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Desinformación en tiempos de coronavirus. Parte I

La cantidad de información que llega a cada rincón del planeta desde el comienzo de la pandemia por COVID-19 es inmensa. Y el problema de que llegue a todos los rincones del mundo tanta información es la incapacidad de analizar esa información, sus fuentes y si es realmente cierta o no.

En primer lugar, se ha de señalar que “una sociedad que ansía desesperadamente datos fiables y una industria de publicación científica que aún arrastra muchos aspectos de la era Gutenberg han contribuido a una pandemia paralela, una “infodemia”. El término se utiliza para referirse a la sobreabundancia de información (alguna rigurosa y otra falsa) sobre un tema.

La infodemia ha supuesto un lastre en el debate sobre la COVID-19. Entre los ejemplos en el frente terapéutico se incluyen el auge y la caída del tratamiento basado en la hidroxicloroquina, la difusión del uso de lejía diluida como tratamiento –ambos potenciados en gran medida por la adhesión personal del presidente de los EE.UU.− y la inclusión de la ivermectina en las directrices terapéuticas nacionales de Perú y Bolivia en base a experimentos in vitro e información fraudulenta.

Pero existen otras áreas críticas en las que la información falsa o tergiversada ha desempeñado un papel a lo largo de esta pandemia, incluyendo el debate sobre la protección de la población infantil durante el confinamiento, el uso de mascarillas o el nivel y la duración reales de la inmunidad al virus. Todo esto procede de la precipitación en la publicación científica, que en algunas ocasiones situó los intereses partidistas por encima de las pruebas contrastadas, y de un exceso general de opiniones cuando se dispone de pocos datos o la información es deliberadamente engañosa.

La precipitación de una pandemia

  1. La presión sobre las revistas. La comunidad científica se lanzó a llevar a cabo la investigación, orientada a salvar vidas, sobre el nuevo coronavirus, y lo hizo a una velocidad sin precedentes. La rápida obtención de conocimiento sobre el virus (SARS-CoV-2) y la enfermedad (COVID-19) pronto sobrepasaron la capacidad de la industria editorial para evaluar los artículos y difundirlos. Destacadas revistas como JAMA vieron cómo la recepción de artículos aumentó casi un 300% (11.000 artículos presentados en seis meses).
  2. La presión sobre la comunidad científica. Con las revistas abrumadas, y la genuina intención de compartir con rapidez el conocimiento útil, la comunidad científica se volcó en los pre-prints (repositorios en línea que publican manuscritos sin revisión por pares). Así se acelera la difusión, pero no se garantiza la calidad. Los pre-prints exigen un esfuerzo adicional por parte de la comunidad académica para distinguir los experimentos y las interpretaciones rigurosas de aquellos que no lo son tanto.
  3. La presión sobre la sociedad en general. La sociedad en general, con toda la razón, se hace muchas preguntas y exige respuestas por parte de los científicos y de los actores políticos. El problema estriba en que, movidos por el sentimiento de urgencia, los periodistas y su público se han precipitado a compartir nuevos hallazgos o hipótesis, independientemente de la calidad de los datos en los que se basaran. Dicha desinformación, a su vez, puede provocar rápidamente ansiedad y confusión en las personas que reciben la información.

Las consecuencias de la precipitación

Las prisas por generar resultados han provocado que algunos estudios defectuosos e incluso fraudulentos hayan logrado situarse en revistas muy prestigiosas, lo que ha tenido consecuencias inmediatas. En mayo del 2020, se publicó en The Lancet un gran estudio observacional que demostraba que la hidroxicloroquina no aportaba beneficios (e incluso perjudicaba) a los pacientes de COVID-19. Al cabo de 48 horas, el ensayo clínico SOLIDARITY, financiado por la OMS, ya había interrumpido su estudio con hidroxicloroquina. Además, entidades financiadoras y científicos de todo el mundo tomaron decisiones basadas en el artículo. Pero los datos usados en el artículo nunca fueron publicados por su propietario, una empresa ahora inexistente denominada Surgisphere. Un artículo anterior que utilizaba el mismo conjunto de datos, publicado en The New England Journal of Medicine, ya había influenciado la forma en que el personal médico prescribe fármacos cardiovasculares a los pacientes de COVID-19. De ambos artículos se retractaron sus autores, no las revistas.

Esta situación ha acarreado profundas consecuencias para la credibilidad de la ciencia, justo en el momento en que más necesaria resulta.

La base de datos de Surgisphere también contribuyó en gran medida a la utilización de un fármaco antiparasitario para el tratamiento y la prevención de la COVID-19 en el continente americano. Como resultado de la infodemia relacionada con la ivermectina en América Latina, miles de persones recibieron inyecciones con una formulación veterinaria de dicho fármaco, se especuló con los precios e incluso se falsificaron medicamentos.

El papel de las redes sociales y los medios de comunicación

Las redes sociales son un arma de doble filo, durante esta pandemia y en otras crisis. Han resultado extremadamente útiles para promover el debate entre la comunidad científica, para compartir con celeridad las críticas a los datos o los artículos erróneos y para difundir rápidamente resultados útiles. Por otro lado, también han contribuido a difundir conclusiones de estudios defectuosos, y a propagar información falsa deliberadamente.

  • Las empresas de redes sociales no realizan ningún tipo de edición de los mensajes, ni tampoco deben rendir cuentas, en oposición a los medios tradicionales.
  • En épocas de incertidumbre, los textos equívocos son mucho más populares que los que difunden información rigurosa sobre salud pública.
  • Las redes sociales han dado lugar a una revolución en la forma en que las personas se comunican. Han facilitado en gran medida la formación de “tribus de opinión”: grupos compenetrados de personas que comparten ideas, valores e información selectiva.
  • Al mismo tiempo, el discurso también puede radicalizarse más, dado que la mayoría de estos grupos comparten preocupaciones y valores similares, y están dispuestos a adoptar propuestas que en algunas ocasiones son moralmente inaceptables, porque el sentimiento de pertenencia a un grupo les resulta más tranquilizador. El principal problema estriba en que se pierde la perspectiva comunitaria y el interés del grupo se percibe como el único interés legítimo.

Los medios de comunicación han realizado una labor esencial en la transmisión de la información y de las medidas de prevención y, al mismo tiempo, han sido uno de los actores fundamentales en la infodemia.

  • Las fronteras entre las diversas secciones dentro de los medios se volvieron más difusas y buena parte de la profesión periodística, con independencia de su bagaje o experiencia previa, se dedicó a informar sobre la pandemia.
  • En paralelo, la acuciante necesidad de respuestas y la escasez de evidencia científica llevó a encumbrar la figura del experto, desatando una auténtica vorágine de medios de comunicación en busca de voces autorizadas. Tarea complicada.
  • La propia dinámica de los medios y la economía de sus empresas potencian los espacios de debate, más baratos que el periodismo de investigación, generando una confluencia de opiniones confusa en la que no siempre queda clara la división entre la opinión política y la evidencia científica.
  • Esta cobertura mediática sin precedentes se produce, además, en tiempo real y al galope, en una carrera en la que se valora el rigor, aunque no tanto como la inmediatez, y en la que no suele haber tiempo ni recursos para preparar análisis en profundidad ni para contrastar las opiniones y los hechos”.

En segundo lugar, se ha de indicar que “en este escenario que vivimos de sobreinformación e intoxicación informativa, las más vulnerables de sufrir la desinformación son aquellas personas con baja alfabetización digital en salud, ya que pueden ser incapaces de procesar y valorar críticamente la información y por tanto acabarán difundiendo en su entorno digital estas noticias sin rigor científico. Ya sea por falta de conocimiento, capacidad crítica o por falta de herramientas para comprobar la veracidad de las mismas.

Ésta, conjuntamente con la funcionalidades técnicas de las apps de mensajería (reenviar), es la clave de la propagación online de la desinformación y noticias falsas.

El resultado de esta combinación explosiva es un riesgo perjudicial para la salud individual, colectiva y el bienestar social, es decir hablamos de un problema real y de salud pública.

Talwar et al (2) establecieron una hipótesis de cuáles pueden ser los aspectos que pueden influir a la hora de compartir finalmente una noticia.

Las características que pueden volvernos más vulnerables a ser  incapaces de ser crítico, a no mantener la calma, no contrastar la veracidad de los hechos y finalmente a compartir la noticia son las siguientes:

  1. Es menos probable ser crítico con la información que apoya nuestras creencias o comunidad. 
  2. Sobrecarga de información.
  3. Cansancio.
  4. Sentimientos negativos como la preocupación, la ira, el enfado, la incertidumbre o el pánico. 
  5. Exposición continua a noticias impactantes/alarmantes.

COVID-19: El caldo de cultivo perfecto para los bulos en internet

Cuando sufrimos de forma global un acontecimiento negativo nunca antes visto, el conocimiento requerido para afrontarlo debe generarse sobre la marcha, y por tanto el grado de incertidumbre sobre como solucionarlo es muy alto. Por ello, en esta pandemia COVID-19, la altísima demanda de información online sobre el origen, transmisión y tratamiento del virus SARS-CoV-2 ha facilitado que se expanda como nunca antes habíamos visto la información, incluyendo el alcance de los bulos y las fake news.

Por lo tanto, al ver cualquier noticia deberíamos tener en cuenta 6 acciones importantes: la primera, no compartas inmediatamente solo al leer el titular; la segunda “es falso hasta que se demuestre lo contrario” debes comprobar la veracidad de los hechos; la tercera, no te dejes llevar por el momento o las emociones, cuarta siempre comprueba el contenido de la noticia, busca las referencias de aquello que afirma, quién/nes son los autores, etc. Quinta: sé crítico…y finalmente si es falso, no te olvides de denunciarlo siempre.

En la red existen iniciativas para frenar o desmentir la desinformación sobre salud, como Salud Sin Bulos, los cuales también han creado un apartado especial coronavirus en su web, han elaborado un informe titulado “Bulos sobre coronavirus 2020”.

En esta crisis sanitaria y social uno de los grandes retos y oportunidades es el control del flujo de información circulante, pues ha sido difícil para los gobiernos,  los motores de búsqueda como Google o los canales digitales como Youtube controlar la calidad y el flujo de información relativa a la pandemia. 

Un estudio de Cuan-Baltazar et al analizó al inicio de la pandemia la calidad de la información sanitaria de las 110 primeras páginas webs de Google,utilizando para ello diferentes herramientas validadas: HONcode, JAMA Benchmarks, DISCERN Instrument y Google Rank.

Solo 2 sitios web tenían el código HONcode, 11 sitios obtuvieron el máximo grado de calidad por JAMA Benchmarks, y ninguna alcanzó la puntuación máxima con el DISCERN Instrument. En relación a Google Rank no había una relación directa entre la posición en el ranking de Google y la calidad del contenido del sitio.

A pesar de que necesitaríamos un estudio actual para valorar adecuadamente como es la calidad de la información sobre COVID-19. Este estudio nos deja un mensaje claro, el exceso de información de mala calidad sin apoyo científico publicado en los canales digitales al inicio de la propagación de un virus totalmente desconocido catalizó, la propagación de un estado de alarma, pánico y desinformación entre los ciudadanos a nivel mundial. 

La Comisión Europea ha tomado asunto en este problema de salud y a continuación te presentamos que 5 acciones están realizando:

9 Recursos digitales para que no te la cuelen…

A continuación puedes consultar 9 recursos imprescindibles para evitar que ta la cuelen

  1. Comprobar si un post en Facebook o Instagram está siendo pagado para que se difunda.
  2. Datos sobre cuentas en Youtube, Instagram o Twitter: Socialblade.
  3. Comprobar la posibilidad de que una cuenta de Twitter sea un Bot: Botometer.
  4. Herramienta para comprobar la veracidad de las cuentas cuando un #Hashtag empieza a circular.
  5. Verficar imagenes recibidas vía Whatssap: Tineye.
  6. Verificador de videos.
  7. Herramienta para conocer los entresijos de una web dudosa.
  8. Consulta de  cuentas de profesionales que desmienten noticias falsas en las RRSS.
  9. Buscador de “noticias Fake”.

Conclusiones

En definitiva, es evidente que el uso de Internet trae consigo beneficios implícitos como la democratización a la información y compartir el conocimiento. Sin embargo, los canales digitales han acelerado la propagación de desinformación y bulos entre los ciudadanos, que en el caso de la información sanitaria puede afectar negativamente a la salud de la población y ocasionar problemas serios de salud pública.

Esto ha quedado claramente en evidencia durante el transcurso de la pandemia del COVID-19, al igual que la necesidad de mejora de la alfabetización digital en salud de los usuarios de internet.

Por todo ello hoy más que nunca vemos necesario dos acciones:

1. Establecer unos principios éticos, estrategias gubernamentales y buenas prácticas contra la desinformación que permitan clasificar la calidad de la información indexada en la web por los motores de búsqueda más usados.

2. Adquisición por parte de los profesionales sanitarios las competencias digitales en este nuevo mundo digital, pues dicha capacitación permitirá diseñar estrategias digitales que permitirán educar, alfabetizar y dotar de herramientas a los ciudadanos para que puedan ser capaces de interpretar de manera adecuada la información y de esta manera frenar la verdadera epidemia del siglo XXI, la desinformación”.

En segundo lugar, se ha de indicar que “el fenómeno de la desinformación en el marco de la pandemia se ha convertido, de hecho, en motivo de debate político en varios países. En España, durante las primeras semanas del estado de alarma decretado por el Gobierno, los partidos políticos se cruzaron acusaciones mutuas de difundir bulos y noticias falsas (El país, 9 abril 2020). Fuera de las tribunas políticas, el problema también preocupa a la ciudadanía, cada vez más expuesta a mensajes engañosos en múltiples plataformas. La relevancia pública alcanzada por el fenómeno de los bulos justifica, en fin, un estudio detenido.Las primeras investigaciones, necesariamente apresuradas, confirman la magnitud del problema. Una encuesta en-tre usuarios de internet de seis países –Alemania, Argentina, Corea del Sur, España, Estados Unidos y Reino Unido (N=8.502)–, conducida entre marzo y abril de 2020 por el Reuters Institute for the Study of Journalism (Nielsen et al., 2020), detectó que en torno a un tercio de los encuestados afirmaba haber visto mucha o muchísima información falsa o engañosa en la última semana, sobre todo a través de las redes sociales y los sistemas de mensajería.

Entre los seis países analizados, España era el lugar donde los encuestados (N=1.018) destacaban más este problema: un 44% indicaba haber visto contenidos engañosos en torno a la pandemia tanto en las redes sociales como en las aplicaciones de men-sajería, y también, aunque en menor medida, en los portales de vídeo (32%) y en los buscadores (24%). Otros estudios han comenzado a explorar los perfiles de la desinformación en el marco de la pandemia (Pérez-Dasilva; Meso-Ayerdi; Mendiguren-Galdospín, 2020).Es precisamente esta gran magnitud del problema la que condujo a ciertas plataformas de internet a tomar cartas en el asunto. A principios de abril de 2020, WhatsApp limitó a un único destinatario por mensaje el reenvío de cadenas virales altamente compartidas. Mediante su blog corporativo, explicó que habían tomado la medida a escala global tras detectar “un aumento significativo en la cantidad de reenvíos que, según algunos usuarios, puede resultar apabullante y contribuir a la divulgación de información errónea” (WhatsApp, 7 abril 2020). También Facebook, a través de su vicepresidente de Integridad, Guy Rosen, anunció pocos días después que rastrearía las informaciones falsas sobre Covid-19 compartidas por los usuarios de esa red social, a quienes ha procedido a alertar en sus muros de la retirada de contenidos engañosos (Rosen, 2020). Otras plataformas como Google y Twitter tomaron asimismo medidas para dar mayor visibilidad a la información oficial y reducir la exposición de sus usuarios a contenidos no verificados o falaces.En el contexto de este fenómeno de la desinformación sobre salud y, más específicamente, en torno a la Covid-19, el presente estudio analiza la tipología de los bulos difundidos en España durante el primer mes del estado de alarma, decretado por el Gobierno el 14 de marzo de 2020.

Más allá de reseñar los casos concretos, el objetivo es identificar los perfiles de los contenidos desinformativos y sus modalidades paradigmáticas. Con base en un análisis de contenido de los bulos en torno al coronavirus detectados por organizaciones de verificación periodística, analizamos las plataformas, formatos, fuentes, territorios de procedencia y, en definitiva, los tipos de bulos sobre la pandemia.2. Marco teórico: desinformación, ‘fake news’ y bulosEl complejo fenómeno de la desinformación atrae el interés de los teóricos de la comunicación y el periodismo desde hace décadas (Burnam, 1975; Galdón, 1994). Este fenómeno afecta hoy día a múltiples dimensiones sociales. Entre otras, al sistema político, las relaciones internacionales y las políticas públicas sobre el cambio climático. También incide en diversas cuestiones relacionadas con la salud, como ha ocurrido con el caso de los mensajes divulgados por el mo-vimiento contrario a las vacunaciones (Roozenberek; Van-der-Linden, 2019; Marieta; Barker, 2019) y, de manera muy especial, con la pandemia de Covid-19 desencadenada a comienzos de 2020 (Brennenet al., 2020). El foco del presente estudio se sitúa en este último caso, de inédito impacto social.Para referirse al amplio universo de las informaciones falsas o erróneas que circulan por el entramado comunicativo, se ha usado, entre otras, la expresión “fake news” (Quandtet al., 2019), que se popularizó con motivo de las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos y el referéndum del Brexit en junio de ese mismo año (Bastos; Mercea, 2019). Aunque ni el término ni la realidad que expresa son nuevos (McKernon, 1925), sí lo es la multiplicación exponencial del uso de esa voz, que, desde entonces, se ha asentado en el vocabulario coloquial, periodístico, político y académico.Sin embargo, la expresión preocupa al ámbito académico, por ser conceptual y epistemológicamente confusa (Tandoc J r.; Wei Lim; Ling, 2017; Romero-Rodríguez; Valle-Razo; Torres-Toukoumidis, 2018). Por un lado, no ha habido una defi-nición universal para fake news, ni siquiera en el periodismo (Zhou; Zafarini,2018). Alemanno, antes de apostar por una definición más restringida, afirma que “fake news cuenta con una variedad de definiciones, la mayoría de las cuales enfatizan la amplitud del término. Como resultado, no hay un acuerdo universal sobre dónde se encuentra el problema y cómo enmarcarlo” (Alemanno, 2018, p. 2).

El concepto de fake news tampoco presenta para la ciudadanía unos contornos definidos, como ponía de manifiesto el Reuters Digital News Report 2017 (Newman, 2017), estudio mundial sobre consumo de información digital coordinado anualmente desde la University of Oxford. Entre los encuestados, había un primer grupo que las identificaba con (1) “noticias que son ‘inventadas’ para hacer dinero o desacreditar a otros”; un segundo grupo, que las definía como Ramón Salaverría; Nataly Buslón; Fernando López-Pan; Bienvenido León; Ignacio López-Goñi; María-Carmen Ervitie290315El profesional de la información, 2020, v. 29, n. 3. e-ISSN: 1699-2407 4(2) “noticias que tienen una base en los hechos pero que son ‘hilvanadas’ para adaptarse a una agenda particu-lar”; y un tercer grupo, que las entendía como (3) “noticias con las que la gente no se siente cómoda o no está de acuerdo” (Newman, 2017, pp. 20-23). Pese a su polisemia, lo cierto es que la expresión fake news se emplea cada vez más tanto en el ámbito de la investigación como en el de la dialéctica política y en los organismos públicos internacionales. Es usado, por ejemplo, en documentos de trabajo e informes de la Comisión Europea y de la Unesco (Ireton; Posetti, 2018). Sin embargo, ambas instituciones prefieren evitar el término fake news y optan por el más genérico de “desórdenes informativos” (Ireton; Posetti, 2018, p. 44), que clasifican en tres:- desinformación (disinformation): información deliberadamente falsa, difundida por motivos económicos, ideológicos o por alguna otra razón;- información errónea (misinformation): información falsa, pero transmitida con el convencimiento de su verdad;- mala información (mal-information): información verdadera, pero de ámbito privado o restringido, que se saca a la luz pública con la intención de dañar a una persona, una institución o un país, y que, por tanto, no debería ser publicada.Es obvio que el concepto de fake news no comprende todos los desórdenes informativos ni refleja la diversa realidad de la desinformación (Galdón, 1994), fenómeno que ha ido diversificándose en los últimos años. Por tanto, a pesar de su popularidad, resulta inadecuado para designar la totalidad de los fenómenos desinformativos (Wardle, 2019).

Por las razones expuestas, el presente estudio no tiene su punto de mira en las fake news, sino en otro tipo de desorden informativo que en el entorno español ha cuajado en el término ‘bulo’. Este término, que al parecer deriva del caló, designa, según la RAE, toda “noticia falsa propalada con algún fin”. De acuerdo con ese matiz finalista, en el presente estudio definimos como “bulo”:“todo contenido intencionadamente falso y de apariencia verdadera, concebido con el fin de engañar a la ciuda-danía, y difundido públicamente por cualquier plataforma o medio de comunicación social”. El concepto de bulo comienza a abrirse paso en la investigación sobre fenómenos de desinformación. Aparici, Gar-cía-Marín y Rincón-Manzano (2019, p. 3), por ejemplo, definen los bulos como “mensajes falsos fabricados en las redes por usuarios y/o colectivos a fin de crear un determinado estado de opinión”. A nuestro entender esta definición puede ser ampliada, pues la fabricación de falsedades también comprende motivos ajenos a la creación de estados de opinión, como, por ejemplo, la estafa económica mediante phishing, “una forma de engaño en la que un atacante intenta obtener de manera fraudulenta información confidencial de una víctima al hacerse pasar por una entidad confiable” (Jagaticet al., 2007). Son bulos, en suma, todos aquellos contenidos falsos que alcanzan difusión pública, fabricados intencionadamente por múltiples motivos, que pueden ir desde la simple broma o parodia, hasta la controversia ideológica, pasando por el fraude económico. Sus límites siempre son difusos. Afirmar que todo mensaje falaz con visibilidad pública es un bulo premeditado supone hacer un juicio de intenciones; a saber, que el emisor ha difundido esa mentira a sabiendas. La rea-lidad es más compleja pues, a veces, la difusión pública de contenidos falsos se debe a otros motivos, como inadvertidas exageraciones, malinterpretaciones o simples confusiones. Como indica Redondo (2018, p. 41), con frecuencia “las líneas son borrosas y lo que empieza como un error se convierte en una falacia, o lo planificado con malicia es repetido por un usuario inocente que desconoce su origen”.

En tercer lugar, también se ha de señalar que “la irrupción del coronavirus paralizó muchos de los procesos sociales, políticos y mediáticos. Su excepcionalidad nos ha permitido reflexionar sobre distintos ámbitos de la vida en un paréntesis confuso y caótico. Tal vez por eso, el escenario de aprendizaje puede ser considerado como único. Los patrones de desinformación identificados con anterioridad se han entremezclado con formas experimentales de creación y difusión de bulos.

A finales de mayo de 2020, la base de datos de la International Fact-Checking Network contenía más de 6 000 ejemplos de contenidos verificados. En paralelo, el explorador de verificaciones de Google registraba más de 2 700 verificaciones de hechos sobre la COVID-19 y más de 68 000 dominios web se han registrado este año con palabras clave asociadas con el coronavirus.

Los datos demuestran algo importante. El ciclo de la desinformación es adaptativo. Su existencia está ligada a nichos eventuales y oportunistas y su resiliencia se sirve de la confusión, las deficiencias mediáticas y la saturación informativa.

Tipos de bulos detectados durante la pandemia de COVID-119. Sánchez-Duarte y Magallón-Rosa, 2020., Author provided

En el caso de España, en los dos primeros meses de la crisis del coronavirus se identificaron nuevas tipologías de bulos ligados, en un porcentaje muy importante, a la evolución de la pandemia. Un cajón de sastre que albergaba desinformaciones sobre la evolución de los contagios, la detección de síntomas o las curas y remedios ante la enfermedad.

A medida que el estado de alarma se fue desarrollando, también se diversificaron las informaciones y los bulos de carácter político y orientados hacia réditos discursivos empezaron a tener más relevancia.

Por otra parte, las desinformaciones ligadas a la pandemia desarrollaron y mejoraron varias de sus características clásicas. Las formas de difusión definieron un ecosistema multicapa en el que las redes sociales ocuparon protagonismo junto con los servicios de mensajería instantánea, complementándose.

Plataformas como WhatsApp o Telegram viralizaron un porcentaje elevado de los bulos, en su mayoría sin un origen conocido, y aumentaron la velocidad de su transmisión.

En algunos casos las desinformaciones dieron el salto a otros países. Como recogía la plataforma LatamChequea Coronavirus en alianza con el IFCN, muchos de los bulos traspasaron fronteras replicándose o adaptándose a los contextos políticos, sociales y epidemiológicos de cada territorio.

Guetos y polarización

El informe sobre Consumo de información durante el confinamiento por coronavirus recogía que más del 80 % de las personas encuestadas admitían haber recibido noticias falsas o de dudosa veracidad sobre la pandemia.

Un 26,6 % admitió haber compartido contenido falso sin saberlo y un 6 % reconoció ser consciente de que estaba enviando bulos.

Los datos sobre la facilidad de recibir bulos y la voluntad de viralizarlos describen varias de las tendencias sobre consumo mediático y desinformación más acrecentadas durante la pandemia.

La alta demanda informativa pudo generar la circulación elevada de bulos. Su viralización llegó a casi todos los dispositivos con independencia de las barreras tecnológicas o del conocimiento que se tuviesen y con apariencias cada vez más sofisticadas. Ante la necesidad inmediata de saber cómo prevenir contagios o identificar síntomas, la respuesta desinformativa fue casi inmediata.

Sin embargo, cabe destacar el porcentaje de personas que contribuyeron al fomento consciente de la desinformación. La explicación a este fenómeno tal vez resida en cómo la emisión y recepción de información a través de la red recrea cada vez más guetos digitales excesivamente homogéneos entre sí. Esferas de interés, opinión y afinidad muy semejantes que acentúan el riesgo de hacer desaparecer informaciones “capaces de sorprender, molestar o contradecir” (Cardon, 2018: 43). La atención selectiva tradicional del consumo mediático convencional se radicaliza.

Algo que se debe tener claro en este contexto es que, más importante que la elaboración más o menos verosímil de cualquier bulo, son las ganas que se quiera tener de creerlos y difundirlos. La red trocea grandes espacios en grupos o eventos en redes sociales o servicios de mensajería fragmentando las comunidades y a la vez polarizando los discursos, favoreciendo un caldo de cultivo para el extremismo, la división y la desinformación.

Respuestas tras los aprendizajes

Los aprendizajes posibles derivados de la pandemia podrían resumirse en el hecho de atender, de una manera más pausada, a fenómenos acentuados durante el periodo de crisis como fueron la doble dimensión de los bulos –global y local–, la exposición pasiva y acrítica a estos o la identificación de promotores –reconocidos– de desinformación.

En primer lugar, un mayor conocimiento del escenario y las dinámicas relacionadas con la desinformación había hecho que la aproximación a este fenómeno se volviese cada vez más glocal, frente a las primeras investigaciones que hacían referencia principalmente a las elecciones estadounidenses y al contexto anglosajón.

El filósofo Daniel Innerarity señala que “la crisis del coronavirus es un acontecimiento pandemocrático, como todos los riesgos globales. Se da la paradoja de que un riesgo que nos iguala a todos revela al mismo tiempo lo desiguales que somos, provoca otras desigualdades y pone a prueba nuestras democracias”. La desinformación se adapta a cualquier contexto buscando modos locales y formas globales al mismo tiempo.

En segundo lugar, y a pesar de que la desinformación estratégica es importante, en términos cuantitativos es mucho más relevante centrarse en aquellas personas que comparten informaciones y contenidos falsos sin quererlo.

Evidentemente, se trata de vasos comunicantes, pero el desarrollo de respuestas de alfabetización mediática y digital podría ayudar a reducir significativamente ese 26,6 %, desincentivando también al 6 % a medida que se reduce el alcance de su trabajo de desinformación.

El último elemento fundamental de análisis es el de las fuentes de desinformación. Según el trabajo de Brennen la información errónea procedente de promotores reconocidos como políticos, celebridades y otras figuras públicas prominentes representaron el 20 % de su análisis, pero conformaron el 69 % de las interacciones totales de las redes sociales. Este dato es importante. Pese al anonimato inicial y la imposibilidad de identificar muchas veces el germen de los bulos, su difusión y viralización extrema recae en promotores reconocidos que de manera consciente o inconsciente difunden los mensajes”.

En cuarto lugar, también se ha de añadir aquí que “

La viralización de la información falsa influye de forma directa en la conciencia colectiva y el problema está en la velocidad con la que se propaga, especialmente si su creador la promociona y comparte desde múltiples cuentas y redes al mismo tiempo.

Según datos publicados por la Organización Mundial de la Salud, durante el mes de abril se subieron más de 360 millones de videos a YouTube bajo la categoría “COVID-19” y “COVID 19”, mientras que en marzo de este año unos 550 millones de tuits incluyeron los términos coronavirus, corona virus, covid19, covid-19, covid_19 o pandemia.

Las noticias falsas entorno a la pandemia han hecho circular desde noticias, mensajes, audios y videos en los que se afirmaba incluso la inexistencia del virus (lo que motivó que muchas personas ignoraran las medidas sanitarias), hasta la distribución de información sensacionalista que contribuyó al aumento del temor y angustia de las personas.

Otro tipo de noticias falsas alentaban a ignorar las recomendaciones realizadas por médicos, científicos y especialistas, al punto de que incluso reconocidos medios de comunicación se vieron influenciados por las fake news y llamaron a hacer caso omiso a las medidas recomendadas por las autoridades sanitarias, exponiendo aún más la salud e integridad de las personas.

Como mencionábamos anteriormente, las supuestas curas o medicamentos para tratar la enfermedad que circulaban a través de las redes sociales proliferaron, a pesar de que de forma oficial no existe un tratamiento específico para el nuevo coronavirus y solo se indican medicamentos para aliviar los síntomas. En este sentido, la difusión de este tipo de información ha provocado que la infodemia potencie el impacto de la pandemia.

De hecho, según datos de una encuesta realizada por ESET Latinoamérica en el mes de mayo, más del 70% de los participantes aseguró que durante la pandemia recibió o tuvo contacto con noticias falsas relacionadas al COVID-19; principalmente a través de redes sociales (72%), aunque también a través de WhatsApp (51%) y en portales de noticias poco confiables (36%).

Dado el impacto y el riesgo de este fenómeno, algunas plataformas sociales, como Facebook, Google, LinkedIn, Microsoft, Twitter, Reddit y YouTube se unieron en el combate de la desinformación y las estafas que giran en torno a la pandemia, cambiando las reglas para censurar como en el caso de Twitter aquellos mensajes que incitaban a las personas a actuar en contra de las recomendaciones oficiales.

¿Qué podemos hacer para mitigar las noticias falsas?

Es importante remarcar que las consecuencias de compartir o dejarse llevar por información apócrifa puede derivar en consecuencias de mayor gravedad, ya no solo por las campañas maliciosas que hay detrás de estos mensajes falsos y que en algunos casos buscan robar información y atentar contra la privacidad, sino también por aquellas que afectan directamente a la salud.

Si bien el trabajo para combatir las fake news es una tarea difícil, como usuarios responsables y conscientes de las posibles consecuencias de propagar este tipo de mensajes resulta fundamental verificar y cotejar tanto las fuentes como la información misma antes de distribuirla, así como tomar con cautela la información que se difunde a través de Internet, no creer todo lo que se publica y tener la capacidad de discernir.

Si bien en ocasiones este tipo de información podría expresar nuestras propias ideas, esto no implica que se trate de información fidedigna y verídica, puede existir un sesgo. El tecnólogo y emprendedor argentino Santiago Bilinkis, autor de varios libros y orador en TED de charlas sobre el poder de manipulación de las redes sociales explicó en una entrevista que las personas muchas veces comparten lo que les gustaría que sea verdad, sin importarles tanto que el mensaje sea legítimo. Por ello, actuar de manera responsable consiste en analizar el impacto que podría tener la difusión de la información, dedicar tiempo para conocer el contexto de la nota (fuente, fecha, medio), así como salir de la burbuja y consultar más al respecto antes de compartir.

Si no se tiene la certeza de la veracidad de la información, es necesario evitar compartir el contenido. Esto es muy importante, ya que de esta forma se rompe la cadena de desinformación y contribuimos a que menos personas puedan verse afectadas.

Por otro lado, los medios y líderes de opinión juegan un papel igualmente importante, ya que muchas veces son los emisores iniciales de la información. Si los datos resultan falsos, el impacto es mucho mayor: con una gran influencia tienen una gran responsabilidad.

La difusión de esta información probablemente se realiza de forma intencional por diversos intereses, pero si esto ocurre por un error, siempre es necesario aclarar y corregir la información falsa. Sea cual sea la razón, lamentablemente también han contribuido a la difusión de contenidos falsos, lo que puede convertirlos en una fuente poco confiable, con algunas consecuencias ya mencionadas.

Además, las acciones contra las noticias falsas también resultan igualmente necesarias en los medios utilizados para la propagación. Por ejemplo, las compañías responsables de las plataformas que suelen ser utilizadas para la difusión de fake news han comenzado a desarrollar métodos de detección y mecanismos para reportar este contenido cuando resulte posible, lo que se traduce en una forma de hacer frente a estas acciones ofensivas.

El camino por delante contra las noticias falsas

Se trata de un problema complejo, ya que existen distintos intereses de por medio. Por ejemplo, una de las razones más comunes para difundir fake news son las ganancias que generan a los creadores de este contenido apócrifo a través de la monetización de visitas a sitios, o bien, mediante campañas maliciosas que también monetizan la información obtenida.

Por otro lado, hay otro tipo de factores como los intereses políticos, cibercrimen o simplemente para propagar bromas virales. Sin importar el origen y las motivaciones, cada vez con mayor frecuencia nos encontramos con distintos niveles de información falsa y en diferentes ámbitos, con consecuencias cada vez más impactantes y que demandan que las personas estén más preparadas para lidiar con este escenario.

Sin duda, es un tema que seguirá en tendencia, que requiere de más educación y concientización; de la misma forma en la que hablamos de otros peligros en Internet y de la manera de protegernos, es importante tratar el problema de las fakes news de forma generalizada, en busca de formar usuarios que utilicen la tecnología de una forma cada vez más responsable, consciente y, por su puesto, segura”.

Por tanto, se puede ver que el problema de las fake news, ya de por sí corriente en tiempos normales, se convierte en una bomba cuando surgen problemas como el actual de pandemia (o en casos de catástrofes naturales), y se utilizan, para hacer aún más daño las redes sociales para provocar el pánico en la sociedad, cuando tendrían que utilizarse para fines benévolos.

Como conclusión, se puede decir que el mal siempre campa a sus anchas, y en muchos casos, es muy difícil combatirlo, sobre todo por el hecho de que obtener pruebas no siempre es fácil en este ámbito, ya que quienes efectúan estos hechos son expertos hackers que saben cubrir su rastros.

FUENTES:

  1. La Noticias falsas y desinformación sobre el Covid-19: análisis comparativo de seis países iberoamericanos. REVISTA LATINA: http://nuevaepoca.revistalatinacs.org/index.php/revista/article/view/375
  2. La desinformación y las fake news en tiempos de COVID-19. DIÁLOGO POLÍTICO: https://dialogopolitico.org/comunicacion/la-desinformacion-y-las-fake-news-en-tiempos-de-covid-19/
  3. Fake news y sus riesgos en tiempos de COVID‑19. WE LIVE SECURITY: https://www.welivesecurity.com/la-es/2020/07/02/fake-news-riesgos-covid-19/
  4. Una lección de la COVID-19: la desinformación es muy contagiosa. THE CONVERSATION: https://theconversation.com/una-leccion-de-la-covid-19-la-desinformacion-es-muy-contagiosa-147501
  5. Desinformación en tiempos de COVID-19: la otra pandemia. FARMACIA HOSPITALARIA DIGITAL: https://www.farmaciahospitalariadigital.com/desinformacion-en-tiempos-de-covid-19-la-otra-pandemia/
  6. Infodemia: ¿Cómo ha afectado la epidemia de desinformación a la respuesta frente a la COVID-19? INSTITUTO DE SALUD GLOBAL BARCELONA: https://www.isglobal.org/-/infodemia-como-ha-contribuido-la-epidemia-de-desinformacion-a-la-respuesta-frente-a-la-covid-19-
  7. Desinformación en tiempos de pandemia: Análisis de las fake news difundidas sobre el COVID-19. RIUMA: https://riuma.uma.es/xmlui/handle/10630/20565
  8. La desinformación en tiempos de coronavirus: bulos y verdades. GACETA MÉDICA: https://gacetamedica.com/investigacion/la-desinformacion-en-tiempos-de-coronavirus-bulos-y-verdades/
  9. Combatir la desinformación sobre el coronavirus. COMISIÓN EUROPEA: https://ec.europa.eu/info/live-work-travel-eu/coronavirus-response/fighting-disinformation/tackling-coronavirus-disinformation_es

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