duda de que lo que constata esta crisis es que es necesario seguir trabajando en el análisis y el afrontamiento de la segregación educativa que perpetúa los roles de género.

Impacto en las víctimas de violencia de género

Por último, otro gran impacto de esta crisis en la igualdad de género es sin duda el incremento de la vulnerabilidad de las víctimas de violencia de género durante el confinamiento. Este incremento ha sido constatado en anteriores pandemias por numerosos estudios que han documentado los efectos que estas crisis sanitarias tienen en las víctimas de violencia.

Las cifras del aumento de los casos de violencia doméstica, por ejemplo en España, son alarmantes (como demuestra el incremento de llamadas al 016) y evidencian la necesidad de poner en marcha mecanismos para asistir y apoyar a las mujeres más vulnerables a través de la aplicación de enfoques de género y de interseccionalidad en las políticas públicas que permita internalizar todos los impactos sociales de esta crisis que de otra forma permanecen invisibles.

Por tanto, lo que resulta necesario ante una crisis como la que nos afecta hoy con el coronavirus es diseñar estrategias de lucha conjunta y políticas públicas que garanticen la protección de toda la sociedad, incluyendo a los colectivos mas vulnerables.

El movimiento feminista, en lugar de hacer eco de acusaciones carentes de fundamento, debe enfocar sus esfuerzos en asegurar que las consecuencias de esta crisis no ahondarán en la discriminación de las mujeres, y en elevar su voz para proteger a aquellas que se ven expuestas a la desprotección, y sobre todo, a la violencia”.

Por último, hay que decir que “la crisis del Covid ha mostrado la desigualdad existente, y se ha podido ver las diferencias en materia de responsabilidad en el domicilio en la pareja.

Hay que destacar la dificultad a la que se enfrentan, desgraciadamente, las mujeres para desarrollar sus proyectos, independientemente del ámbito en que se desarrolle.

Hay que destacar unas reflexiones de María Zambrano en esta materia, y que serían las siguientes:

“La ardiente desesperación más bien muestra lo contrario; más bien diríamos que hay ensanchamiento de la esperanza, o una esperanza nueva que envuelta y confundida, tímidamente aflora”.

“Cuando se llega a la embriaguez del delirio se hace necesario despertar, volver a despertar”.

Toda esta situación que llevamos viviendo un año, se ha traducido en una crisis sanitaria, pero también en otros aspectos, como una crisis social y económica (con efectos muy alargados en el tiempo), emocional (pacto de convivencia), cuidados, y pandemia emocional.

Todo lo que estamos viviendo nos está provocando una serie de cambios que van a tener consecuencia a largo plazo (ya en la salud, pero se verá en otros aspectos, como las emociones, inseguridad, ruptura de muchas trayectorias, etc.).

Se pueden revisar muchas de las cláusulas de ese proyecto de convivencia, la cual ha quedado por los suelos debido a la pandemia.

No se ha tenido en cuenta durante la pandemia el cuidado de aquellos colectivos más vulnerables, como han sido las residencias (salud física, emocional, mental) o los menores.

¿De qué manera estamos enfocando el cuidado de estas personas como ciudadanos?

En el ámbito de los menores, en cuanto al hecho de no poder acudir a la escuela, en un primer momento, así al hecho de las necesidades de las personas menores para poder crecer y adquirir los conocimientos y valores para valerse en la vida, y eso sin contar con el hecho de sus necesidades de relacionarse con otros sujetos de su edad, se ha de tener en cuenta esta situación. No se ha tenido desde el comienzo de la pandemia los intereses de estos colectivos.

También hay que destacar la vinculación de estos dos sectores más desventajados con los ámbitos laborales que llevan a cabo sus cuidados y educación y cultura, empleos que no están muy bien valorados.

Por otro lado, también hay que señalar la situación que se sufrió hace un año con las manifestaciones del 8 de Marzo de 2020, en un momento de doble ambivalencia, pues era un momento en que este movimiento no había tenido tanto seguimiento por otros aspectos como el de La Manada.

Estamos avanzando hacia una reacción frente a este feminismo, proyectado en propuestas de partidos políticos (negadora del derecho de igualdad, creando un confusionismo enorme), con una idea muy machista sobre este aspecto.

En esta última década se ha asistida a un cambio respecto a las masculinidades, en cuanto al papel que los hombres han de adoptar para una mayor integración del principio de igualdad entre hombres y mujeres.

Seguimos reproduciendo una serie de modelos masculinos más vinculado al hombre como sujeto de ejercicio de poder sobre la mujer. Se sigue insistiendo en una imagen muy estereotipada, influyendo negativamente no sólo en el ámbito de protección de las mujeres, sino también en cuanto a referencia para los jóvenes.

En cuanto a cómo influye este hecho de la violencia en el ámbito de los jóvenes, pone de manifiesto la desigualdad de género.

Vivimos, en principio, en sociedades en principio iguales, con medidas precisas para garantizar que no haya situaciones de desigualdad, pero que no son del todo efectivas.

El patriarcado sigue vigente en cuanto a que siguen existiendo una cultura que nos penetra a todos y en la que nos han socializado y que es muy difícil de desmantelar, por haber existido desde siempre, y además es difícil porque supone desaprender ciertas creencias y comportamientos que, indirectamente, se nos han inculcado, y que tiene que ver con el androcentrismo.

No sólo se debe todo esto a una violencia directa en todos los ámbitos de la vida, sino también de una violencia desde las propias instituciones.

En gran medida, lo que ha pasado y sigue pasando es que ese pacto que es el contrato social no está tan definido como en el Siglo XVIII o XX. Ello se debe a que se sigue distinguiendo entre géneros, entre sexos, sobre todo en el ámbito privado.

Nos sorprende también la cantidad de foros, de debates en los cuales no se cuenta con las mujeres, mientras en otros sectores sí que se han ido incorporando las mujeres.

Esa idea del silencio de las mujeres es un hecho contra el que todavía tienen que seguir luchando.

Otra reflexión es que el hecho de la conciliación del trabajo con la vida familiar sigue provocando la falta de una situación laboral favorable para las mujeres, provocando que exista una corresponsabilidad en este ámbito, e incluso que permita a las mujeres encontrar trabajos de calidad.

El problema es que los hombres no tenemos interiorizado que tareas del tipo doméstico también son responsabilidad nuestra, no sólo de las mujeres.

Otro aspecto es el trabajo emocional, y que normalmente siempre han hecho las mujeres, en cuanto a mantener a la familia unida, a mantener los lazos con los seres queridos.

Otro tema importante es el tema del tiempo, en cuanto a los cambios que se están imponiendo. Es fundamental que cambiemos nuestra organización de tiempos, en cuanto a que hasta ahora había un reparto de tareas en cuanto al tiempo, pero siempre centrándose en las necesidades del hombre.

También hay que destacar que otro problema en este ámbito es la no separación en muchos ámbitos de la vida personal con la vida laboral.

Se ha de plantear el problema del acceso a las redes sociales en cuanto la sexualidad, por lo que respecta a la educación de los jóvenes, por el consumo de pornografía, pues se han dado casos de consumo a partir de los nueve o diez años, o la proliferación de redes sociales de contenido erótico.

Otro problema es que ni el coronavirus ni el confinamiento ha parado la prostitución. Cuestión que debería ser analizada, por estar en el primer puesto a nivel europeo y el tercero a nivel mundial en el consumo de pornografía.

Otro aspecto a tener en cuenta es la imagen de la sexualidad desde el punto de vista masculino, en cuanto a dar una visión del hombre como máquina sexual. Es decir, de dar una imagen de hipermasculinidad, de dar una imagen del hombre en cuanto a ser humano hipermusculado, o en cuanto a tener una idea de omnipotencia masculina. O de la utilización del lenguaje en sentido masculino, como hablar durante los peores momentos de la pandemia como de “héroes”, o incluir en el lenguaje términos como “el estatus masculino”.

Otro elemento clave es el de las emociones desde el punto de vista masculino, en cuanto a no poder manifestar las emociones los hombres, teniendo nosotros una tarea enorme para quitar esos estereotipos, y aprender a gestionar las emociones más eficientemente.

Hombres y mujeres tenemos tres ámbitos temporales: trabajo, vínculos personales (pareja), y el tiempo propio. Hay que asumir la corresponsabilidad, sobre todo en el ámbito familiar. Los hombres no somos superhéroes, sino que somos tremendamente frágiles, y, por tanto, vivir en sociedad.

Hay que revisar los tiempos y los espacios. No bastan los cambios personales, sino que también se tienen que producir cambios en lo político y lo social para permitir esa vida compartida. Políticas económicas con impacto de género, la igualdad como reconocimiento de las diferencias, la justicia social como reequilibrio de recursos y oportunidades, las políticas públicas protectoras de las personas más vulnerables, el econfeminismo como respuesta a la crisis climática.

FUENTES:

  1. El género y la igualdad en tiempos de coronavirus. THE CONVERSATION: https://theconversation.com/el-genero-y-la-igualdad-en-tiempos-de-coronavirus-135998
  2. PONENCIA COVID-19 CSIF.
  3. Igualdad y Justicia en tiempos de pandemia. LAMPADIA: https://www.lampadia.com/opiniones/-alfonso-bustamante-canny/igualdad-y-justicia-en-tiempos-de-pandemia/
  4. Encarar la pandemia de la desigualdad: Un nuevo contrato social para una nueva era. NACIONES UNIDAS: https://www.un.org/es/coronavirus/articles/tackling-inequality-new-social-contract-new-era
  5. Igualdad de género en tiempos del COVID-19. NACIONES UNIDAS: https://www.un.org/es/coronavirus/articles/igualdad-genero-covid-19

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