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¿Por qué los españoles son tan irresponsables frente a la pandemia por COVID-19? ¿Por qué son incapaces de actuar en conjunto como país?

Desde que se declaró la pandemia por COVID-19 a nivel global como un problema a resolver a nivel mundial, se han visto conductas muy irresponsables a nivel global, pero ninguna tan irresponsable como la de España. Este país ha sido el país democrático que más tarde tomó medidas frente a la pandemia, el país cuyo Gobierno central adoptaba medidas sin sentido como el de confinar a su población sin razón alguna, o el de no proteger a los trabajadores como sanitarios, repartidores o personal de supermercados los medios de protección necesarios para evitar contagiarse del virus.

Pero la cosa no terminó ahí, sino que, además, desde que se permitió salir a la población de casa, y con imposición obligatoria de mascarillas para poder salir, se ha visto también mucha irresponsabilidad e insolaridad por parte de la población en la prevención frente a los contagios, llevando a cabo conductas incíbicas como fiestas en pisos, no llevar la mascarilla sobre todo en lugares transitados como terrazas de bares, entre otras.

Y ello sin tener en cuenta de haber estado durante varios meses el Ejecutivo Central echando la pelota a las Comunidades Autónomas tras haber asumido un Mando central para gestionar la pandemia, sin permitirlas adquirir equipos de protección individual y otros instrumentos de protección frente al coronavirus, o incautando los adquiridos por las Comunidades Autónomas por su cuenta. En definitiva, un sin sentido.

Y, tras todo esto, sigue sin conseguirse en países como España una efectiva vacunación e inmunidad de grupo por la lentitud en la vacunación y por la irresponsabilidad e inconsciencia de la sociedad en general.

A continuación, se ha de señalar que, a pesar de las restricciones impuestas (las cuales está claro que no están siendo efectivas), “los casos positivos no paran de crecer en España. Ante esta situación, los profesionales sanitarios continúan alertando a la sociedad y se lamentan de la falta de concienciación.

“Demasiadas veces esta imagen, demasiados “yo no lo sabía”, tampoco “es para tanto”, “habrá que divertirse” y mientras tanto muchos luchando por sobrevivir, y no solo en las UCIs, también en el día a día”, expresa un médico de Urgencias desde su perfil de Twitter incluyendo una fotografía de un test de Covid con resultado positivo, “Tú irresponsabilidad puede ser la ruina de muchos. Preocúpate y ocúpate”.

Demasiados veces esta imagen, demasiados “yo no lo sabía”, tampoco “es para tanto”, “habrá que divertirse” y mientras tanto muchos luchando por sobrevivir, y no solo en las UCIs, también en el día a día.
Tú irresponsabilidad puede ser la ruina de muchos. #preocúpate y #ocúpate pic.twitter.com/9brAmcA2LL — Julio Armas Castro (@julymed08) November 3, 2020

No es el primero, ni será el último sanitario que critique las decisiones “irresponsables” de la población en medio de la pandemia de Covid-19. De hecho, esta semana se ha viralizado un vídeo de una campaña de concienciación para los más jóvenes ante los riesgos para la salud de las personas de incumplir con las medidas de seguridad.

Excusas a las medidas Covid: “Hay que vivir”

Ante la sugerencia de que se necesitan medidas más estrictas, una matrona reflexiona: “Si hay tantísima gente que no es capaz de hacer lo que hay de hacer con las medidas que si que hay… ¿En serio necesitan más? Yo creo que simplemente piensan eso, que estas cosas siempre pasan a otros… Y les importa poquísimo la vida ajena”.

“Me encantan los que dicen, tendremos que vivir, así no vamos a estar toda la vida… Bueno, pues a ver lo que te va a durar la vida si sigues viviendo como si no existiera una pandemia. La gente por desgracia hasta que no lo sufre no se entera”, apunta una usuaria. “Para salir de esta pandemia hace falta la empatía”, expresa otro”.

También se ha de señalar que “esa irresponsabilidad (la de los políticos) acabara teniendo consecuencias jurídicamente negativas para nuestros compañeros. Y está comenzando a ocurrir.

La primera parte de esa irresponsabilidad ya ha quedado de manifiesto a lo largo de la crisis. La no asunción precoz de medidas, tanto de aislamiento social como de previsión ante el brote epidémico que se avecinaba, hizo que el número de afectados por COVID-19 creciera de forma exponencial durante la segunda mitad del mes de marzo, dando al traste con la (muy escasa) capacidad de reserva de nuestro sistema sanitario y con la provisión de equipos de protección individual (EPI) para los profesionales. Ello obligó a tomar medidas apresuradas que consiguieron incrementar hasta en un 200% la capacidad asistencial del sistema, que se dedicó en su mayor parte al tratamiento de la infección, y aliviar, tan sólo parcialmente en muchas ocasiones, la escasez de EPI. Todo ello en un clima de angustia generalizada, de gran sobrecarga asistencial y emocional para los profesionales, y de graves consecuencias para la sociedad (por la elevada morbimortalidad que se ha producido en un período tan escaso de tiempo, y por las medidas de confinamiento que nos hemos visto obligados a adoptar).

En ese recorrido, se han escuchado múltiples testimonios de carencia de recursos, que han llevado en bastantes ocasiones a la necesidad de tener que priorizar a unos pacientes sobre otros a la hora de poder aplicarles, por ejemplo, medidas de soporte crítico. Y, en la sombra, muchas más experiencias de sufrimiento y angustia de los propios profesionales ante situaciones de ese tipo, e incluso de autoorganización para hacer aún más eficiente el uso de los recursos y reducirlas todo lo posible.

La segunda irresponsabilidad es que nuestros políticos, sistemáticamente, han tendido a negar que se hayan dado esas situaciones. Lo hemos oído de responsables políticos de diferente signo, como la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Ayuso (PP), o el presidente de la Junta de Castilla La Mancha, Emiliano García Page (PSOE), ambos desmentidos por la experiencia directa de los propios profesionales. Poner como excusa que nunca estuvieron libres menos de 12 respiradores en Castilla La Mancha (que dispone de 18 centros hospitalarios) es reconocer que en más de una ocasión no había disponibilidad en más de uno de ellos. Y argumentar, como en algún caso se ha escuchado, que “nunca se alcanzó la capacidad máxima de respiradores” es confundir con el argumento, pues la capacidad máxima sólo se logró tras superar la parte más aguda de la crisis, cuando una vez visto que no crecía el número de afectados se dejó de forzar el crecimiento del sistema.

El déficit de recursos de atención a críticos (como de muchos otros recursos, aunque no hayan tenido la misma significación o trascendencia) no sólo fue detectado por los profesionales, o por los propios afectados, sino también por importantes instituciones relacionadas con la sanidad. En primer lugar, por dos de las sociedades científicas más directamente implicadas en los cuidados críticos de los pacientes infectados por COVID, las de Medicina Intensiva y de Anestesiología y Reanimación, que con fecha 20 de marzo emitieron sendas recomendaciones éticas para orientar la toma de decisiones en caso de necesidad de priorizar pacientes para la utilización de cuidados críticos. Ya antes, el Comité de Bioética de España se había ofrecido anticipadamente al gobierno de España para ayudar en la realización de criterios de priorización, pero el día 23 de marzo recibió una petición de la Dirección General de Políticas de Discapacidad, Secretaría de Estado de Derechos Sociales, Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030, acerca de las implicaciones éticas que para las personas con discapacidad podían tener las guías publicadas, y acabó emitiendo su informe sobre criterios de priorización el día 25 de marzo, exponiendo claramente que debería ser la autoridad sanitaria quien refrendara un conjunto de criterios orientativos que fuera respetuoso con el ordenamiento constitucional. Como tardía respuesta a esta petición, y a la realidad de la sanidad española, el Ministerio acabó finalmente publicando su Informe sobre los aspectos éticos en situaciones de pandemia: El SARS-CoV-2 el día 4 de abril, una vez superado el pico de la curva epidémica, y reconociendo que los derechos fundamentales podrían sufrir algún tipo de limitación no nuclear en el contexto de escasez de recursos que supuso el brote COVID-19.

Negar la realidad no es sólo irresponsable, sino que produce consecuencias absurdas. Y una de ellas es que, en los procesos que se están iniciando de petición de responsabilidades por los daños sufridos durante la crisis, se está llegando a cuestionar la actuación de los profesionales, como si esta hubiera tenido lugar en condiciones de normalidad. Y no sólo no tiene sentido, sino que hacer pasar a los profesionales que tanto reconoce nuestra sociedad por un nuevo momento de angustia, al tener que defenderse de las dudas que se pueden verter sobre su actuación como si esta hubiera tenido lugar en las ya mencionadas condiciones de normalidad. No sólo han tenido que sufrir la dura sobrecarga asistencial y emocional de la atención al aluvión de pacientes COVID, incluso cambiando de áreas de actuación, sino que ahora tienen que justificar una actuación prácticamente heroica, sin suficientes medios de protección, sin suficientes recursos y, con todo, tratando de hacer lo mejor para cada uno de los pacientes

Hay que decirlo ALTO y CLARO: no fueron condiciones de normalidad las que se dieron durante las semanas más duras. ¿O consideraríamos como normalidad la constatación de hospitales abarrotados y reconvertidos en monográficos-COVID, UCIs sin recursos, personal sanitario sobrepasado y angustiado, pacientes aislados, familias fragmentadas y semi-aisladas ansiosas ante la evolución de sus seres queridos, muertos, muchos muertos…?

Lo vivido durante lo más duro de la crisis COVID-19 se ha expresado de muchas maneras, incluso definiéndolo como “sanidad de guerra”, pero en realidad tiene un nombre muy claro: un desastre sanitario, cuando no una catástrofe. El término catástrofe se define como un “suceso infausto y extraordinario que altera gravemente el orden natural de los acontecimientos“, y según la OMS se considera catástrofe “cualquier fenómeno que provoca daños, perjuicios económicos, pérdidas humanas y deterioro de la salud y de servicios sanitarios en medida suficiente para exigir una respuesta extraordinaria de sectores ajenos de la comunidad o zona afectada“, mientras que el diccionario de la Real Academia Española lo define como “suceso que produce gran destrucción o daño“. No parece ninguno de estos sentidos muy alejado de lo vivido por la sociedad española, y más específicamente por su sistema sanitario…

Dejémonos, por tanto, de frivolidades, y exijamos a nuestros responsables políticos (a todos y de todos los signos) que asuman la realidad: que en lo más duro de la crisis COVID hemos vivido una situación de catástrofe que nuestros profesionales sanitarios han tratado de afrontar con el mayor rigor y entrega posibles con los medios que las autoridades sanitarias ponían a su alcance (aquéllos que la sociedad ha sido capaz de mantener y adquirir), y que en ningún caso deben verse afectados, ni salpicados siquiera, por las insuficiencias del sistema sanitario. Que nuestros políticos lo reconozcan y hagan constar públicamente, con un reconocimiento que tenga valor político y jurídico, y que se tomen las medidas oportunas para evitar cualquier revisionismo de lo sucedido que trate de entender que se vivió un momento de normalidad sanitaria y social. Y que desde ese reconocimiento nos pongamos todos a trabajar por una sanidad y una sociedad de futuro, capaces de hacer frente a los retos que se nos presentan, y que comienzan con las consecuencias socioeconómicas de la crisis vivida y con la posibilidad de nuevos rebrotes de la infección”.

Incluso cabe añadir que, “al margen de intereses partidistas que nunca se pueden excluir, en el fondo del debate está que se trata de un problema de salud pública, en el que las medidas que se adopten tienen consecuencias que van más allá de las directamente relacionadas con el control de la infección. Como proceso infeccioso respiratorio que es la Covid-19, medidas como la restricción de movimientos y actividades frenarán sin lugar a duda su expansión, como tuvimos ocasión de comprobar en el confinamiento de marzo a junio 2020, pero a costa de producir pérdida de empleos e ingresos y estrés y aislamiento social en la población afectada.

Sería deseable que las autoridades se pusieran de acuerdo en la ponderación de estas consecuencias y adoptaran medidas consensuadas para transmitir confianza a la población. Pero entre tanto, es bueno recordar que como individuos seguimos teniendo la responsabilidad de reducir nuestro riesgo de contagio mediante medidas que están exclusivamente en nuestra mano y nuestro entorno cercano. Estas medidas beneficiarán especialmente a las personas en mayor riesgo incluidos los mayores.

1) Usar las mascarillas, no sólo por obligación sino por las ventajas que tiene su uso.

– Las mascarillas higiénicas y quirúrgicas disminuyen la emisión de secreciones respiratorias y saliva que contienen virus, en el caso de que estemos infectados. Se evita así que el virus se vaya extendiendo a base de encontrar cuerpos en los que reproducirse. Las mascarillas FPP2 y análogas además evitan que esas secreciones entren en nuestro organismo, protegiendo al que las lleva.

– Están apareciendo estudios que indican que el uso de la mascarilla puede estar funcionando como una vacunación, lo que en términos científicos se llama variolización[1]. El término es un derivado de viruela, ya que antes de que Jenner desarrollara la vacuna ya se conocía que esta enfermedad se podía prevenir exponiendo a las personas a pequeñas dosis del virus. Las mascarillas parecen hacer la misma función respecto al SARS-CoV-2: disminuyen la cantidad de virus que entra en contacto con nosotros, con lo que el sistema inmunitario es capaz de combatirlo y se produce una infección asintomática o con pocos síntomas.

Las mascarillas son especialmente útiles en los espacios cerrados, donde el virus persiste más tiempo en el aire. No tiene ningún sentido usarla en la calle y luego no ponérsela en el trabajo o en casa cuando recibimos una visita. Se considera visita a cualquiera que no conviva con nosotros, incluidos familiares, por muy cercanos que sean. No podemos conocer el estado infeccioso de todas las personas con las que tienen contacto nuestros familiares y amigos cuando no están con nosotros. Tanto el huésped como el anfitrión deben llevar la mascarilla mientras dure la visita.

En las terrazas de hostelería la mascarilla también protege, porque es más difícil mantener la distancia de seguridad. Acudir a una terraza y tomar algo no debe ser una excusa para quitarse la mascarilla durante un tiempo prolongado; sólo debe quitarse mientras se ingiere la comida y la bebida y es de la mayor importancia utilizarla cuando se está uno dirigiendo a alguien.

2) Mantener la distancia de seguridad, aumentar la higiene de manos y evitar llevarse las manos a la boca, como al estornudar o toser.

En cuanto a la distancia, cuanta más mejor. Se está recomendando dos metros porque es la distancia máxima a la que pueden viajar las partículas en las que se desplaza el virus. Pero esto es en reposo. En movimiento, si vamos caminando a dos metros detrás de otra persona, podemos inhalar los virus que quedan en el aire por donde esa persona ha pasado y respirado.

El metro es una medida fija que no se contrae o dilata. Es llamativo ver como en las terrazas, en los saludos en la calle y en los domicilios, los metros se hacen más “cortos” y se considera que distancias mucho más pequeñas llegan a ser de dos metros.

3) Limitar los contactos sociales a lo mínimo imprescindible.

El virus nos puede infectar por estar con personas que lo portan o por tocar superficies que han tocado personas que lo portan. Es decir, la fuente de contagio son otros seres humanos. De ahí la recomendación de evitar el contacto social, especialmente personas de riesgo como los mayores. No obstante:

– Evitar el contacto social no es sinónimo de no salir a la calle. Pasear por lugares no concurridos, lavándose muy bien las manos antes de salir de casa y al volver, hace muy improbable un contagio. Los profesionales sanitarios están viendo personas mayores muy deterioradas funcionalmente por el tiempo que han estado recluidas sin salir de sus casas. Aún en pandemia, debe mantenerse cierta actividad física exterior, evitando las zonas concurridas y salir en grupos de no convivientes.

– Hay formas alternativas de mantener el contacto social sin necesidad de compartir espacios: el teléfono e internet proporcionan vías seguras para seguir relacionado, que es también esencial para el ánimo y las funciones cognitivas.

Que no sirva el desacuerdo entre las administraciones para que no hagamos la parte que nos toca en el esfuerzo común de acabar con la Covid-19″.

Por tanto, lo más importante es que la sociedad no olvide en qué situación estamos, que no es tiempo de pensar en macrofiestas, en reuniones multitudinarias con familiares o amigos, que llevar la mascarilla salva vidas, así como el hecho de que no es momento de pensar en cosas que no sea facilitar el hecho de frenar al virus. POR FAVOR, ¡SEAMOS RESPONSABLES.

También hay que añadir la necesidad de llevar políticas ÚTILES para parar la pandemia, así como adoptar medidas que impidan que el virus siga expandiéndose (no ya encerrarnos en casa, ya que eso llevaría a arruinar la economía, sino al hecho de cerrar fronteras para evitar que en un país entren ya las variantes existentes en otras partes del mundo).

FUENTES:

6 comentarios en “¿Por qué los españoles son tan irresponsables frente a la pandemia por COVID-19? ¿Por qué son incapaces de actuar en conjunto como país?”

  1. GRACIAS. Como enferma de riesgo que desde que empezó todo esto solo se ha sentado dos veces en una terraza y no es porque no quiera,sino porque veo lo que veo a diario y no me siento segura. Al igual que no he vuelto a coger un tren.

    Tengo amigos y familiares enfermeros,ya te digo yo que están hasta las narices de esta irresponsabilidad.

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