Derecho, Política

Geopolítica en tiempos de COVID-19 y de vacunación contra la pandemia

Hace ya más de un año que el SARS-COV-2 entró en la escena internacional y tomó el timón del planeta, cambiando la forma de vida de todos los habitantes del planeta. Desde entonces, todos los países han cometido muchos problemas, no sólo frente a los efectos secundarios de las vacunas, sino también de cómo frenar los contagios hasta que toda la población esté vacunada, y ello sólo por mencionar dos problemas.

En primer lugar, se ha de señalar que “las grandes pandemias pueden tener efectos geopolíticos considerables es algo bien sabido, con numerosos ejemplos a lo largo de la Historia. La “plaga de Justiniano”, que asoló el Mediterráneo y Oriente Medio entre el siglo VI y el VIII d.C. desbarató los intentos de reconstrucción del Imperio Romano y facilitó la expansión del Islam. La gran epidemia de Peste Negra en Europa en el sigo XIV desequilibró completamente las estructuras sociales de la Edad Media, contribuyendo a dar paso a la Edad Moderna. A la vista de los efectos económicos y sociales que la actual pandemia de COVID-19 está provocando, es muy probable que también termine por producir cambios geopolíticos de entidad.

La pandemia se produce en un momento de tensión geopolítica entre una potencia emergente, China, y otra consolidada, Estados Unidos, con muchos actores secundarios como Rusia, Turquía, Irán o Arabia Saudí aprovechando el momento de incertidumbre para mover sus piezas. Es difícil decir quién llevaba ventaja en esa pugna a múltiples bandas, y existía la impresión de que en realidad casi todos estaban perdiendo. Y entonces llegó el coronavirus.

China fue el origen de la enfermedad y quien sufrió inicialmente todo el impacto de las medidas radicales que se adoptaron para atajarla, pero se da la circunstancia de que, salvo recaída, ha sido también la primera en superar la crisis. Con la moral de su población muy alta por la victoria, y el régimen consolidado pese a sus errores iniciales en la gestión de la crisis, China se dispone a reanudar la competición, y no se encuentra en mal lugar para hacerlo.

Estados Unidos no se ha mostrado en absoluto como el líder mundial que se supone que es; algo por otra parte esperable de la administración Trump. Las medidas norteamericanas se han limitado a minimizar primero el riesgo, para después echar la culpa a otros y aislar al país aún más de lo que ya estaba. Las imágenes de equipos y suministros médicos chinos llegando a Europa, si bien esencialmente simbólicas, contrastan con el egoísmo y la inacción que parece haberse apoderado de la superpotencia norteamericana, que antaño hizo del liderazgo mundial su carta de presentación.

Evidentemente, China sigue siendo el estado autoritario, controlador y no demasiado apegado al respeto de las normas internacionales que ya conocíamos, pero ahora se le presenta una oportunidad de oro para limpiar su imagen. El liderazgo mundial pertenece a quién lo ejerce, y Xi Jinping lo sabe perfectamente. De la misma forma que Rusia y Turquía están ocupando el vacío dejado en Oriente Medio por Estados Unidos, China tiene ante sí otro vacío más grande que ocupar, y ahora que surge de la crisis con fuerzas renovadas no le faltarán recursos para hacerlo.

Las pandemias pueden romper los equilibrios de poder al debilitar a unas potencias más que a otras, y abrir paso a los oportunistas. En estos momentos resulta inevitable pensar en el oportunista por antonomasia, Vladimir Putin, y preguntarse qué puede estar maquinando ahora que oportunidades no le faltan. De momento, junto con Arabia Saudí, ha vuelto a lanzar un órdago sobre el petróleo, aumentando la producción y bajando precios en la esperanza de mantener su cuota de mercado y hundir la producción de shale oil estadounidense. Como todas las jugadas del dirigente ruso se trata de una apuesta muy peligrosa para un país cuya maltrecha economía depende en gran medida de las exportaciones de productos energéticos, pero Putin es así. Siempre en la cuerda floja, esperando que el otro se desequilibre primero. Con muy pocos casos de coronavirus en Rusia y una Europa agonizante, el futuro (que Putin se ha encargado de que sea todavía largo para él como dirigente) aparece prometedor.

Precisamente, Europa se presenta como el gran perdedor de esta crisis, pero esto no supone ninguna novedad. Antes de que se empezase a hablar del COVID 19 se vaticinaba que Europa no estaría entre los ganadores del orden mundial que está naciendo en esta década. Con una Unión Europea cada vez menos unida, y con problemas demográficos, de deuda y de descontento popular crecientes, el coronavirus aparece como un clavo adicional en el ataúd del ocaso europeo. Afortunadamente, el peligroso movimiento del presidente turco Erdogan utilizando de nuevo a los refugiados sirios como chantaje contra la Unión Europea ha quedado en crisis menor. Una situación de pandemia combinada con una llegada masiva de refugiados hubiera supuesto un escenario de pesadilla. La experiencia, no obstante, no debe caer en vacío, y conviene mantener presente que el imprevisible dirigente turco puede convertirse en un serio problema para Europa, especialmente si percibe debilidad al otro lado de la mesa de negociación.

Una incógnita del COVID 19 es su efecto en países en desarrollo. De momento las infecciones en ellos han sido muy limitadas, con la excepción de Irán. Los vulnerables países africanos, con sistemas sanitarios muy rudimentarios, o prácticamente inexistentes, se han visto muy poco afectados, tan poco que cabe la sospecha de que el virus esté circulando sin ser detectado. Desgraciadamente, para algunos de estos países decenas de miles de muertos por un brote epidémico no serían una novedad especialmente destacable. No obstante, si el virus se propaga sin control sería un factor debilitador más para estados que ya no pueden garantizar ni la seguridad ni los servicios básicos de su población. Tanto el colapso total como la necesidad de echarse en brazos de alguna gran potencia serían elementos desestabilizadores en regiones ya de por si desestabilizadas.

Por último, la pandemia de COVID 19 puede provocar una preocupante crisis en el sistema democrático. La idea de que las democracias son débiles y no pueden competir con dictaduras y sistemas autoritarios ya circulaba por Europa, especialmente de la mano de grupos radicales a la derecha y la izquierda del espectro político. El éxito de China en la lucha contra la pandemia puede reforzar esa idea, especialmente si Europa no es capaz de ejercer una conducción enérgica y eficaz de la crisis”.

En segundo lugar, también cabe señalar que “podría adelantarse que la arquitectura internacional no volverá a ser la misma, pero pospandemia tampoco desaparecerán interdependencia, cooperación y necesidad de gobernanza. Continuará la competencia entre potencias y aunque con algunos daños, ninguna resultará derrotada. El conflicto entre EE. UU. y China sobre el origen del virus, reafirma sus fricciones y vaticina futuras confrontaciones más allá de la retórica.

En Europa, la crisis sanitaria acentúa sus divergencias con EE. UU., abonadas por su retiro del acuerdo de Paris, de la interrupción de negociaciones comerciales, del acuerdo sobre Irán y el cierre unilateral de fronteras. A esta lista de brechas en la relación transatlántica, se suma el desdén de Trump por entes como la Organización Mundial de la Salud, profundizando distancias.

Putin, por su parte, después de una actitud negacionista, pidió a sus ciudadanos quedarse en casa, evitando viajar, aunque no reporta una expansión del virus como otros países. A partir del 30 de marzo, la ciudad de Moscú entró en confinamiento.

La mentalidad rusa de fortaleza asediada no podía admitir fácilmente la existencia de problemas de esta magnitud. En franca confrontación con EE. UU., el éxito o la derrota frente al COVID-19 se transforma en un pulso entre sistemas políticos, entre la democracia soberana rusa y la democracia liberal.

La gobernanza internacional se erige como el gran tema. Entre conflicto y cooperación, los países se ven obligados a concurrir, la epidemia refuerza el papel fundamental del multilateralismo y de las instituciones para canalizar desacuerdos y resolver los grandes problemas.

¿Saldrá China más fortalecida? Es probable que emerja con mayor liderazgo político, fruto del impacto y manejo de la pandemia en occidente, pero también de otros factores propulsores de su ascenso.

Por un lado, el unilateralismo de Trump ha propiciado la confrontación con China, abandonado el multilateralismo constructor de un orden liberal internacional. La crisis financiera del 2008 debilitó la supremacía de EE. UU., el dinamismo político chino con su iniciativa de la Franja y la Ruta más bien elevó su perfil. La política aislacionista de Trump, termina por pasar factura a los propios intereses de EE. UU.

A lo anterior se suma la errática gestión del virus en su territorio, que contrasta con lo que pareciera una victoria china en Wuhan. Pekín se reinventa mediante la Ruta de la Seda de la Salud, brinda ayuda y venta de material sanitario a Serbia, Italia y otros países de Europa Occidental; mientras que Washington luce por ahora como epicentro del problema.

La mala gestión de la pandemia por parte de Trump resta legitimidad a EE. UU. y trasciende internamente. El America First no solo le ha llevado al alejamiento de un enfoque global, sino a rechazar inicialmente a sus propios expertos científicos, así como a la creencia de que la enfermedad era invento de sus enemigos internos, entre ellos la prensa.

“La pandemia devolvió protagonismo al Estado, estremeciendo los poderes mágicos y en apariencia todopoderosos del mercado”.

El remezón al orden internacional causado por el COVID-19, llevarán a un rediseño del orden mundial, con una probable disminución de la primacía norteamericana. Siempre existe la opción de que Washington evite los roces con China y sus aliados, promoviendo la cooperación para enfrentar las amenazas comunes para la humanidad”.

Aquí se ha destacar, después de esta introducción, que la pandemia cambiará la forma de las relaciones internacionales, como se puede deducir de lo expuesto, por el simple hecho de que la forma de llevar a cabo las relaciones internacionales ya no será la misma, pues todavía no se sabe cuánto durará el virus, así como el hecho de la vacunación desigual a nivel global provocará el retraso de la confianza de los viajes internacionales, o el restablecimiento de la confianza en los negocios tradicionales (los cuales ya se han visto adulterados y vendidos a una rápida informatización).

En tercer lugar, se ha de añadir a lo dicho hasta aquí que “la aparición de esta pandemia no es una sorpresa estratégica o cisne negro. Desde el punto de vista de la Seguridad Nacional (SN), los países occidentales, y desde luego España, hace años que contemplan las pandemias como una de las amenazas a su Seguridad. Nuestra Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) 2011 menciona el término pandemia en cinco ocasiones, la ESN 2013 solo dos, pero es más concreta y la ESN 2017 no menos de seis. Siguiendo en esa línea, el pasado 9 de marzo el Ministerio de Defensa adelantó la presentación pública del Cuaderno de Estrategia (CE) Núm. 203, dedicado específicamente a las pandemias como amenaza a nuestra Seguridad.

Al menos en teoría, España estaba razonablemente preparada para una eventualidad biológica grave. Tras la crisis del ébola en 2014 y ante futuras emergencias asociadas a agentes infecciosos graves, se estableció a instancias del Sistema Nacional de Salud una red de unidades asistenciales de alto nivel de biocontención. Esta red se completó con los correspondientes protocolos y mecanismos de coordinación interministeriales, con sociedades científicas y con actores de la sociedad civil. Surgen numerosas preguntas que deberán tener respuesta clara y precisa a su debido tiempo.

En el Sistema Internacional del siglo XXI hará más frío que en el pretérito orden bipolar. Podemos anticipar que nuestras sociedades se verán sometidas a crecientes amenazas cuyos efectos no siempre serán de clara atribución, ni sus efectos tan inmediatos o elocuentes como los del COVID-19. Aunque no por ello serán menos letales. En la era de la información, el objetivo de los intereses de actores competidores, Estatales o no, son las propias sociedades, sus valores y su cohesión como grupo.

Frente a ello, factores como la adaptabilidad, la resiliencia o la capacidad de reacción ante lo inesperado, aportando en tiempo útil respuestas valientes e imaginativas marcarán la diferencia. Podrán llegar a decidir si una sociedad pervivirá como tal en el entorno complejo del Sistema Internacional del siglo XXI. 

Ante el visible fracaso de los gobiernos occidentales en la gestión de esta pandemia, las miradas se vuelven hacia Asia. Bajo una intensa presión social, existe el riesgo de que surjan en Occidente líderes populistas que decidan emular el comportamiento de Estados totalitarios enarbolando la bandera de la Seguridad Nacional. Los ciudadanos occidentales haríamos bien en aprovechar los dos meses de confinamiento, como poco, que aún tenemos ante nosotros para revisar nuestras percepciones sobre la realidad del mundo que nos rodea y, en consecuencia, decidir qué tipo delíderes queremos que nos dirijan.

Decisiones como la inicialmente adoptada por el ejecutivo británico frente al COVID-19 por las que asumían decenas de miles de muertos, debido a un enfoque eminentemente economicista, nos parecen espeluznantes. Las democracias, sencillamente, no hacen eso”.

 En cuarto lugar, se puede afirmar en este sentido también que “el estallido del COVID-19 a nivel mundial no sólo amenaza con dar la puntilla al frágil liderazgo americano o a la cohesión en entredicho de la UE. También es la oportunidad que gigantes dormidos como Rusia o la propia China estaban esperando. Quizá por eso ambos fueron los primeros en enviar ayuda internacional para dar respuesta al virus a los países que más han sufrido la pandemia, como son Italia y España. Un pequeño plan Marshall de los antiguos enemigos, quizá un anticipo de lo que está por llegar.

En el mundo que contribuyó a dibujar Vandenberg ese escenario parecería irreal. Sería la UE o los propios EEUU quienes se hubieran puesto a la cabeza de la reconstrucción. No ya por bondad, sino por estrategia de control, como se hace todo en política. Y se utilizarían armas económicas contra la amenaza de la pujanza China, como recalcar no ya que el origen del virus fue su responsabilidad, sino que gran parte del impacto económico mundial tendrá que ver con el hecho de que incontables empresas occidentales contribuyeron a su prosperidad externalizando la producción a unas factorías cuya seguridad ahora está en entredicho.

Más que cíclica, la historia a veces es profundamente irónica: ahora el equilibrio creado para contener al comunismo amenaza con derrumbarse por un virus ‘exportado’ desde la última gran superpotencia comunista del mundo. China, ante la inacción americana y europea, podría estar a un ‘plan Jinping’ de redibujar el mundo del mañana: él puede poner el dinero, porque la oportunidad ya la han dispuesto los líderes occidentales”.

En quinto lugar, se ha de establecer que, “a pesar de la incertidumbre, los efectos de la pandemia han empezado a hacer más visibles dos agentes de cambio a nivel geopolítico, que ya estaban presentes antes del impacto del COVID-19. Nos referimos a la regionalización y relocalización (reshoring) y a la desvinculación o separación (decoupling). La regionalización y relocalización estaban produciendo el regreso de empresas y medios de producción a los países de origen o próximos a ellos. Los movimientos se debían al aumento de los costes, que ha producido el incremento de la masa salarial en los países a los que dicha producción se había desplazado, así como para asegurar el abastecimiento ante un aumento repentino de la demanda, produciendo en proximidad.

Los dos procesos se verían posiblemente acentuados por la necesidad de asegurar la cercanía y acceso de los bienes considerados estratégicos, a las zonas de consumo y por la prioridad que algunos de ellos recibirán para que sean producidos en los estados originarios, evitando una dependencia crítica de otros estados. Por su parte, la desvinculación es la tendencia por la que EE. UU. pretende separar a China del acceso a la tecnología occidental y cambiar a su favor el flujo global de mercancías y financiación. El objetivo es salvaguardar intereses estratégicos preservándolos del pretendido predominio chino en el 5G, evitando así su prevalencia sobre otros ámbitos tecnológicos que pudieran reforzar su superioridad estratégica mundial. Pero esto está creando una fractura interna en el bloque occidental, ya que no todas las potencias del mismo están de acuerdo en conceder la exclusiva a Washington, porque resultaría más cara, no aseguraría su compromiso de protección y le proporcionaría una herramienta más de presión y control sobre sus aliados y socios.

Tras décadas de globalización creciente (en comercio, movimientos de capital y personas), parece que la tendencia ha girado hacia la desglobalización, impulsada también por la competición estratégica entre EE. UU. y China, por los efectos negativos que se estaban produciendo en determinados sectores sociales y por el papel cada vez menos relevante de la Organización Mundial del Comercio. Es decir, la tendencia a la desglobalización ya estaba presente antes de la pandemia.

Obsesionadas por la crisis de 1929, pero sobre todo por la de 2008, las principales economías del mundo han anunciado planes de recuperación económica, cifrados en cientos de miles de millones de dólares, que entrañan en gran parte la intervención pública del Estado, en lo que casi parece una competición keynesiana por anunciar el paquete económico más abultado. Dichas medidas (garantías de préstamos, anulación o demora de impuestos, subvenciones directas, etc.) pretenden crear un clima de confianza que fortalezca los espíritus para la gran prueba que se avecina: el despegue de la economía lo más rápido posible.

Por otro lado, en el aspecto puramente sanitario, el Estado se ha convertido en el único referente en el que la población ha debido confiar para protegerse de los efectos del virus. Varias han sido las circunstancias que han provocado que el estado haya tenido que tomar cartas en el asunto. En primer lugar, la seguridad sanitaria de una nación es una responsabilidad gubernamental y de su actuación más o menos afortunada, se le exigirán responsabilidades. Además, está el prestigio internacional. El perfil internacional de aquellos Estados que mejor hayan gestionado la pandemia se verá claramente reforzado frente a los menos eficaces, lo que puede ser interpretado como un signo de declive, algo especialmente preocupante para las grandes potencias.

Pero al margen de la gestión puramente sanitaria, la pandemia ha provocado que las cadenas de producción y distribución mundiales de material sanitario se hayan visto interrumpidas, bien porque los grandes productores han acaparado la producción para garantizarse su abastecimiento (como fue el caso de China hasta que consiguió doblegar la pandemia), bien porque el flujo de mercancías se ha visto afectado por el cese brusco de la actividad en muchos de sus nodos. El caso es que los estados han tenido que tomar las riendas de la situación al sentirse responsables últimos de la seguridad de sus ciudadanos, llegando incluso a competir por la adquisición de recursos y aplicando en ocasiones medidas draconianas (incluso en el seno de la Unión Europea, como Francia y Alemania hicieron en un primer momento, para luego rectificar, o cuando ningún socio europeo respondió inicialmente a la petición de ayuda desesperada de Italia) en un ejercicio de egoísmo realista comprensible ante el peligro que se ha cernido sobre sus poblaciones, en medio de una gran incertidumbre. Las fronteras han vuelto a ser importantes, incluso dentro de la Unión Europea.

El Estado saldrá de la crisis con su figura mucho más reforzada y esto tendrá sus consecuencias. La primera de ellas económica y afectará a la mundialización. La involucración de los estados en el despegue económico cambiaría el papel tradicional de los mismos en el terreno económico en el que, de meros estimuladores, pasarían a convertirse en verdaderos protagonistas. Con el objetivo de asegurarse el abastecimiento de los productos que se juzguen estratégicos o críticos, los estados tenderán a nacionalizarlos en mayor o menor medida, lo que hará menos eficiente el sistema económico mundial, al forzar la acumulación de ciertos niveles de stocks que encarecerán el flujo de mercancías. Además, los intentos de preservar el despegue económico de cada Estado elevarían el proteccionismo económico y el deseo de asegurarse el abastecimiento de bienes críticos (reduciendo la dependencia externa) intensificaría la tendencia a la autarquía. Así, consideraciones económicas y de seguridad se conjugarían reforzando aún más la tendencia a la desglobalización.

La recuperación económica jugará un importante papel en el reposicionamiento de cada una de las grandes potencias y, por lo tanto, el desplazamiento, o no, de los equilibrios de poder geopolíticos. Aquellas potencias que salgan de la pandemia con graves problemas económicos verán reducidas de manera drástica sus opciones estratégicas. Pero otros factores también intervendrán, añadiendo complejidad al análisis. Así, China estaría en principio mejor situada que EE. UU., ya que ha salido de la pandemia con antelación y relativamente intacta, pero la intensificación de la regionalización y la desvinculación en los dos mercados más importantes del mundo, Europa y EE. UU., le afectaría negativamente a su vez. El peor de los escenarios sería: unos Gobiernos incapaces de cooperar para implementar políticas financieras, fiscales y monetarias que, unido a la competición estratégica entre EE. UU., China y la Unión Europea provocaría que las tendencias proteccionistas y autárquicas prevaleciesen, resultando en mayores restricciones en las exportaciones y disrupciones acentuadas en las cadenas de suministros, lo que podría acabar provocando el colapso de los mercados financieros. Aunque parece que los análisis coinciden en que existe una mayor probabilidad de que los estímulos inyectados en la economía conseguirían hacerla despegar, 2020 terminaría todavía en recesión económica. Así pues, la geoeconómica jugará un papel destacado e influirá de manera determinante en la geopolítica al dotar o restringir las opciones estratégicas de las potencias.

La nueva crisis económica acentuaría la reducción de la clase media y podría empujar a importantes masas de población a una situación precaria. La falta de expectativas socioeconómicas a corto y, sobre todo, a medio plazo, fortalecerían los movimientos antisistema y las soflamas populistas, lo que podría espolear a un sector desesperado de la población hacia los disturbios. De ser así, los Estados se verían obligados a sofocarlos, convirtiendo las ciudades, nudos de comunicación, infraestructuras estratégicas, etc., en el escenario de confrontaciones, en una espiral de violencia y desintegración social que pudiera amenazar la estabilidad misma de las sociedades.

Aquellas naciones aquejadas de fracturas previas (étnicas, religiosas, políticas, etc.) serían especialmente vulnerables. En la fase inmediatamente posterior al fin de la pandemia, los esfuerzos estatales encaminados a la reactivación económica, deberían ir acompañados de medidas sociales que eviten el estallido de las protestas. La inestabilidad de los Estados sometidos a una gran presión social repercutiría sobre el sistema internacional.

La rivalidad chino-estadounidense en los campos comercial y militar obligaría a posicionarse a terceros actores en una progresiva bipolarización del sistema internacional, aunque posiblemente en una versión más flexible de la producida durante la Guerra Fría, acentuando la tendencia de la desvinculación.

En cuanto al futuro de la Unión Europea, no parece dibujarse en tonos muy optimistas. La crisis económica muy probablemente se cebará de nuevo sobre aquellos socios que ya sufrieron especialmente la del 2008, de la que apenas habían comenzado a recuperarse. La división existente entre el exitoso norte y el endeudado sur, muy posiblemente se acrecentará y la emigración desde el cada vez más despoblado este, hacia las zonas más ricas, correría el riesgo de acentuar los sentimientos antinmigración y el reforzamiento de los movimientos nacionalistas y populistas. Así, la Unión se dirigiría hacia un escenario de mayor fractura y división, lo que dificultaría aún más avanzar hacia la pretendida autonomía estratégica, en la que los 27 actúen como uno solo ante las múltiples amenazas y desafíos que se gestan en el sistema internacional.

La Unión tiene herramientas para demostrar que, si bien la acción geopolítica es una de sus principales debilidades, el ámbito económico representa su gran fortaleza por su capacidad de activar mecanismos de recuperación económica que palien en gran parte los efectos de la inevitable recesión económica.

Por otro lado, la aguda crisis económica que se perfila provocará la disminución de los recursos para combatir el terrorismo, el crimen organizado, el tráfico de armas, etc., tanto de los Estados frágiles y fallidos, como de las potencias y organizaciones internacionales que hasta ahora les proveían de ayuda financiera, humanitaria y/o militar. Esto podría afectar a amplias áreas geográficas, cuyos conflictos podrían pasar a ser considerados como periféricos al sufrir de un cierto distanciamiento estratégico, quedando cuasi abandonadas a su propia suerte. El Sahel, el África subsahariana y Oriente Medio (donde la pandemia se está cebando sobre Irán, lo que afectará negativamente a su posicionamiento como potencia regional) podrían sufrir esa suerte. Los efectos colaterales de todo ello podrían provocar que las tensiones y crisis se extendieran a áreas próximas, donde surgirían nuevas tensiones, en un efecto dominó que podría desestabilizar regiones geográficas más extensas aún”.

Por tanto, como conclusión, se ha de afirmar que la geopolítica en el sentido clásico que se conocía hasta el comienzo de la pandemia ha desaparecido y ahora los países habrán de reformular la geopolítica en sus relaciones internacionales por el cambio que ha supuesto esta nueva forma de relacionarse por la pandemia.

FUENTES:

  1. Geopolítica de la carrera hacia la vacuna contra el Covid-19. EL GRAND CONTINENT: https://legrandcontinent.eu/es/2021/02/22/geopolitica-de-la-carrera-hacia-la-vacuna-contra-el-covid-19/
  2. pandemia e instrumento de cambio geopolítico – Artículo30. ARTÍCULO 30: https://articulo30.org/politica-defensa/covid-19-pandemia-cambio-geopolitico-francisco-javier-quinones/
  3. Aprender la diferencia entre el juego y el azar. COTIZALIA: https://blogs.elconfidencial.com/mercados/desnudo-de-certezas/2021-02-09/aprender-diferencia-entre-juego-y-azar_2941607/
  4. 5 hitos geopolíticos que hicieron historia en 2020. BBC NEWS MUNDO: https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-55222544
  5. Contexto geopolítico de la crisis de la COVID-19. UAO CEU: https://www.uaoceu.es/contexto-geopol%C3%ADtico-crisis-COVID-19%C2%A0
  6. Los posibles efectos geopolíticos del COVID-19. GLOBAL STRATEGY: https://global-strategy.org/los-posibles-efectos-geopoliticos-del-covid-19/
  7. La geopolítica es lo primero: vacunas made in China. EL ORDEN MUNDIAL: https://elordenmundial.com/la-geopolitica-es-lo-primero-vacunas-made-in-china/
  8. La geopolítica del COVID-19. EL FINANCIERO CR: https://www.elfinancierocr.com/opinion/la-geopolitica-del-covid-19/2OX636KNPRG7REVKGUVTKRULAI/story/
  9. Efectos geopolíticos de la COVID-19: punto de situación. CEEEP: https://ceeep.mil.pe/2020/06/10/efectos-geopoliticos-de-la-covid-19-punto-de-situacion/
  10. El coronavirus amenaza con redibujar la geopolítica global. EL ECONOMISTA: https://www.eleconomista.es/internacional/noticias/10508942/04/20/El-coronavirus-amenaza-con-redibujar-la-geopolitica-global.html

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